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07/Oct/2009
 
 
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La Segunda Guerra Mundial contrafáctica según el cine-antropófago Quentin Tarantino.

Ucronía Cinéfila

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La música de Bowie suena en la guerra. Tarantino lo hace posible.

La historia oficial es un plomazo. Tarantino la reescribe desde su arsenal cinéfilo. Los estilos marginales (serie B, cine asiático, las afro-chatarras, spaghetti westerns) ensucian e inyectan vitalidad al elitismo. Se rompen las jerarquías, el cine es un mundo mejor. En Bastardos Sin Gloria, el cineasta norteamericano cuenta su versión de la Segunda Guerra Mundial a través de tres historias: un grupo de ex prisioneros devenidos en cazadores de nazis, una joven judía dueña de un cine busca vengar la muerte de sus padres, y un complot contra Hitler y su cúpula que se reunirán en un cine.

Dividida en 5 capítulos (Enfrento un guión como si fuera una novela, confiesa), Tarantino, a través del narrador-demiurgo, cruza a los personajes y le refriega al espectador que está ante una ficción, mediante raptos de falsos noticieros o acotaciones, como cuando comenta sobre el poder flamígero de los rollos de celuloide. Pero el público se zambulle en el juego porque está ante una clase magistral. Su piloto automático no cansa. El primer capítulo, de casi media hora, es sostenido por una conversación y un vaso de leche entre un cazador de judíos y un granjero. Se pasa de la comedia al terror como quien cuenta un chiste, sin disfuerzos. Del francés se salta al inglés para provocar pura crueldad hitchcockiana.

Si Godard, ídolo de Quentin, atomiza la historia del cine para convertirla en un artefacto de pensamientos, Tarantino no desliga la emoción de la razón. Así, la música de Bowie encaja en la Segunda Guerra Mundial, y esos diálogos tan suyos conducen a zonas desconocidas cuando menos se espera. La megalomanía del fan adolescente le saca la lengua a Hitler. (José Tsang)

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