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Diversión y sobrecogimiento en “Amadeus”.

Matemos a los Genios

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Brillante Bruno Odar como Salieri. En el Teatro Británico hasta el 20 de diciembre.

El ser humano combate la singularidad. Llama huachafos a los que visten distinto y llena de etiquetas a quienes se atreven a ser como son: gays, freaks, nerds y monses, que sólo afirman la intolerancia tribal que aún sigue viva entre seres supuestamente civilizados como nosotros. La mediocridad como norma social castiga a los que destacan, sean tontos o genios. Cuando nace un genio –dijo Swift al respecto– todos los necios se conjuran contra él.

Amadeus, de Peter Schaffer, ataca este tema –la intolerancia– contando la historia del genial Wolfgang Amadeus Mozart y su supuesta enemistad con el mediocre compositor Antonio Salieri. Mozart, muy bien interpretado por Gian Piero Díaz, llega a la corte de Viena y con su espíritu libre lo subvierte todo. Cuestiona valores, ídolos, moral, y al enfrentar a esta sociedad creyéndose protegido por su talento genera una reacción adversa y un mal final: el creador sublime termina rodeado de monstruos, atacado hasta volverse un engendro más.

Como representante de esta sociedad, Salieri dedicará su vida a hostigar al genio, impulsado por la envidia y su doble moral, que lo hace odiar los actos de Mozart aunque él mismo desee cometerlos. El alma espantosa de Salieri, papel con el que brilla Bruno Odar, conspira hasta acabar con su adversario. La puesta de Jorge Chiarella se burla de la corte vienesa haciendo ver a sus personajes como fantoches grotescos e impostados, cargando la mano hacia la farsa y los guiños clownescos y haciendo lucirse, por contraste, a Díaz, Odar y a Natalia Parodi, quien es Constanze, esposa del genio.

La puesta es algo dilatada y aunque sería atrevido decir que tiene demasiadas notas, sí es posible pedir que algunas se toquen más velozmente. Sin embargo, el tiempo es un detalle menor ante la grandeza de esta historia de envidia y odio que divierte y sobrecoge hablando de nosotros mientras nos muestran un drama vienés. Uno sale preguntándose quién es mi Salieri o peor: ¿de quién soy yo el Salieri? y al mirar alrededor encuentra “salierismo” por todos lados. El autor lo reafirma con un final lleno de sorna insultante. El villano se dirige hacia la platea y nos perdona: mediocres del mundo, yo, Antonio Salieri, patrono de ustedes, yo los absuelvo. Y el público, de pie, aplaude agradecido y grita bravo. (César de María)

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