martes 22 de enero de 2019
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2173

24/Mar/2011
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Sólo para usuarios suscritos Mar de Fondo
Acceso libre NarcotráficoVER
Acceso libre Elecciones 2011VER
Acceso libre InternacionalVER
Acceso libre PrensaVER
Acceso libre UrbanismoVER
Acceso libre Ellos&EllasVER
Acceso libre CulturaVER
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Acceso libre CineVER
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Acceso libre Conc. CanallaVER
Sólo para usuarios suscritos Quino
Acceso libre Fe de ErratasVER
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Sólo para usuarios suscritos Luis E. Lama
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Entrevistas El tino y tiento de Harold Forsyth, embajador del Perú en la República Popular China.

Nuestro Hombre en Beijing

3 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

2173-forsyth-1-c

“Era hijo único y supongo que tengo los defectos que se les atribuyen a ellos”.

La maleabilidad de un diplomático es una característica propia de su profesión. De esto no se escapa Harold Forsyth (59), actual Embajador del Perú en China, el cual, tras una vida diplomática muy intensa que lo convierte en un empedernido trotamundos, se encuentra ahora almorzando conmigo en el restaurante Costa Verde. Deja traslucir en nuestra conversación las cualidades que adornan a un diplomático: mesura, ductilidad y suavidad para llegar a las ideas concretas, sociabilidad y esas buenas maneras que inspiran confianza. Esta entrevista tiene la finalidad de ceñirse a su actuación diplomática. Para ello he orillado su faceta de periodista como colaborador en El Comercio, CARETAS o la televisión con sus programas “Pulso electoral” y “Vox pópuli” que, aun siendo importante, nos quitaría el espacio necesario para ahondar en esa intensa y efectiva función pública que hoy ejerce. Me parece insólito e impresionante el éxito comercial que está teniendo el Perú con ese gigante asiático que es la China actual y que no lo celebramos lo suficiente. Veamos si podemos adquirir con sus palabras mayor conciencia de esto. Vamos con todo.

–Los rasgos físicos suyos, al igual que su nombre y apellido paterno, son absolutamente gringos, y parece que hubiera llegado ayer del extranjero aunque usted es peruano. Explique esto.
–Mi abuelo, Alexander Forsyth, era escocés, de Edimburgo, ingeniero mecánico y llegó al Perú en 1900 contratado para trabajar en las haciendas azucareras del norte. Ocho años después se casó con Lucila Cauvi, peruana descendiente de italianos con la cual tuvo 7 hijos. Mi padre, Willy Forsyth, era el segundo.

–¿Dónde nació?
–En la Clínica Americana de San Isidro hace 59 años. Mi niñez fue difícil porque mis padres atravesaron un período de estrechez económica y si bien no tuve carencias tampoco pude tener otras cosas que disfrutaban mis primos y amigos. Estudié en el Colegio Champagnat de los Hermanos Maristas y allí fui feliz. Pero era hijo único y supongo que tengo los defectos que se atribuyen a los hijos únicos al estar mimado por mis padres y sentirme solo de pequeño. Yo también luché contra esto, la falta de hermanos, haciéndome de un gran caudal de amigos, por lo cual he sido un amiguero empedernido toda mi vida.

–¿Qué estudió?
–Terminé la secundaria en 1968, con 17 años. En el 69 ingresé a la vieja Escuela de Periodismo de la Universidad Católica, decidido a dedicarme al periodismo de por vida.

–La Católica era un nido en donde se albergaban todas las tendencias políticas. ¿En dónde se ubicó usted?
–No puedo hablarle de una fijación partidaria; siempre he sido centrista, y eso me llevó a trabajar activamente en el Centro Federado de mi facultad.

–Usted es hoy embajador del Perú en China. ¿Cuándo empezó su carrera diplomática?
–Desde pequeñito estaba siempre jugando con un mapamundi y trataba de imaginar cómo serían Madagascar, Turquía o Australia. Me aficioné a los mapas y a la geografía. El periodismo me fascinó desde un comienzo, pero al terminar la carrera sentí la necesidad de ampliar mis estudios ingresando en la Academia Diplomática, con lo cual me convertí en un joven diplomático a los 24 años. El poder tener acceso a informaciones candentes y manejarlas con la prudencia del caso me ilusionó. Me enviaron a Chile a los 25 años como Tercer Secretario de la Embajada del Perú, la última rueda del coche. El hecho de vivir en Chile bajo el régimen de Pinochet me afectó. El toque de queda. El clima opresivo. La arrogancia desafiante propia del extremismo político. De esto me sacó una circunstancia maravillosa.

