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Autopsia de una máquina de escribir (1968).

Un Alma Sensible

Marilucha García Montero

El tiempo no ha podido sepultarla, aún. Mientras muchas luminarias de su época se apagaron por completo, todavía queda un número indeterminado de personas, no muchas tampoco, que recuerdan o saben quién fue ella. Junto con toda su generación, ella también marchó del brazo, en apretada fila, hacia la obliteración universal. Ya casi lo había logrado, capas sucesivas de épocas y años la habían cubierto hasta desaparecer, pero he aquí que nuevas épocas y más años la desenterraron parcialmente, o mostraron algún detalle que alguien juzgó curioso o atrayente. Desde los años 80 anda por el mundo convertida en personaje de una obra de teatro, privilegio bastante raro. En el 2004 se convirtió en inspiradora de algunas páginas de un controvertido artículo sobre la vida sexual de Haya de la Torre. Una mención más y su primer centenario la encontrará gozando su segunda o tercera juventud.

María Luisa García Montero, Marilucha, la cronista de la alta sociedad, ella misma hija de familia rica, la autora de Coctail Party. Su suicidio, el mismo día en que mataron a Robert Kennedy, y el hallazgo de su cuerpo, una semana después, en un cuartito de la azotea de su casa, junto a un vaso con restos de ácido muriático, no es un detalle menor en este recuento de su fama.

Pero esa vía nos llevaría al tema principal, ella misma, un asunto difícil y delicado, que francamente mejor es no tocar. Nos basta lo que dejó escrito, varios puñados de artículos y columnas, además de un libro, Atrás de la máscara (Imprenta Minerva, 1963).

Lo primero que descubrirá el lector contemporáneo que se sumerja en las páginas de Marilucha García Montero es que algo no funcionaba bien. No es que el mecanismo de su comunicación escrita fallara, la concordancia, la ilación, todo estaba más o menos en su sitio, pero una palabra arrastra a la otra, y su ligereza, su tendencia natural a la divagación, hacen temer al lector contemporáneo descubrirse leyendo una completa tontería. El problema se agrava por la tendencia de la época a escribir largos y numerosos párrafos, en la seguridad de que el lector tenía varios minutos de tiempo antes de que se le ocurra pasar la página.

De ese modo, la máquina de escribir de Marilucha deviene en aparato divagatorio, en alfombra voladora hacia la nada, que hace que el lector se agarre firmemente de los bordes de la alfombra por miedo a caer. Sin embargo, en medio de ese teclear sonambulico, a veces, como sucede con los niños y los locos, acierta. En sus mejores momentos, que no eran muchos, Marilucha estaba poseída por lo que CARETAS –en una nota necrológica en la que se adivina el aliento de Doris Gibson– llamó “la relampagueante intuición de los nerviosos”.

Manuel Prado y su esposa.

Polvo o neblina, Manuel Prado y su esposa en la inauguración del Hipódromo de Monterrico.



De Marilucha es la descripción de Eudocio Ravines, en su “encierro voluntario”, trabajando durante muchas horas “en su pequeño y limpio escritorio” capaz de “pasar de la agresividad más extrema a la tranquilidad más pasmosa”, que “en la máquina de escribir se transforma en un mono poseso y endiablado”. De ella también es la visión lateral pero cercana de Haya de la Torre: “Vi algo más, sus sienes alargadas, su cabezota, su nariz de gancho, y su boca afilada, casi instintiva y a la vez sensual”.

Una palabra final sobre el mundo que le tocó comentar, la aparente elegancia de una ciudad que se veía a sí misma como una sucursal lejana de Paris o Londres. Hay una imagen, en un artículo sobre la inauguración del Hipódromo de Monterrico, que describe bien el duro trabajo de ser cronista de la alta sociedad en el Perú. Todo está allí, la comitiva presidencial y sus carros “de líneas aerodinámicas”, el chaqué gris perla de Prado, la largavista de Clorinda, el lujo desolador del palco oficial. De pronto, el viento comienza a soplar sobre la pampa a medio urbanizar. Marilucha observa a Prado y su esposa envueltos en una polvareda, y no se sabe si por amable o irónica, comenta: “la tierra envuelta por los vientos que suben, poco a poco los cubren como niebla londinense”.(Escribe: Luis Jochamowitz)

CARETAS, ilustración peruana, edición 211, enero de 1968.

 


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