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Boleto de entrada para el Coliseo Nacional (1961)

Bajo La Carpa

Entierro de Luzinda Salas

El entierro de Luzinda Salas, 'La Alondra', muerta en el escenario bajo el aplauso del público.

El Coliseo, la carpa de color terroso al lado del río, ha entrado a la historia de la ciudad como un crisol de las provincias, una avanzada de los invisibles en vísperas de convertirse en mayorías. Lo era, pero de una manera más extraña de lo esperado. Aunque su aire serrano es evidente, no se encontrarán trenzas ni ojotas, todo, o casi todo, acaba de ser inventado. Los “trajes típicos” son la creación de imaginativas costureras con ganas de sobresalir. El “peinado bombé”, esa especie de casquete de pelo batido, se impone abrumadoramente. Las cantantes son madres de familia, que después del trabajo, de cuidar 5 o 7 niños, se ponen “sus galas” y salen al Coliseo.

Plateas bulliciosas y belicosas

Plateas bulliciosas y belicosas, el verdadero espectáculo es el público.

Los cantantes y músicos son porteros, guardianes o trabajadores precarios. La profesionalización es incipiente pero la época de las propinas parece haber quedado atrás. El Coliseo paga entre 80 y 1,500 soles por presentación, según una misteriosa y móvil cotización que todos respetan. Como siempre, hay alguien que domina el caos, el empresario, “el káiser del Coliseo”, César Gallego, que alquiló o compró las primeras lonas que evolucionaron hacia la gran carpa.

Con un boleto de cinco soles, el mismo precio de esta revista ese año, el asistente tiene derecho a ocho horas de función ininterrumpida. Pueden discutirse muchas cosas sobre el espectáculo, pero nadie negará su extrema intensidad, tanto en el escenario como en la platea.

La gente baila sobre las sillas, pifia, aplaude, zapatea contra el piso. Las bandas regionales forman en el exterior e ingresan a la carpa en procesión y a todo volumen. Es un momento en que el escenario y la platea se confunden. Mientras unos aplauden a rabiar otros silban y abuchean. Hay algo desafiante en esa entrada de saxofones circunspectos, arpas en vilo y violines agrios, es como si cada lugar se hiciera presente exigiendo su sitio, algo que parece exacerbar al público. Recién entonces el espectador no familiarizado se dará cuenta de las diferencias y rivalidades que se reúnen todos los domingos. Están divididos por departamentos, provincias y hasta por distritos. Son un inmenso archipiélago en trance de formar tierra firme, un conglomerado que lo incluye todo, hasta “los bajos fondos del arte folclórico”, como el negro que canta huaynos o el japonés charro.

En cuanto al escenario, el punto culminante de la intensidad se alcanzó al año siguiente, cuando la cantante Luzinda Salas, 'La Alondra', “se desplomó retrocediendo ante el aplauso del público”, después de cantar y bailar con furor el Huaylas 60. La autopsia dictaminó derrame cerebral. (Escribe: Luis Jochamowitz)

CARETAS, ilustración peruana, edición 232, diciembre de 1961.

 


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