–¿Qué circunstancia fue ésta?
–A los 7 meses conocí a Ma. Verónica, de 22 años, y Miss Chile 1976, lindísima y fantástica mujer. Se inició entonces una aventura fascinante que dura hasta el día de hoy. Mi matrimonio con ella tuvo un costo profesional severo, porque existía una absurda ley de la época de Leguía en la que un diplomático no podía servir en una misión si estaba casado con una persona natural del país. Mi matrimonio fue autorizado por una Resolución Suprema firmada por el entonces presidente Morales Bermúdez. Todas esas herencias del siglo XIX han sido derogadas hoy. De todas formas tuvimos que dejar Chile y dar un salto a la República Popular de Bulgaria. Estuve a cargo de la Embajada de Bulgaria y lo bueno del caso es que pude conocer personajes históricos de primera magnitud.

–Eso es interesante, cuente, cuente…
–Conocí al entonces joven coronel Muamar el Gadafi, que tantos dolores de cabeza internacionales está dando hoy día. Llegó ostensiblemente tarde al saludo de una reunión protocolar vestido de beduino. No era difícil predecir que llevaría a su país al horror. Esa fue mi impresión. Era arrogante en exceso, distante, hermético, de esos que creen que rompiendo las reglas protocolares se hacen notar. El efecto contrario me lo produjeron los hoy emperadores del Japón y entonces príncipes herederos Akihito y Michiko, conversadores y encantadores, y el Sha de Irán y la emperatriz Farah Diba. Bulgaria me permitió conocer de cerca la organización del sistema comunista, con lo cual pasé de un empacho chileno totalitario de derechas a otro búlgaro de izquierdas. Ambos generan gran acidez. En ese ambiente nació mi primera hija Desirée. Dejar la Bulgaria comunista fue un alivio.

–Supongo que en sus futuras misiones diplomáticas tuvo más suerte.
–Así es. Llegamos a Caracas en abril de 1980 en medio de una Venezuela saudita, manirrota y llena de plata. Allí nacieron mis hijos Harold (1981) y George (1982) y es allí donde cambié de trabajo.

–¡Cómo es eso! ¿Se salió de la vida diplomática? ¿Por qué? Explíqueme.
–Un gran amigo y diplomático peruano, Carlos Alzamora, que era Secretario del Sistema Económico Latinoamericano (SELA), con sede en Caracas, me pidió que me incorporara a esta organización. El SELA era un organismo que estaba muy en boga en aquellos años y Alzamora acabó convenciéndome. Él mismo gestionó mi licencia en la Cancillería del Perú. Esos años cambiaron mi óptica profesional al empezar a recorrer el mundo vertiginosamente.

–Cuénteme una sola circunstancia importante que le haya sucedido en esa época.
–La más importante para mí. Estábamos en Canadá. Yo conducía. Iba en el carro con mi esposa, mis tres hijos y mi madre. Nevaba fuerte. La carretera estaba con una gruesa capa de hielo. En una bajada un camión que iba detrás sin cadenas frenó, resbaló y nos pegó un tremendo golpe. Mi madre murió en el acto. Fue terrible. Nunca más he vuelto a Canadá.

–A usted se le conoce hoy por haber irrumpido en la política. ¿Cómo empezó esto?
–Yo estaba en Alemania cuando ocurrió el autogolpe de Fujimori del 5 de abril de 1992. Me pareció un hecho repugnante e innecesario. Por mi gran amigo y socio político durante años, Tito Borea, estuve previa y totalmente informado de los detalles de la insurgencia de noviembre del 92 (la del General Salinas Sedó y los militares contra Fujimori) y lamenté muchísimo su fracaso. Fui cesado por la dictadura, junto con otros 121 diplomáticos, que estorbábamos por ser demócratas contrastados, entre ellos Allan Wagner, Manuel Rodríguez Cuadros y Joselo García Belaunde.

–Se quedó en la calle. Estaba en la nada. ¿Qué hizo entonces?
–Luché. En tres meses montamos el Foro Democrático, un resquicio por el que pasaba todo aquel que creía en la democracia. Fundadores del Foro Democrático fueron César Rodríguez Rabanal, Fernando de la Flor, Alberto Borea, Luis Chuquihuara, Fernando Rospigliosi, Aurelio Loret de Mola, Salomón Lerner, Julio Cotler, Ángel Delgado, María del Pilar Tello y otros. Un año después fundamos Transparencia. Yo le puse el nombre. Era importante incorporar a la sociedad civil el control paralelo de los resultados electorales para evitar (en las elecciones de 1995) la descarada manipulación fujimorista. En 1995 integré la lista parlamentaria de Pérez de Cuéllar y salí elegido congresista. Cumplí mi etapa. No volveré al Congreso.

–¿Por qué?
–Yo creo que allí hice mi servicio militar. Suficiente.

–¿Acabó harto?
–Lo más duro para mí era acostumbrarme a los ataques de la prensa cuando no a los insultos. El Congreso te crea una piel de horchata y te vuelve inmune a la agresión del periodismo a un punto tal que llegas a extrañar los agravios porque, como decía Churchill, lo importante es que hablen de ti… aunque sea bien. Jamás contesto un agravio.

–Hoy está nuevamente en lo suyo, en la diplomacia.
–Regresé después de nueve años al servicio diplomático con Valentín Paniagua. Luego Toledo me nombró Embajador en Colombia, país maravilloso, lleno de contrastes y una intensa vida cultural. Allí, como se sabe, todo andaba medio revuelto por las FARC. Mucho más relajante, seguro y placentero fue mi paso por Italia.

