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Yma Sumac como pionera de una estrategia nacional.

El Fenómeno Sumac

Yma Sumac

La artista en 1953, imagen especular de un país que se reinventa a sí mismo.

No se ha comprendido aún el significado y las posibilidades del caso de Yma Sumac. Cuarenta o cincuenta años de flojera ideológica habían relegado el fenómeno a un debate estéril, que en realidad encubría una densa trama de egos y malas voluntades. En el año 2006, cuando regresó para ser condecorada con la Orden del Sol, se suponía que esa vieja trama había sido depurada y se imponía un nuevo discurso reparador. Pero el fenómeno cultural siguió abierto y cobra nuevos significados con el paso del tiempo.

Por lo demás, durante muchos años fue muy difícil escuchar a Yma Sumac y comprender su verdadero sentido. Se encubría bajo capas ornamentales de incaísmo, orquestación norteamericana y malabares vocales. Alejo Carpentier, por ejemplo, tras escucharla en un teatro de París, la definió como un “mero fenómeno”, alguien que había quedado atrapada en su propia voz. Carpentier confesaba que había sentido “una especie de miedo, cuando la escuché por vez primera en grabación fonográfica”, pero en vivo se había desilusionado, “una vez oídos los dos primeros ‘números’ de un programa suyo, ya puede retirarse el espectador. Está enterado de todo. Ninguna sorpresa le espera, fuera de los cambios de trajes”.

Carpentier –a quien seguimos por extractos de Ángel Páez y Rosalyn Medina– observó una especie de vacío o prisión en el arte de Yma Sumac, un vacío que llenaba con su milagrosa voz puesta al servicio de una supuesta música andina, hecha a medias entre Hollywood y Moisés Vivanco, su esposo y compositor. “En vez de llamarse Mozart, Schubert, Schumann o Brahms, sus compositores todos se llaman Moisés Vivanco”. Carpentier lamentaba su falta de universalidad, aunque llenaba el teatro en París, mientras la crítica nacional, si tal cosa existía, la acusaba de adulterar la música autóctona, algo que, por lo demás, el público extranjero nunca notó ni le interesaba notar. La curiosidad, la identificación idílica que las multitudes internacionales querían sentir hacia esta parte del mundo, fue uno de los platos fuertes que sirvió el binomio Sumac-Vivanco.

En algún lugar, entre su falta de universalidad y la falsificación de los sones nativos, se encuentra su ambiguo pero verdadero paradero cultural. La historia es larga y está por estudiarse, pero pueden escogerse algunos instantes que den la impresión de una vida. Zoila Augusta Emperatriz Chávarri del Castillo nació en 1922, en el distrito de Ichocán, provincia de San Marcos, departamento de Cajamarca. Faltan datos sobre la familia, el pueblo y el valle, pero en cambio, comienza ya su historia mítica. De niña aprendió a cantar imitando a las aves “en la cima de una montaña en los Andes Altos”. Era parte de una antigua rutina periodística que ella interpretó infinidad de veces. Se remontaba a una especie de anfiteatro florido en las montañas, cantando a un auditorio de rocas, donde logró alcanzar las notas de las aves. Eso, y su descendencia por el lado materno del último inca, Atahualpa, certificada por escrito en 1946 por un Cónsul del Perú, eran los dos pilares argumentales de su presentación en centenares de programas de radio, televisión y entrevistas de la prensa norteamericana de los años 50 y 60.

Pero nos adelantamos. La niña mítica de Ichocán existe, pero todavía nadie se ha dado cuenta. Momentos de transición son su presentación en un festival local ante “25 mil indios”, que se conmueven hasta las lágrimas al volver a escuchar la voz de una Virgen del Sol. De igual modo, la presencia en esa memorable ocasión, de un misterioso “ingeniero”, o enviado del gobierno, especie de tucuyricuy, “ojos y oídos” del Presidente, que facilita su traslado a la capital.

Entronización incaica de Yma Sumac

Entronización incaica de Yma Sumac en el Estadio Nacional.



El siguiente momento es su encuentro con Moisés Vivanco en las antesalas de una radio local. Allí Vivanco la escucha por primera vez y le da el nombre de Yma Sumac, que por entonces se escribía Ymma Summack. La transformación de la crisálida a la que todos llaman Zoila, o Emperatriz, será un proceso gradual, incierto, hasta decepcionante por momentos, que involucra toda clase de cosas, para comenzar, la boda de ella y las partituras de él. En todo caso, es 1943 y las partes ya están en su sitio para iniciar una prodigiosa carrera.

Es indispensable detenerse aquí en Moisés Vivanco, “el George Gershwin del Perú”, aunque él también resulte un misterio. Ayacuchano, prospecto de médico para sus padres, sanmarquino, con estudios en bioquímica y antropología, léase quizás farmacia y fiestas regionales, Vivanco es un empresario de sí mismo y un músico irresistible que muy joven ha formado una Compañía Peruana de Arte con 46 músicos y danzantes indios. Muy pronto logra ejercer una profesión que acaba de inventar en el resplandeciente mundo de la radio, se convierte en “director musical y consultor”. La velocidad a la que marcha su carrera hace sospechar que incluso antes de su encuentro con Yma Sumac, él ya sabía que el viaje no había terminado, las radios de Lima no eran todavía el mundo.

