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Edición 1871

28/Abr/2005
 
 
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Confrontaciones

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El Tercer Concurso de Arte Joven convocado por la Municipalidad de Miraflores ha sido el mejor de los realizados hasta ahora, convirtiéndose en uno de los más estimulantes del medio. Esto se debe en primer lugar a la insólita frescura de las propuestas presentadas y a los miembros de un jurado –Jaime Higa, Haroldo Higa, Jaime Romero, Alexis García y Sergio Urday– que ha sabido seleccionar con certeza a los ganadores.

Ciertamente discrepo de alguna decisión, como ocurre con el segundo premio a Alejandro Jaime. Su idea es notable pero la pobre presentación de la misma atenta contra una mejor comprensión de su propuesta. Sin embargo estas objeciones resultan irrelevantes ante los logros evidentes de un evento de cuya realización dudaba, entre otras razones, por las limitaciones de un medio que tiende a eliminar actividades relacionadas con el arte tan pronto asoman las dificultades económicas. Por ejemplo el costo de un solo aviso de Movistar en tres páginas a partir de la carátula en Somos hubiera sido suficiente para resucitar el asesinado concurso de Telefónica. Sin embargo la decisión es muy clara y usual al interior de un sistema como el nuestro: Vender un producto resulta más importante que la imagen que una empresa pudiera crearse con su aporte al futuro artístico de la comunidad en la que ella desarrolla sus actividades.

En cuanto a lo miraflorino, a diferencia de lo ocurrido en la versión anterior, hoy sí podemos decir que estamos ante un arte joven, más que un arte viejo hecho por artistas jóvenes, a diferencia de lo ocurrido el año anterior. Lamentablemente no se ha tomado en cuenta que hay artistas cronológicamente “viejos” que producen un arte envidiablemente nuevo, como ocurre con múltiples casos en nuestro país. Las bases deberán ser revisadas para darles cabida en una próxima edición.

Otro de los aportes del concurso es permitir el encuentro con artistas recientes cuyas obras permiten medir la salud del arte en el país. De ser esto cierto es posible aseverar que estamos mucho mejor de aquellos cuyo diagnóstico es la crisis. Curiosamente en esta participación radica simultáneamente el mejor indicio y el peor síntoma. Jóvenes destacados Gutiérrez, Wagner, Cabieses y otros se han abstenido de participar, seguramente por desencantos en eventos anteriores. Ellos hubieran podido elevar el nivel promedio de una participación cuya característica principal es un proceso de búsqueda inconcluso.

El heterodoxo jurado, repetimos, lo hizo muy bien, pero su benevolencia en la selección de finalistas ha sido excesiva. Debió haber un menor número de expositores para privilegiar un adecuado montaje y no abigarrar, evitando que las piezas se anulen entre sí. De haberse exhibido la mitad –hay muchos trabajos prescindibles– se hubiera podido lograr la que quizás hubiera sido la mejor muestra que se haya hecho en la Miró Quesada en lo que va del siglo: Allí hay insolencia e impertinencia, audacia y agallas que nos hacen tener confianza en lo que hoy se está generando.

Además de los premiados hay obras de extremo interés como ocurre con Eriván Phumpiu, ganador de “Pasaporte...”, cuyo tríptico horizontal ha sido colgado verticalmente por razones de espacio. Jerry Martín con extraordinaria pintura del Estadio Nacional. El minimalismo serigráfico de Carla Pando. Los paneles esquinados de Eduardo Chinen. El grabado de Fidel Barandiarán y el video de Christian Mondragón.

Si las participaciones permitieran definir las predilecciones de los nuevos artistas peruanos, pudiera decirse que la chicha ha fermentado hasta avinagrarse –no confundirse con el cuadro soft core de Blas Isasi (ver foto), quien debe más a Rosenquist que a LU.CU.MA– y que estos son tiempos de obras más complejas, en las cuales es posible encontrar desde la introspección hasta un posconceptualismo mal entendido y un nulo interés en las instalaciones, lo que ya se venía manifestando en los últimos eventos. La fotografía pudo tener una mayor y mejor participación, pero lo más saludable ha sido comprobar un deseo de ser libres y de trabajar como mejor les dé la gana. Lo cual me resulta la mejor manera de entender a un joven. Cualquiera que sea su edad.

 


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