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06/Oct/2005
 
 
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Seguridad Sentenciada a 20 años de cárcel, ya no a cadena perpetua, Maritza Garrido Lecca responde a CARETAS sobre una experiencia que no conoce de arrepentimiento.

Cayó el Telón

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Santa Mónica.- Verano del 2003. Maritza Garrido Lecca en ensayo previo a una presentación de bailes típicos en el penal de mujeres de Chorrillos. Sus danzas eran antes apreciadas en teatros y centros culturales de Lima.

El último martes, 13 años después de haber sido capturada en su propia residencia de Surquillo junto a Abimael Guzmán Reynoso, Maritza Garrido Lecca fue sentenciada a 20 años de cárcel por el delito de terrorismo y al pago de una reparación civil de S/. 60,000. Ella no apeló la sentencia. Si acaso se le concedieran beneficios penitenciarios, la bailarina podría salir libre en cuatro años. Pero, ¿hay un mea culpa? La semana pasada, CARETAS la entrevistó en exclusiva en su celda del penal de mujeres de Chorrillos. Garrido Lecca se declaró inocente con vehemencia y negó los cargos de terrorismo, pero las graves inconsistencias de algunas de sus respuestas parecen no admitir dudas de su complicidad.

Maritza Garrido Lecca, hoy de 40 años, se mostró serena durante la lectura de su sentencia en el penal Miguel Castro Castro, la tarde del martes último. Con el cabello recogido en un moño y levemente maquillada, escuchó durante 2 horas 40 minutos los cargos en su contra. En todo momento mantuvo la compostura.

Al oír la condena, bajó la mirada, pero no se alteró. Se levantó lentamente y, de puntillas, fue donde su abogado: “Me reservo el derecho de apelar”, le susurró al oído.

Trece años después, al verla, aún hoy uno se pregunta, ¿cómo una bella artista de la burguesía limeña que parecía tenerlo todo pudo involucrarse con una organización terrorista y criminal como Sendero Luminoso?

Para algunos, su caso guarda cierta similitud con el de la norteamericana Lori Berenson, del MRTA, a quien la Sala Penal Para Casos de Terrorismo sentenció a 25 años de prisión en el 2001 (CARETAS 1676). Al igual que la Berenson, como se verá más adelante, la palabra arrepentimiento no forma parte de su vocabulario.

Garrido Lecca, criada en el seno de una familia de clase media alta, con estudios en el colegio religioso Sophianum, de San Isidro, y egresada de la Universidad Católica del Perú, era reconocida en el medio artístico limeño de los 90’s.

Su grácil figura, su vocación por la danza y su bello rostro distaban mucho de las violentas historias de los combatientes senderistas. Pero los hechos eran otros.

En 1992, Garrido Lecca y su pareja Carlos Incháustegui vivían en una casa de tres pisos en la urbanización Los Sauces, Surquillo. En la primera planta, la bailarina había instalado un taller de danza. Muchas alumnas y amigas la visitaban allí sin saber qué ocurría arriba. En el segundo piso estaba oculto Abimael Guzmán con su amante Elena Iparraguirre. Eran los tiempos de los coche-bomba y de la matanza de Tarata.

El Grupo Especial de Inteligencia (GEIN), al mando del entonces comandante PNP Benedicto Jiménez Baca, siguió durante dos meses la pista de la bella bailarina.

El 12 de setiembre de ese año, la Policía irrumpió en la casa de Surquillo y atrapó a Guzmán (CARETAS 1228). La ballerina fue hallada en el primer piso de la casa con su esposo y unos amigos. Había organizado una parrillada en el jardín.

Fue condenada a cadena perpetua por un tribunal militar sin rostro y enviada al férreo penal de Yanamayo, en Puno. En el 2002, su sentencia fue anulada y, gracias a un Hábeas Corpus presentado por su defensa, la Sala Penal para Reos en Cárcel ordenó un nuevo proceso para ella.

Pero, ¿es Garrido Lecca una senderista? La semana pasada, CARETAS la visitó en su celda del pabellón B del penal de mujeres de Chorrillos. Había terminado de escribir un libro sobre danza, donde vuelca algunos recuerdos del tiempo en que vivió aislada en Yanamayo, además de ejercicios prácticos para bailar con arte. Lo ha titulado “Libertad para Danzar”. Un extracto del primer capítulo dice lo siguiente: “¿Alguna vez ha permanecido, aunque sólo sea por un momento, en un cuarto tan pequeño que le impida mover su cuerpo normalmente? Ahora, ¿se imagina qué significa esto para una persona que naturalmente se expresa a través del movimiento al punto que ha hecho de él su profesión y modo de vida?”.

La semana pasada, Garrido Lecca aceptó responder a CARETAS un cuestionario por escrito. Acaso la más inverosímil de sus respuestas fue: “No sabía que Guzmán estaba en el segundo piso de mi casa, tampoco que estaban ahí las otras personas. Mi pareja fue quien hizo el contrato de alquiler con Raida Oscate (nombre ficticio de Elena Iparraguirre). Nunca oculté a Guzmán”. Pero hay más.

–¿Perteneció usted a la cúpula de Sendero Luminoso?
–Es imposible que existan pruebas objetivas de lo que no es real. Todas las personas llamadas a declarar en el juicio que han sido o son miembros de Sendero Luminoso afirman que yo no soy miembro de esa organización, mucho menos dirigente. El único que lo afirma, antojadizamente, es el señor (coronel PNP en retiro) Benedicto Jiménez, pero él es parte interesada, y está obviamente empeñado en avalar el atestado policial. Sin embargo, no ha presentado ninguna prueba objetiva de sus interpretaciones subjetivas sobre mí. Él dijo ante la Sala que yo soy “miembro de Sendero Luminoso con rango dirigencial” y cuando mi abogado le preguntó qué pruebas tiene de eso, dijo: “En inteligencia trabajamos con inferencias” y “las pruebas secretas”. ¡‘Pruebas secretas’ en el juicio oral!

–Entre otras cosas, según reveló el coronel Benedicto Jiménez, usted fue vigilada cuando compraba ropa interior para Abimael Guzmán.
–Le he escuchado hablar a diario en los medios de comunicación, y desde hace 13 años, de tales ‘pruebas’, como la de un papelito (de Guzmán) en la basura y hasta de ropa interior de talla grande que yo había comprado. Si son pruebas tan importantes y determinantes para demostrar su acusación, ¿por qué no existen físicamente en ningún lado? ¿Por qué no están en un acta? ¿Por qué no las puede verificar un fiscal? ¿Por qué no hay un registro de eso o algo que lo acredite? ¿Basta la palabra del señor Jiménez para hacerlo real? En un juicio oral, las pruebas tienen que ser concretas, visibles. ¿Cómo van a ser ‘secretas’? Eso no puede bastar, si es que los juicios se diferencian de los tribunales militares de 1992.

–Tras la captura de Guzmán, se le ve en un vídeo claramente exaltada, solidarizándose con los senderistas detenidos en su casa de Surquillo.
–Creo que cada caso debe evaluarse en su contexto. Setiembre del ’92 fue terriblemente dramático en mi vida. Fui detenida en mi casa y llevada al día siguiente a la Dircote. Sentí todo el aparato del Estado aplastándome. Yo estaba alteradísima porque me resistía a la impotencia, pero eran fuerzas superiores a mí que ya habían decidido sobre mi vida: o me asesinaban o me enterraban en la cárcel para siempre. Me supuse muerta al día siguiente y tomé esa opción. Decidí solidarizarme con las otras personas que estaban siendo maltratadas como yo en ese lugar.

–El vídeo la compromete seriamente...
–Es cierto que no medí las consecuencias de mis actos y eso me ha hecho mucho daño hasta el día de hoy, porque se han utilizado esas imágenes para decir de mí tantas cosas falsas, hasta la acusación que hoy enfrento. Pero eso, aún por muy desafortunado que sea, no puede tomarse como prueba de que soy miembro de Sendero, porque la verdad es que no lo soy. Y en todo caso no creo que pueda juzgarse mi vida entera, y decidir la suerte de mi vida futura, sólo a raíz de ese momento.

–¿Espera que la absuelvan completamente de los cargos?
–Después de 13 años, y a pesar de todo lo vivido, realmente espero que los magistrados puedan poner por encima de todo su calidad de jueces garantistas y prime la razón, que posibilite el cese del uso político que se ha hecho en mi caso, y se juzgue el hecho objetivo. Espero que me absuelvan porque soy inocente de lo que se me acusa.

–¿No hay mea culpa?
–No soy miembro y mucho menos dirigente de Sendero Luminoso, y no hay pruebas objetivas de ello. En el peor de los casos, espero una sentencia que me permita reincorporarme a la vida social normal, al seno de una lindísima familia que me espera y me acoge. Y a mi trabajo en el campo del arte.

–Lo cierto es que Guzmán estuvo oculto en su casa. ¿Recuerda el día de la captura?
–Fue horrible. Despedía a Patricia Awapara y a Celso Garrido-Lecca que habían ido a visitarme, cuando se acercaron de golpe varias personas vestidas de civil disparando al aire. Al inicio pensé que eran ladrones. Entraron violentamente y nos tiraron al piso. Gritaban una serie de improperios y yo no entendía nada. Me llevaron a la sala de la casa y me tiraron boca abajo, poniéndome una almohada en la cabeza además de vendarme los ojos y amarrarme las manos. Sin permitírseme ver, ni oír y casi sin respirar. Sentía sus manos sobre mi cuerpo al tiempo que decían cosas horrendas, buscando humillarme en mi condición de mujer. Después de algunas horas me subieron al segundo piso, y me tuvieron vendada y encapuchada toda la noche. Allí escuché más voces, y cuando fui a los servicios higiénicos pude ver que había otras mujeres vendadas como yo.

–¿Y el juicio castrense?
–Después de pasar 15 días en la Dircote me llevaron junto a otras tres prisioneras, encadenada como un ‘pollo a la brasa’ con manos y pies juntos enganchados a un fierro al ras del piso, a una Base Militar en La Joya, Arequipa. Realmente nos secuestraron, pues nadie sabía dónde estábamos. Allí, una madrugada fui ‘juzgada’ en una sala con espejos que me impedían ver a los jueces. Yo estaba encadenada a una silla empotrada al piso. Había militares apuntándome con sus armas y un encapuchado a mi lado que decía ser ‘mi abogado de oficio’, pero que no me podía decir quién era ni acreditar siquiera ser abogado. A los pocos días me volvieron a llevar a esa sala, y vi a mi abogado real (Luis Romero). Esta vez fue sólo para escuchar la sentencia: cadena perpetua.

El martes último, la Sala Penal Nacional, presidida por el vocal Julián Jerí, la sentenció a 20 años de prisión. El proceso oral se había iniciado en julio último y Maritza Garrido Lecca es hoy una de las primeras reclusas por terrorismo en ser condenadas en estricto cumplimiento al mandato de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Sus declaraciones son sentidas, sin duda, pero sorprende constatar que no expresen arrepentimiento alguno. (Patricia Caycho).

 


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