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19/Feb/2015
 
 
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Entrevistas Próximo a cumplir 90 años, Fernando de Szyszlo alista proyecto con MVLl: un homenaje a Cavafis. Aquí, alza la voz sobre Keiko y la TV Basura.

Tormenta a los Noventa

4 imágenes disponibles FOTOS 

Szyszlo

Szyszlo es devoto coleccionista de cuchimilcos.

Una saludable porción de guindones lo aguarda en su dormitorio anunciando los esfuerzos por mantenerlo fuerte. La media hora de bicicleta elíptica a diario lo confirma. Fernando de Szyszlo está próximo a cumplir 90 años en julio y, trabajador impenitente, ya alista para el 10 de marzo la presentación junto a Mario Vargas Llosa de una publicación en homenaje al poeta Cavafis: “El Alejandrino”, con litografías suyas y un poema del nobel peruano. Producido por Taller Arte Dos Gráfico de Colombia, la presentación estará a cargo de la galería Forum. Veamos.

–Estás pronto a cumplir noventa años.
–Sí, qué horror.

–¿Edad gloriosa o más bien diabólica?
–Es una edad siniestra. Porque ya no es que tengas la certeza de que te vas a morir, como todos los seres humanos, sino que tienes la certeza de que te vas a morir muy pronto. Es la certeza terrible de que estoy jugando los descuentos.

–Cuando de niño veías a personas con los años que tienes ahora…
–¡Eran unos ancianos inmundos! Me acuerdo una película de Vittorio Gassman, en que Vittorio lleva a su hijita a que salude a la abuela y la niña le responde: “No, no, la nona apesta”. Esa es la idea que tienen los niños de los viejos.

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–¿Imaginaste llegar a esta edad?
–Sí, porque la pintura es un desafío casi físico y te mantiene a tono. Cuando comencé a pintar quería morir a la edad de Tiziano, que murió de 98. Pintar es lo único que me hace vivir, que le da sentido y hace que la vida no sea un desperdicio. Siempre quise pintar ese cuadro que sentía oscuramente dentro de mí, toda mi vida lo he pintado y todos mis cuadros se parecen, porque es el mismo cuadro que está dentro, y que trata de salir. Pero soy realista, y ya no tengo la ilusión de conseguirlo.

–¿Cuáles son tus ilusiones ahora?
–Pintar, pero ilusiones, no, no pretendo. Hay un poema de Leopardi que siempre recuerdo, que dice: “En mí, de lisonjeras ilusiones con la esperanza, aun el anhelo ha muerto”. Es aceptar la ley de la vida, la sabiduría de la naturaleza, que es la muerte.

–¿Lo más difícil de aceptar?
–La muerte de mi hijo, por supuesto, nunca la he aceptado, todavía sangro. Es un escándalo, los padres no deben enterrar a los hijos.

–¿Flaquea el agnosticismo con los años?
–Yo no tengo religión. Estudié en un colegio jesuita, fui a misa todos los días durante mi infancia, y la explicación de la religión no bastaba. Borges dice que la religión es parte de la literatura de ciencia ficción, es un invento que hemos hecho para sobrevivir. Hay dos maneras de mirar el mundo: con fe o con razón. Es decir, no veo cómo puede haber cielo ni infierno, ni creo que alguien pueda quemarse en toda la eternidad por haber besado a su prima.

–Me haces pensar en Vargas Llosa.
–Jaja, bueno, las primas siempre son una tentación.

–El día final, ¿llamarás al cura por si acaso?
–¡Nunca! Lila, mi mujer, sabe perfectamente que no quiero que haya crucifijos ni nada. A mi amigo Westphalen, que fue agnóstico, una persona racional desapasionada y al mismo tiempo un gran poeta, cuando se murió lo llevaron a la Universidad de San Marcos a velarlo y ahí le pusieron crucifijos y velas. Yo no quisiera que me sometieran a ese abuso.

–Si hablamos de poesía, de esta inmensa biblioteca, ¿con qué te quedas?
–Valéry, Verlaine, Rimbaud, Vallejo, Neruda. Y de mi generación grandes como Jorge Eielson, Blanca Varela, Javier Sologuren.

–A Alan García le han dado con palo por el poema que publicó dedicado a ti.
–Es Injusto. No me parece lindo, pero es que no es fácil de la noche a la mañana… es imposible.

–El mismo Vargas Llosa lo criticó y dijo que él mismo no podía escribir buenos poemas, y que en poesía solo se permitía la excelencia.
–Esa es una frase de Borges, pero este es un lindo poema de Mario, está hecho con tanta sensibilidad por Cavafis, que era un tipo tan complicado, un empleaducho que hacía su trabajo todo el día en una oficina del gobierno y por las noches tenía esas orgías homosexuales. Y, sin embargo, es uno de los grandes poetas del siglo XX.

–Has sacado chispas la vez pasada con tus declaraciones sobre Keiko y tu vaticinio de que nunca será presidenta.
–Nadie por ser hija de un presidente, aunque hubiera sido bueno, tiene derecho a heredar la presidencia. Y ya ni qué decir en el caso de Fujimori.

–Entre tanta corrupción y debacle, algunos se erizan ahora ante la llamada televisión basura.
–Y mira los titulares de los diarios: ladrones, asesinos, violadores. Es el horror, y eso cambiará con la cultura de la gente, porque la televisión es el reflejo de nosotros mismos, que estamos retratados en esos programas. Y es un retrato horrible, sin duda.

–¿Qué añoras del Perú de tu infancia?
–Mi infancia no fue muy feliz, yo fui un niño muy tímido, un chico de clase media, peruano, y eso era una cosa complicada: no tenía los medios para hacer las cosas que quería, pero no me quejo. Me vienen a la memoria las vacaciones en Pisco todos los años, con mis primos Valdelomar, con la chalanita que me regaló mi madre por mi santo. El recuerdo dora las cosas, pero si pienso en serio fue una época dura. No, no añoro mi infancia.

–¿Cómo quisieras que te recuerden?
–Como un trabajador, y en realidad eso es lo que he hecho, toda mi vida me he dedicado a pintar. El único mérito que tengo es el haber perseverado, lo que en un momento fue tan complicado.

–¿Cuál es tu gran terror?
–No tengo terrores ya. Nada peor que la muerte de mi hijo Lorenzo. El hado no podría ser tan injusto. (Entrevista: Maribel De Paz)

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