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Personajes Esperando la calma después de la tormenta, la fotógrafa inaugura en Ayacucho ‘La Chalina de la Esperanza’ junto al Colectivo Desvela para, no olvidar los años de la violencia.

Morgana Vargas Llosa: Profundidad de Campo

5 imágenes disponibles FOTOS 

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PRIMERA CÁMARA
A temprana edad descubrió el reportaje gráfico cuando viajaba con su papá por el interior del país durante la campaña electoral. Reparó que los periodistas que perseguían al escritor podían contar una historia a través de una imagen.

Hay que quitarse los zapatos para ingresar al segundo piso de su departamento, territorio que ha sido colonizado por los peluches multicolores y los castillos de plástico con los que juegan las pequeñas Isabella y Anaís. La primera no está en casa, pues hace apenas unas semanas empezó a asistir al nido. La menor juega mientras su mamá es torturada con una soporífera sesión de maquillaje a la que nunca se acostumbrará. “No me produje tanto ni para mi matrimonio”, asegura.

Morgana calza babuchas de lo más cómodas y se prepara un té. Mientras calienta el agua, nos advierte que practica el arte de esquivar entrevistas, sobre todo por la timidez que la caracteriza. Apacible y libre de poses, empieza a responder.

–¿Te hacen siempre las mismas preguntas?
–“¿Cuándo ganará tu papá el Nobel?”… Felizmente que se lo dieron, ¡porque nunca supe qué responder a eso! Ya te imaginarás cómo me sentía, con lo poco que disfruto saliendo a la luz pública.

–Ser fotógrafa te permite permanecer oculta.
–Es la naturaleza de este trabajo. No tienes que hablar, a menos que te inviten a una charla o presentes una exposición.

–¿En qué momento decidiste tener una cámara?
–Durante un semestre en mi colegio de Inglaterra pude inscribirme en un taller de fotografía. Pensaba que sería un desastre, ¡pero no! Venía a pasar las vacaciones en familia y regresaba con imágenes de un país lejano que a todos alucinaba. Así que apenas me gradué, decidí que quería ser fotógrafa de prensa.

–Tu papá confesó en un conversatorio su relación con una cámara. Dijo que la primera vez que tomó fotos fue cuando era muy joven, por encargo de un amigo que no pudo ir a cubrir una fiesta taurina en Acho. Según él, veló todo el rollo…
–(Risas) Nunca había escuchado esa anécdota, pero debe ser cierta porque mi papá es nulo para la tecnología. La computadora se le bloquea, se le pierden artículos enteros que acaba de escribir y le pasan cosas memorables. Una vez todas las letras de la pantalla tenían distinto tamaño, unas grandotas y otras chiquititas, y nadie sabe cómo lo hizo ni qué apretar para solucionarlo. Así que todos le guardamos los archivos en cuanto formato sea posible.

–¿Te llevas bien con tanta tecnología en tu medio?
–El rollo está desapareciendo y con la maternidad me he desactualizado un poco. Pero siempre trato de estar al tanto.

–Estás más cerca de la escuela Magnum que de la fotografía artística…
–Ya quisiera... aprecio la fotografía artística, pero no es lo mío. Cuando estudiaba en la universidad leía las historias de un reportero de guerra inglés, Don McCullin, y eso me tenía completamente fascinada.

–Los Vargas Llosa siempre están donde hay acción. ¿Crees que la maternidad ha cambiado eso?
–¡Totalmente! Me he ido a Irak, a Palestina, a Kosovo, y no sabes cómo lo disfrutaba. Recién empezaba mi carrera, estaba muy lejos de ser una reportera veterana y por supuesto que tenía miedo, pero sentía que estaba haciendo un trabajo importante al contar las atrocidades en el mundo…

–¿Pero no es posible ser mamá/fotógrafa de guerra?
–Es incompatible. Mis colegas me advertían de este gran dilema, porque todos son separados, tienen hijos por todas partes y los ven cada muerte de un obispo… la vida familiar es un desastre. Yo lo negaba y no me imaginaba lo que ocurriría cuando supe que iba a tener una hija, pues asumí que el trabajo que hacía antes era algo que no volvería a hacer.