–Usted es actual Embajador del Perú en China. Hábleme de ese país.
–Es una realidad social, económica y cultural impactante. Hoy es la segunda economía mundial con un despegue global impresionante e inédito. Para el Perú es motivo de gran satisfacción el alto nivel de las relaciones entre ambos países. Este año cumplimos 40 anos del establecimiento de las relaciones diplomáticas y tenemos todo un programa de celebraciones. Todo esto se ve facilitado, obviamente, por la importancia de la presencia cultural china en nuestro país. Somos el país occidental con mayor cantidad de sangre china en las venas de nuestro cuerpo social.

–¿Cómo son los chinos?
–Muy amables y cuidadosos en el trato pero les gusta tomar decisiones a su tiempo y a su modo. Al comienzo me fue difícil entender su lógica pero con el tiempo aprendes a armarte de paciencia. Es importante ganar su confianza con una conducta invariable. Aman a su país por sobre todo. Es admirable el respeto al anciano y los deberes de los hijos para con los padres y de los yernos y nueras con sus suegros. Pero propiciar matrimonios con un solo hijo tiene costos sociales colaterales porque la sociedad ha perdido el sentido del amor fraternal. Casi no hay delincuencia.

–¿Y cómo es la vida cotidiana de un embajador en la China?
–Pasan tantas cosas que no hay mucho espacio para la vida privada. Casi todos los días hay actividades al mediodía y cenas a las que tienes que asistir porque allí te enteras de lo que está pasando. La actividad en la embajada es intensa pero tengo la suerte de contar con un gran equipo. Somos en total veinte personas, de las cuales ocho son chinas. La China es nuestro segundo socio comercial y el intercambio alcanza 10,500 millones de dólares. Solo Estados Unidos está por encima de nosotros con 11,000 millones. Este es el resultado del TLC, que ya tiene un año de vigencia, con resultados extraordinarios. Ojalá más empresarios comprendieran las enormes posibilidades que se les abriría en China.

–¿Y la comida?
–En Pekín la comida es totalmente distinta a nuestro chifa. Los almuerzos o cenas consisten en 8 ó 10 platos servidos sucesivamente. Al terminarse el último plato el anfitrión se para y da por concluido el ágape.

–¿Cómo hace con el idioma?
–Solo 2 ó 3 embajadores hablan chino. Es un idioma infernalmente difícil, pero no por la gramática que es fácil, sino por la pronunciación y los tonos de las palabras, que cambian por completo el sentido. El mandarín tiene 4 tonos y si no se usa el adecuado se altera el sentido de la frase. Además no tiene ni la más remota vinculación con ningún idioma occidental. Tenga en cuenta que su pueblo tiene cinco mil años de historia continua registrada. Eso no lo tiene ningún país. Por suerte mis interlocutores relacionados con el Perú hablan español o inglés y cuando es necesario me acompaña una excelente intérprete. El tráfico es endemoniado y todo está escrito en chino. Me da miedo manejar en Beijing y casi nunca lo hago. A veces me desplazo en metro.

–¿La vida cultural?
–Con toda la oferta propia de las grandes ciudades del mundo, sobre todo en ópera y ballet. Hace poco fui a ver a Kiri Te Kanawa. La ópera china es mal comprendida en occidente. Hay que apreciarla poco a poco y puede llegar a ser cautivamente. Juan Diego Flórez es muy conocido aunque todavía no ha ido a China a cantar. Acabo de hablar con su mamá a ver si lo convence.

–Hábleme de sus hijos.
–De mis tres hijos uno, George Forsyth, tiene un alto perfil público como futbolista, empresario y ahora regidor de La Victoria. Alcanzó su punto más alto en el 2006 al ser elegido, a pesar de ser arquero, el mejor jugador del Perú. En estos momentos las rodillas no lo dejan en paz. Mi otro hijo, Harold, ingeniero industrial, estudia su MBA (Master Bussines Administration) en China, en Shangai. Mi hija Desirée, psicóloga, está en el PMA (Programa Mundial de Alimentos) con sede en Roma, y viaja mucho. Actualmente está en Chad (África).

–Como trotamundos empedernido ha tenido una vida varia y multiforme. ¿Puede darnos una lección de vida?
–No hay que tomarse a sí mismo muy en serio, porque la vida suele reservarnos sorpresas muy ingratas o golpes muy fuertes, como diría Vallejo. Como diría Calderón de la Barca después de terminada la función de su obra “El gran teatro del mundo”: “la muerte en el vestuario a todos nos iguala”.

–¿Qué es lo que más le afecta?
–La deslealtad. Es lo que más me duele y me cuesta más trabajo perdonar.

–¿Qué es lo que más le reconforta?
–La riqueza de los amigos es el valor más grande que puede tener un ser humano. (José Carlos Valero de Palma)

 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista