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Edición 2118

25/Feb/2010
 
 
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Manrique, Lynch y Tanaka en duelo intelectual.

A Plumazo Limpio

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¿Puede un investigador ser objetivo cuando su ideología lo coloca en una posición de amor u odio con su objeto de estudio? Este debate tiene ocupados a varios intelectuales. Si bien la discusión la inició Antonio Zapata al criticar un libro de Nelson Manrique sobre Haya de la Torre, les ha llegado el turno a los politólogos.

Martín Tanaka sostiene que lo que distingue a un activista de un académico es que el primero defiende posiciones en las que cree, mientras que el segundo debe poner a prueba sus teorías y reportar sus resultados, aun cuando cuestionen sus creencias y deseos. Esta difícil tensión se haría más problemática si se milita en un grupo político. Su ejemplo: los intelectuales que apoyan a Ollanta Humala critican el modelo de mercado sin precisar bien a qué se refieren.

Nicolás Lynch salta al ruedo. Señala que si el método y la teoría son claros, y se asume un compromiso académico, la militancia pasa a segundo plano. Por defender una postura aséptica y carecer de compromiso académico, Tanaka se convierte en un defensor del orden establecido: su “objetividad” es en realidad una coladera de subjetividad conservadora.

Como muchos debates en el país, creo que no avanzamos nada si no lo aterrizamos un poco. Lynch tiene razón en que militar y ser un buen investigador social es, en principio, posible. El problema es que ello no ha sido común en el Perú. Nuestra principal patología académica es la sobreideologización. Ofrezco como evidencia decenas de libros publicados y olvidados en los que se asumió que nuestros deseos militantes eran la realidad.

Por ejemplo, pienso que en varias partes de su reciente (e interesante) libro sobre la democracia en América Latina Lynch deja que su ideología determine el análisis. El autor, por ejemplo, considera que Alejandro Toledo traicionó la transición democrática al no revertir una serie de aspectos del modelo de mercado. De acuerdo con su crítica a los diversos defectos de Toledo, en desacuerdo con su idea de que “faltó” a su mandato. ¿Toledo gobernó muy distinto de lo que sus votantes le pedían? No lo creo. Un poco más a la derecha de lo que se esperaba, pero no para sorprenderse con las políticas que implementó quien propuso construir “el segundo piso” del fujimorismo. ¿Calificarlo tan duramente al evaluar la representatividad de su gobierno no es dejarse ganar por la ideología?

El reto es intentar que nuestros deseos y objetivos políticos no sean la marca para medir tanto la realidad como la calidad profesional de quien nos critica. Ese es tal vez el mayor reto de hacer investigación política en el país. (Por: Eduardo Dargent)

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