–¿Eres ‘mamá gallina’?
–Imagínate que nunca en mi vida las he dejado solas. Mañana viajo a Ayacucho y ellas vienen conmigo. Como mis papás siempre están de viaje y no tengo familiares con quienes dejarlas, siempre me acompañan. La verdad, yo lo prefiero así.

–¿Cómo manejaban tus padres el hecho de dejarte viajar a lugares como Kosovo?
–Mis padres siempre han sido muy libres. Claro que siempre nos han dado consejos y el clásico: “Te va a pasar de todo y nos darás la razón” (risas). Pero nunca nos prohibieron ir. Una vez fui a mochilear al África con unos compañeros y mi mamá me dijo: “Ya verás”. Al mes de viaje estaba en una isla sufriendo de malaria y el ‘Island Doctor’ me tuvo que curar ahí porque no podía ni siquiera trasladarme hasta un hospital en Nairobi. Llamé a mi madre solo para decirle: “¡Tenías razón!”.

–¿Crees que el Colectivo Desvela, junto a Marina García Burgos y Paola Ugaz, es la manera de expresarte ahora que eres madre?
–Definitivamente, y me parece un proyecto muy importante. El último año he trabajado desde Lima y no he podido viajar a Ayacucho, donde se tejió ‘La Chalina de la Esperanza’, porque estaba cuidando a mi hija menor. Ahora tengo que empezar a moverme, pero creo que es más llevadero porque este colectivo trata problemas que ocurren en el Perú y no me tengo que trasladar al otro lado del mundo. Te cuento que me han surgido miedos desde que soy mamá…

–¿Qué miedos?
–¡Me da pánico subirme a un avión! Es la maternidad, te cambia la manera de actuar, la forma de ver el mundo.

–¿Cómo hiciste para ir a Suecia?
–Mientras mis hijas vengan conmigo, todo está bien. Será más trabajo y agotamiento, pero me siento tranquila.

–Regresemos a ‘La Chalina de la Esperanza’.
–Yo ingresé a este colectivo cuando el proyecto ya se había iniciado. Partimos del hecho de que los pobladores de la comunidad de Putis identificaron a sus familiares desaparecidos por el tejido de la ropa. Es terrible perder a un ser querido en circunstancias de violencia, pero me imagino que es aun más espantoso no saber dónde está. La idea de tejer nace para no olvidar las monstruosidades perpetradas en la época del terrorismo. Es deber de todos los peruanos no dar la espalda a nuestra historia y no dejar que esto se repita.

HISTORIAS DE FAMILIA

La bautizaron ‘Morgana’ porque, desde muy joven, Mario Vargas Llosa ha sido un aficionado a las novelas de caballería. En una ocasión leía sobre la leyenda de Excalibur y quedó hechizado por ese nombre de tanta personalidad que hacía referencia a una bella y misteriosa hechicera, hermana del Rey Arturo y enemiga íntima del mago Merlín. El escritor, embrujado, fantaseaba con hallar a una mujer llamada del mismo modo. Quería casarse con ella, pero la búsqueda fue difícil y su prima Patricia terminó flechándolo.

Fue en el año 1974, en una Barcelona mitificada por las historias alrededor del ‘Boom’ latinoamericano, cuando la pareja trajo al mundo a su tercer y último retoño, aunque esa vez se trató de una mujercita. Mario no dudó en llamarla Morgana, para convertirla en su eterna consentida.

–¿Es cierto que tu papá obligaba a tus hermanos a leer dos horas diarias y que tú nunca cumpliste esa regla?
–Creo que cogí cansados a mis papás y me dejaban hacer lo que quisiera. Mis hermanos dicen que fue porque soy la tercera, la menor, la engreída… Pero no lo siento así para nada.

