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05/Nov/2009
 
 
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Vida Moderna Libro de memorias y excesos de Víctor Shimabukuro, dueño de Las Cucardas.

La Casa Rosada

3 imágenes disponibles FOTOS 

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Casa de tolerancia de 40 habitaciones que tiene el monopolio de la legalidad.

SE acerca. Extiende la mano que resguarda su cintura y descubre su correa, presentándose sin palabras. Es una Luger de la Segunda Guerra Mundial, una pistola alemana semiautomática más conocida como Parabellum. Su mano es sudorosa. El nombre no importa.

Sirve cerveza en un par de vasos y se sienta a la mesa. Dispara números al aire: 40 habitaciones, S/. 100 diarios de alquiler por cuarto, servicio básico de S/. 50. Las mujeres hacen más dinero conmigo, concluye con firmeza. Mientras sustenta su punto de vista, una a una lo van saludando con un beso en la boca. Son las 4:30 p.m., y se acerca la hora del relevo de turnos. Acá no hay cafichos, muac, ni nos llevamos el 50% de su trabajo, muac, y encima atendemos todo el año, muac muac. El local de Las Cucardas tiene el monopolio de la legalidad en lo que se refiere a casas de tolerancia. Trabaja con carnets de sanidad, reparte preservativos, realiza exámenes (serológico, de secreción y de VIH) e incluso vende sildenafil (venta discreta a S/. 2 x 10). El servicio básico implica tres posturas y unos pocos minutos de sexo oral. Muac. Los ciegos entran gratis porque aquí se paga por ver, dice con seriedad. Se lleva la mano a la pistola, deja ver una uña larga y recuerda dos antiguos conatos de asalto. Una camioneta con tres sujetos armados frenando frente al local. Un policía furioso, muy distinto a los alegres oficiales que suelen dejar sus armas en recepción. Reconozco a un tombo por su parada, su corte de pelo, la marca de la gorra en su cabeza y la manera en que abre su brazo derecho al caminar. En aquel entonces cargaba tres pistolas en su cintura. Recuerda haber sobrevivido a dos balaceras en su puerta, muac muac. Se hace llamar Víctor Hugo Shimabukuro pero le dicen Chino. En una tarjeta dice que es el Director Gerente del Consorcio Kikuyama, con sede en la Av. Argentina 1877. Acaba de cumplir 54 años de vida.

–¿Dónde lo celebró?
–pregunta un periodista ingenuo.
–¿Dónde crees…?
–responde Víctor Hugo mientras le estampan un beso en los labios. Muuuac. Es la Rusa. El nombre no importa.

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Son 35. Uno se encarga de registrar las prestaciones. El otro, de contar. Uno, dos, tresss, cuatmm, mmm, … cincuenta, jefe. Hay que volver a contar. Una rusa, una ecuatoriana, una venezolana, varias colombianas. Bienvenido a las Naciones Unidas, ronca Shimabukuro abriendo los brazos. Faltan habitaciones, pero no sobran mujeres. Las de mayor productividad van al pasillo derecho, también conocido como el Jr. De la Unión o la vidriera. Las más populares llevan su nombre como una estrella en la puerta del camerino. Leona. Cariñosa. Gracias a los nombres que las identifican, sus admiradores pueden formar largas colas en la puerta. Las menos populares –y las que no toleran mayor competencia– se alojan en el pasillo izquierdo. Las tránsfugas de otros locales no suelen aguantar el trajín. Pocas regresan a casa. Alguna vez, un marido celoso rompió una botella frente al dueño para exhortarlo a que coloque a su pareja en una habitación. No fue lo suficientemente convincente. Las mujeres más experimentadas se quedan. Saben que, una vez entrada la noche, siempre faltan manos.

El hombre de la pistola pasa lista una vez más para estar seguro. Parece saber todo sobre su división del placer, incluyendo sus problemas, sus parejas y sus hijos. Procura respetar la privacidad dentro de los cuartos. Un timbre rojo es la única conexión entre la trabajadora y la seguridad del local. Una vez al mes, ellas reciben asesoría económica, médica y legal. No queda claro si el propio dueño las ofrece. Es un hombre culto, dicen de él. Sabe de medicina, deportes e historia. Es como un padre para ellas.

Shimabukuro dice ser el apoderado de Las Cucardas desde 1992. En ese entonces, su local era solo el apéndice de la legendaria casa de citas La Nené. Luego pasaría a ser El Corralón. El dueño de La Nené estaba casado con una tía materna, recuerda. Hoy, previa licencia para vender bebidas alcohólicas de por medio, su establecimiento compite en neón, parafernalia y acabados con cualquier night club. Dice reconocer los derechos laborales de sus trabajadoras, así como sus propios derechos de pernada. La repartición de cuartos es presentada como el producto de la meritocracia pura o la competencia salvaje, según el ojo de la cerradura por donde se vea. Y el estudio de mercado parece haber arrojado un claro perfil del consumidor nacional promedio: piel clara, altura y voluptuosidad. Esos ingresos estarían financiando un segundo piso. De acá han salido profesionales, se defiende. No parece estarse refiriendo solamente a sus clientes. Las más inteligentes se van tan rápido como llegan, explica en voz baja. Llegan solas.

