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14/Jun/2012
 
 
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Miedo al Miedo

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Warhol hizo en 1974 su Drácula, y en obra de La Plaza hay errores en escenografía y sonido.

Siempre supe que el terror era mucho más superficial que el miedo, que con un solo alarido el primero desaparecía, mientras que el segundo horadaba los días, carcomiendo el pensamiento, hasta que aprendí que el peor de los miedos era a tener miedo.

Esta diferencia es fundamental para aproximarse a Drácula en tiempos cínicos, pero cuando fue publicada esta novela se vivía un fin de siglo tumultuoso, con revolución en las artes y en las ciencias, con cambios radicales en las ideas y el nacimiento de una industria que condenaba a la miseria a una mayoría. A esto sumamos la glorificación de la muerte del pasado romanticismo, la entronización de la fotografía y la aparición del cine, en una sociedad deslumbrada por la idea de progreso que solo algunos pudieron avizorar catastrófico. Stoker fue uno de ellos, Munch, en Noruega, fue otro. “El grito” es la versión nórdica de una imagen vampírica –hecha a partir de una momia peruana– que se convirtiera en emblema de la neurosis del siglo XX.

Bram Stoker, su autor, se adelantaba a Freud para hablar de lo indesligable de la muerte y el sexo de una manera que hoy resulta explícita, pero en la represiva época victoriana se asumió como una novela sensacionalista de terror gótico, a pesar de su mórbida complejidad psicoanalítica de sus personajes, particularmente los femeninos. A pesar de su tono epistolar la novela sugiere mucho más de lo que describe, pero cualquier lector de hoy inmediatamente intuye el sexo desenfrenado, el erotismo lésbico y las penetraciones (literalmente hablando) de los colmillos de Drácula son de un incontrolable deseo de posesión que culmina en la muerte o a la condena a la inmortalidad. Una “snuff movie” del siglo XIX sobre papel.

He leído a predecesores de Stoker más sutiles como Polidori, Hoffmann o Sheridan Le Fanu, pero ninguno tiene esa poderosa capacidad de crear imágenes mentales, aprovechada por el cine que al poco tiempo tendría la primera obra maestra. Después del Nosferatu de Murnau en 1922, Tod Browning rodó la versión original en 1931 convirtiéndose de inmediato en película de culto, a tal grado que ese mismo año se hizo una versión en español. En 1999 su película fue musicalizada por Philip Glass con interpretación del cuarteto Kronos y de inmediato se erigió como un clásico contemporáneo, siguiendo las huellas menos afortunadas de Giorgio Moroder al ponerle banda sonora a Metrópolis de Fritz Lang.

Drácula en el cine es una leyenda interminable, con infinidad de versiones en que se vampirizaban entre ellas, como ocurrió con la Hammer en los años 50 que las produjo en serie con el protagonismo de Christopher Lee. La versión de Nosferatu en 1979, de Werner Herzog-Klaus Kinski, es memorable, y la que hizo Coppola en 1992, que en su inicio fue rechazada por la crítica, veinte años después sigue imbatible.

En otros aspectos del arte, Andy Warhol hizo en 1974 su Drácula y con el mismo espíritu Guy Maddin la transformó en ballet en el 2002, filmando con la compañía de danzas de Winnipeg el mismo año que Broadway estrenaba “Drácula, el musical”. La lista es interminable y las variantes inagotables. Por eso, ante la versión peruana en La Plaza, uno no puede menos que cuestionarse: ¿para qué ver Drácula de nuevo? ¿Qué aporte puede darnos aquello por demás conocido? Pues sencillamente ver lo que pudo haber hecho el director para poner en escena con valores locales y demostrar que nuestra creatividad puede estar a la altura de cualquier otra ingeniosa puesta de limitados recursos.

Lamentablemente no ha sido así, y gruesos errores se suceden en la escenografía, la iluminación, el sonido, sobre todo la concepción misma, que se empeña en relatarnos con voz en off lo que ya sabemos de memoria. La puesta tiene la chatura de una velada escolar sin ángel, y lo lamentamos, porque en ella participan profesionales muy valiosos, como Wendy Vásquez, la más sobresaliente, el correcto Miguel Iza y el maestro Roberto Moll y Pietro Sibille sobreactuados hasta la risa. La música de la gran Pauchi Sasaki es indesligable al cuarteto Kronos, pero todo resulta tan plano que solo cuando asoman las “Draculinas” aumenta la adrenalina y las hormonas se revuelcan cuando Drácula-Iza penetra a Lucy-Chávez, y en la orgía de sangre final cuando literalmente se devoran Mina-Vásquez con Vlad-Iza. Hubiera sido el clímax ideal para dos horas de aburrimiento. Pero continúa un edulcorado “happy end” culminando este tristísimo error que pudiera derivarse del miedo a tener miedo de arriesgar. (Luis E. Lama)

 


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