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Edición 1941

07/Set/2006
 
 
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Decoro, pecado y ablución en personal templo de Jaime Romero.

Zona Púdica

3 imágenes disponibles FOTOS 

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Escenas privadas encerradas en cajas de madera y provocativas cortinas de baño conforman “Excusados”. Desde el 14 en la Sala Miró Quesada Garland (Esquina de Larco y Diez Canseco).

El artista se acomoda sobre el chaise longue en lujosa pose (“son tan pocas las ocasiones en las que se puede usar smoking…”), mientras una escultura de Rocío Rodrigo presencia la escena. Los cálidos y místicos tonos de una lámpara alumbran la pintura que, sobre la cortina de baño, finge no darse cuenta del trajín. “La maceta puede ir aquí, o allí”, indica Jaime Romero, y su baño se va convirtiendo en un recinto sagrado que parece exigir una reverencia frente al espejo, la máquina de afeitar, el cepillo de dientes. Mientras el fotógrafo irrumpe con herejía en pos del ángulo perfecto, el retrete parece ser el sitio indicado para repasar con fervor la conversación que ha tenido lugar momentos antes, con motivo de su nueva muestra “Excusados”:

–¿Es el baño el espacio en donde más descubierto se está?
–Más descubierto de ropa y más íntimo también: es el lugar donde todo se devela y quedas tú y tu soledad. Frente al espejo ves tu desnudez, como dice la Biblia, y realmente te encuentras con perfecciones e imperfecciones.

–¿Crees que el hombre les teme a sus desperdicios?
–Le teme más a que otros los vean. Pero de la conciencia de estas suciedades es que surge la necesidad de purificación que tanto se utiliza simbólicamente en la religión a través de la higiene del cuerpo. ¿Pero qué pasa con la higiene espiritual?

–¿Ves el arte como un ejercicio de evacuación?
–Claro, todo arte es una manera de comunicar y liberar algo. Muchos dicen: “yo pinto para mí mismo”. Claro que lo haces para ti mismo, pero también para que lo vean los demás: así es como expulsas demonios, fantasmas, sueños y anhelos. Es un exorcismo.

–¿Cómo estableces en tu obra la relación entre el individuo y su cuerpo?
–A través de una crítica a lo que espera la sociedad: una apariencia atlética, bella, perfecta. Ahora el que no anuncia no vende: mucho se logra con la imagen. Es el reflejo de un complejo.

–¿Qué piensas de los metrosexuales?
–(Mira hacia arriba unos segundos) ¿Yo seré uno? (Risas) Mejor no tiro la piedra para que no me caiga en la cara. Sin duda, cuidar el cuerpo es bueno, más por salud que por vanidad. Pero definitivamente todos somos un poco vanidosos.

–¿Cómo crees que recibe la conservadora y aséptica Lima una muestra homoerótica?
–Bueno, con ese término la gente entiende que es homo de homosexual. En todo caso, sería de Homo Sapiens...

–De aprecio al cuerpo masculino...
–Quizás algunos se escandalizarán de ver la masculinidad en pleno. Seguro a muchas señoras les encantará. La verdad, me tiene sin cuidado.

–¿Cómo la planteas tú?
–Como una muestra que quiere ser muy personal, pues permite una mirada a mi propia purificación: lo que presento son autorretratos idealizados de momentos míos que nadie ve.

–Y sin embargo, el cuerpo femenino sí puede ser apreciado, e incluso, explotado…
–Ese es el machismo. Pero ahora se ponen perfume los que señalan con el dedo. El que no cae resbala: todos somos metro, centímetro, milímetrosexuales. Ya sea a la luz pública o en la intimidad del baño. (Rebeca Vaisman)

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