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Varios vasos después, un petit comité se encierra en la oficina principal. Los preparativos para celebrar el aniversario del local la misma fecha que el Día de la Canción Criolla están sobre la marcha. Se ha invitado a Los Morunos, y ya se empieza a canturrear Motivos. Shimabukuro, chalaco hijo de japoneses, parece ser feliz con las manos lejos de su pistola y cerca de su guitarra, tocando una canción de Javier Solís –el nombre no importa– sobre la fugacidad de las relaciones amorosas. Yo toco mejor que (Abraham) Falcón, dice recordando sus cinco años junto a la última etapa del trío criollo Los Chamas. ¿Pepe Torres?…, ríe mientras afila su larga uña con las cuerdas. “Qué breve fue tu presencia en mi vidaaa”. Su libro de 180 páginas, Viaje a Las Cucardas (Editorial Katana, 2009), saldrá a la venta en diciembre de este año. Promete revelar las intimidades de un personaje y un local con varias décadas de perfil bajo. En su biografía, el panegírico se encarga de sacarlo a la luz de la mejor manera. Dice que practica el sexo a diario, y que su esposa comprende su trabajo. Exagera más: “a los cuatro años se sabía cien canciones, en castellano, inglés y japonés. Poco después, a los seis años, ya tocaba guitarra (…). A los siete sacaba la raíz cuadrada. A los ocho tocaba trompeta. A los once montaba caballo, y su primer trabajo, cargando y descargando verduras, fue a los once. A los trece tuvo su primera relación sexual en los maizales de su chacra en Huaral, con una chola lugareña, con la que realizaba faenas diarias sobre periódicos para no llenarse de tierra”. Entre vasos vacíos, enumera las faenas de toda una vida. Y hasta se siente en confianza para hablar de Javier Heraud, y de lo mucho que le gusta la literatura. Y hasta deja, por unos minutos, de tocar su pistola. (Carlos Cabanillas)


Flores Para el Chino

La prosa exagerada de "Un Viaje a las Cucardas" (ed Katana). Extracto.

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"Hijo de padres japoneses, este chalaco de inteligencia superior ya a los cuatro años se sabía 100 canciones..."

Ante cualquier duda o natural incredulidad, ante cualquier sospecha de exageración sobre algún aspecto relacionado con Víctor Hugo, puede ser fácil comprobar la veracidad de los hechos, no sólo porque él no miente, debido a su honor de sangre oriental, sino porque muchas veces, sin proponérselo, vive demostrándolo, como se dice, en la cancha, en la propia cancha de Las Cucardas.

Si alguien lo conoce por azar o porque llega a trabajar con él o para él, y logra pasar todos los filtros, ya que es casi inaccesible llegar a su entorno, podrá comprobar todo lo que consta aquí. Y podrán corroborarlo, por supuesto, y no podría ser de otra manera, si él lo quiere y lo desea de corazón.

Aparte de su configuración congénita, la precocidad marcó el mapa de su vida. Víctor Hugo Shimabukuro es básicamente un camaleón consumado. Baja y sube de nivel dependiendo con quien trata. Usa varios lenguajes, desde la replana chalaca, la jerga criolla, los modismos prostibularios, como si fueran idiomas autónomos, hasta el refinado lenguaje especializado de casi cualquier tema. Y en todos los casos lo disfruta, con su fiel compañera, esa prodigiosa memoria de la que hace gala con humildad.

Su mente viaja a mil por hora, y se suele aburrir rápido. Como buen autodidacta su lógica impecable y el criterio y sentido común explotado a la n, es su materia prima más valiosa.

Hijo de padres japoneses, este chalaco de inteligencia superior, no se sabe cómo, ya a los cuatro años se sabía cien canciones, en castellano, inglés y japonés. Poco después, a los seis años, ya tocaba guitarra, como base de una madurez musical que se testimoniaría tiempo después, al ser integrante de la última generación del legendario grupo criollo Los Chamas. (...)

Fue discípulo del célebre Don Rafael Amaranto a los trece, y después del también famoso Manuel Miyashiro, fundador de Los Morunos. A los catorce manejaba autos de carrera. A los diecisiete ya fumaba marihuana, y le puso fin a su secundaria en un colegio de la nocturna. Pisó de paso la universidad y algún instituto. A los 22 concesionario de una fábrica cervecera. Por sus veinte estudiaría guitarra durante siete años. A los 32 tickero de burdel. A los 35 se va a Japón por un problema con la banda de asaltantes. Los Destructores. Luego se hizo cocinero de su propio restaurant. Y a los 37, el año 1992, toma posesión de Las Cucardas. Es el inicio de una revolución sexual en el comercio de dicho oficio. El negocio familiar, antes había sido la legendaria Nené y después El Corralón. En más de cuarenta años, miles de hombres han depositado miles de litros de semen, amores, recuerdos y secretos inconfesables que habrá que traicionar.

 


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