Su papel en el fenómeno Yma Sumac no puede ser subestimado, aunque después se divorcien y se vuelvan a reunir y separar. Los viajes comienzan poco después del matrimonio, giras a la Argentina, Brasil, Chile, México, con recepciones de moderado éxito. Finalmente los Estados Unidos de América. La Segunda Guerra Mundial había terminado hacía poco tiempo, sobre las brasas todavía tibias del panamericanismo, quizás era el momento para una exportación exótica. Sudamérica bien valía una Carmen Miranda del Pacífico.

En su tiempo, claro está, todo era mucho más difuso e incierto. El mismo Moisés Vivanco, con su oído crítico, parece no haberse dado cuenta de que debía abandonarlo todo y dedicarse solo a ella. Todavía en las giras sudamericanas lleva a sus “músicos indios”, y para el salto a la gran América, crea el “Inka Taki Trío”, Yma, su prima “Cholita” Rivera, y él. Comienzan los últimos tramos del desierto, los más desoladores. Fracaso o indiferencia en Nueva York, Los Angeles y otras ciudades. Llega un punto en que la estrechez económica los obliga a entrar en “el comercio del atún”, una forma de no decir vender pescado.

La primera mujer sudamericana en tener una estrella de la fama.

La primera mujer sudamericana en tener una estrella de la fama.



Pero en el momento de mayor oscuridad el firmamento se ilumina. Una noche en Nueva York, otro tucuyricuy, esta vez de la Capitol Records, la escucha cantar en un pequeño local. Allí se define su futuro profesional y estilístico. Al recordar ese momento, los periodistas de espectáculos usaban la fórmula “allí mismo le extendieron un contrato”. Eso sí, como dijo el tucuyricuy norteamericano: “However, changes would have to be made”.

El resto es una trayectoria ascendente y pasados los años, una tendencia a reinventarse varias veces, lo que terminaría siendo uno de los rasgos más constantes de su carrera. En 1958, cuando Carpentier la escuchó en París, ya había incursionado en el mambo, y más adelante, lo haría en una llamada “música psicodélica”.

Para entonces ya estaba muy lejos de los reproches universalistas de Carpentier, o de las acusaciones autoctonistas de su propio país. Yma Sumac nunca desarrolló una carrera lírica, era aparentemente lo único que su voz no le permitía, ser otra cantante. Hay testimonios de maestros de canto que declaran no atreverse “a tocar” tan raro instrumento por miedo a malograrlo. Su voz, literalmente fenomenal, necesitaba música compuesta únicamente para ella, casi como la capucha que debía llevar el hombre elefante. Pero todas esas eran consideraciones teóricas para una trayectoria que iba en una dirección distinta.

Otro tanto, pero de una índole más delicada, ocurría con las acusaciones de los nativistas acerca de la adulteración que suponía su arte. Cada vez que regresaban al Perú, después de muchos años de ausencia, Sumac y Vivanco debían escuchar los mismos reproches. El dilema se mezclaba penosamente con otros asuntos que la prensa peruana ventilaba, como su juicio a Guido Monteverde por haber dicho que se había nacionalizado norteamericana, cosa que era cierta, y con una frialdad, incluso una supuesta hostilidad de los públicos nacionales, desde los cultos que la considerarían usurpadora de una representatividad que no le correspondía, hasta los públicos populares para quienes resultaría extraña.

Ese debate, sin embargo, parece no tener en cuenta lo que realmente sucedió y quien era ella, comenzando por sus rasgos más obvios, aquellos la hacían representativa de grupos más amplios de lo que ella misma imaginaba. Como tantas otras vidas de su generación y las siguientes, era el resultado de sucesivas migraciones que en su caso terminaron cómodamente en un suburbio de Los Ángeles. Forma parte de esa legión de peruanos, cada vez más numerosa a lo largo del siglo, que se ha reinventado en otro país, en otra cultura, con resultados de todo tipo.

Moisés Vivanco, “el George Gershwin del Perú”

Moisés Vivanco, “el George Gershwin del Perú”, compuso la música.

Los avatares emocionales o sentimentales de su evolución personal, en particular su relación con Moisés Vivanco, son todavía demasiado oscuros o contradictorios, pero se adivina su importancia como factores adversos que debía superar. Al paso de los lustros va quedando clara la imagen de una mujer fuerte que finalmente se independiza. Esa mezcla de verdad y mentira que es su vida artística y personal fue creando una nueva realidad que va más allá de su mistificación, o que la incluye. La Yma Sumac, renacida en la cultura norteamericana, guarda efectos desconcertantes como ocurre muchas veces en las vidas trasplantadas. El rumor, aparentemente muy difundido entre el público norteamericano, de que su verdadero nombre era Ami Camus (Yma Sumac al revés), una ama de casa de Brooklyn, parece algo tan bizarro como escuchar en 78 revoluciones por minuto, su primer disco “Xtabay”, con resultados que un crítico norteamericano llamaba “indescriptibles”.

A su manera, esa creación instantánea y casi aleatoria de una nueva identidad, es el sueño de la choledad realizado. Yma Sumac sería entonces una adelantada de esa estrategia nacional de dejar de ser lo que se ha sido, para recrearse desde una aparente nada. Ese vacío que hay que llenar le dio la oportunidad de mezclarlo todo, con resultados creativos que aún no vislumbramos del todo. Ella sería la temprana y viva imagen de un ser que no termina de formarse, que ha perdido algo, o mucho, con la inmolación de su propio pasado, pero que aguarda recuperar por centuplicado todo lo perdido en un futuro dorado. (Escribe: Luis Jochamowitz)

 


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