–¿En un ambiente tan literario, leías?
–Al principio recuerdo que llegaba a mi casa y el ambiente me parecía tan aburrido que decía: “¡Aj, todo el mundo lee!” (risas). Pero el primer libro que me enganchó a tal punto de que no me levantaba ni cuando me llamaban a comer fue ‘La historia interminable’. Cómo lo habré vivido que recuerdo los animales y ese mundo imaginario que por primera vez hizo que no me aburriera.

–En un célebre artículo tu papá recuerda cuando tu hermano Gonzalo se volvió un Rastafari. ¿Tuviste algún episodio de rebeldía?
–No, no tenía cambios de look ni fumaba marihuana delante de mi papá… ¡Jajá! Además, la juventud inglesa es muy libre y estaba acostumbrada a eso, a pesar de estar en un colegio de monjas católicas. Pero no me puedo quejar de haber vivido en un ambiente estricto, salvo en las salidas a las discotecas. Mis papás me decían: “Que se encarguen tus hermanos”, y ellos eran los que me sacaban de la pista de baile. ¡Eran bien pesados y súper celosos!

–¿Has leído la obra de tu padre?
–En su mayoría, pero voy dejando cosas por descubrir. Me acuerdo que cuando era chica publicó ‘Elogio de la madrastra’ y estaba prohibidísima de leerlo. El libro estaba en mi casa y lo leía por pedacitos a escondidas.

–¿Qué te falta leer?
–Algunos artículos y ‘La casa verde’, justo el libro dedicado a mi mamá.

–¡Es el mejor!
–Fíjate, qué bueno que aún me quede lo mejor por descubrir.

CONTRA VIENTO Y MAREA

El júbilo colectivo tras la distinción de la Academia Sueca a nuestro primer escritor, la cual debía celebrarse para toda la vida, no duró ni siquiera un año. Se interrumpió luego de una campaña electoral que polarizó al país, agitado por un psicosocial tejido por varios medios de comunicación y otros sectores de la sociedad.

–¿Cómo te sientes con respecto al trato que recibió tu familia durante la segunda vuelta?
–La página ya la hemos pasado y hay que seguir adelante. Ha sido una época horrorosa, no lo voy a negar, y creo que la peor parte me la llevé yo por vivir aquí. Hubo un acoso muy fuerte: llamadas, correos, redes sociales y hasta ataúdes con el nombre de mi papá en la puerta de mi casa. No hemos sido los únicos, pues sé que ha habido conflictos en muchas familias.

–¿Qué aprendiste de esta mala experiencia?
–Sé que no me dejaré llevar jamás por los cucos que se inventan, porque luego de esto creo que lo mejor es hacer un análisis propio de la situación. Nunca fue un apoyo incondicional el que le dimos a Humala, pues teníamos miedo de acusaciones tan graves como la de Madre Mía, pero era absurdo aceptar que el fujimorismo regresara al poder luego de las atrocidades que cometió su líder. Ahora me encuentro esperanzada respecto a la gestión que hará Ollanta.

–¿Por qué la gente se sorprende de la posición que tomó tu padre?
–¡Me hago exactamente la misma pregunta! Entiendo que el miedo hizo que muchos perdieran los papeles. Con todas las barbaridades que se especulaban, parecía que luego de las elecciones vendría el fin del mundo. Pienso que eso generó frases que no se pronunciarían en otras circunstancias, y con eso no justifico los insultos que llovieron sobre mi familia, pero entiendo su origen.

–¿Temiste por tu vida?
–Leía cosas terribles en el Facebook, recibía todas estas amenazas y sí, me daba miedo hasta salir de mi casa. Pero quiero quedarme con lo positivo, pues recibimos mensajes muy alentadores de gente que, aun dándole su voto a Keiko, nos apoyaron porque no comprendían agresiones de ese calibre.

–¿Han vuelto las aguas a su cauce?
–Creo que queda un largo camino por recorrer. Muchos han quedado dolidos y nosotros también. Pero lo mejor que podemos hacer los peruanos ahora es hacer todo lo posible para que este sea un mejor gobierno. (Entrevista: Gabriel Meseth / Fotos: Marina García Burgos)

 


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