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Entrevistas "Los chequeos y procedimientos médicos aplicados a Fujimori son los mismos que damos a todos los pacientes", señala Carlos Vallejos, director del INEN, en entrevista insólita.

El Galeno Ilustrado

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El doctor Vallejos nació hace 69 años en Lima, siendo el mayor de dos hermanos. Su padre era oficial de la Guardia Civil.

El Dr. Carlos Vallejos Sologuren (69), Director Institucional del INEN (Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas) está situado en el ápice de la oncología en el Perú. En la última década lo que era una enfermedad nefasta y sinónimo de muerte a rajatabla se ha convertido, como él mismo dice, “en la enfermedad crónica con el más alto índice de curación, ya que en el siglo XXI esta enfermedad se cura en más del 50 % de los casos y más del 65 % de los pacientes sobreviven más de 5 años. ¡Cómo no vamos a estar satisfechos de estos resultados si una enfermedad fatal se ha convertido en un trastorno crónico, que en pocos años mejorará aún más sus resultados, como producto del impulso que se está dando a la prevención, diagnóstico precoz y a la investigación!”. Hay en estas palabras una visión optimista propio de aquel que tras ardua lucha bajó a los infiernos de la vida y extrajo de todo ese horror la eficacia y las nuevas esperanzas de curación que la medicina más moderna nos da. Gracias al Dr. Vallejos, adalid de la oncología en el país, el Perú está hoy al día en esta épica cruzada contra el cáncer. Por primera vez existe un programa para atacar las cinco neoplasias de mayor incidencia y mortalidad: cuello uterino, mama, estómago, próstata y pulmón. “Hacia 2016 esperamos ver que las cifras de cáncer avanzado hayan empezado a disminuir sostenidamente como resultados de las nuevas políticas de prevención y diagnóstico precoz”, nos pronostica. Y a este hombre lleno de entorchados y condecoraciones lo veo ahora brillándole los ojos con ilusión de futuro. Está sentado a mi lado en el restaurante Costa Verde y sé que tiene mucho que decirnos. Escuchémoslo.

–Hábleme de sus padres.
–Tanto mi padre como mi madre nacieron en Lima. Mi padre era oficial de la Guardia Civil y yo nací en la calle Cotabambas por la razón de que enfrente de mi casa estaba la 5ta. Comisaría, de la cual mi padre era el comisario. Yo soy el mayor y me siguen dos hermanos con 6 y 14 años menos que yo.

–Si la casa estaba enfrente imagino que usted estaría en su niñez muy observado por su padre.
–Yo sentía el cariño de mi madre siempre presente y aunque se pueda pensar que el hijo de un oficial de la Guardia Civil tiene por necesidad que estar influenciado por la rigidez y la disciplina propias de su carrera, la realidad es que mi padre era un hombre muy sensible y fue mi mejor amigo. Él me indujo al arte en general y a la música, que él adoraba, en particular. Esa influencia artística la he sentido toda mi vida y ha sido mi válvula de escape, la única que he tenido, ya que yo, como médico, estoy absolutamente obligado a estudiar siempre y constantemente porque la medicina avanza sin parar. He disfrutado las artes en todas sus manifestaciones, aprovechando los escasos espacios que me dejaba mi carrera.

–¿Y hasta dónde ha podido llegar?
–En arquitectura puedo estar al día. Me encantan Le Cobusier, Niemeyer y Calatrava. En escultura llego hasta Maillol y puedo considerar a Henry Moore. En pintura llego hasta el impresionismo, el surrealismo y algo del expresionismo. Los “ismos” actuales no me emocionan. En música voy desde Bach hasta Stravinsky, pasando por Tchaikovsky y Mahler. En ópera Puccini y Verdi. En cantantes José Carreras, por su dulzura, me emociona más que ninguno. He visto a los tres tenores en La Scala de Milán y en el Metropolitan de Nueva York. Nuestro Juan Diego Flórez es inevitable. Me gusta toda la música popular peruana. Zambo Cavero ha sido mi amigo, y Cecilia Barraza me parece una extraordinaria intérprete. Una vez, en su programa que tenía en TV Perú, me brotaron lágrimas de nostalgia al escuchar a una de sus invitadas cantar un antiguo vals que también le gustaba a mi madre.

–Algún ejemplo de sus emociones terminadas en lágrimas.
–Cuando leí “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez casi me brotan las lágrimas cuando el buque se marcha al final. Con la película “Cinema Paradiso”, de Giuseppe Tornatore, me emocioné, ya que es un poema a la nostalgia. También existe la magia urbana detenida en el tiempo. Una noche en España, en el Hostal de los Reyes Católicos frente a la Catedral de Santiago, con la luna llena, mi esposa y yo no queríamos que llegara el día. Siempre admiro la Plaza de Armas del Cusco y cierro mis ojos homenajeando dentro de mí a nuestro mestizaje.

–¿A qué edad, cómo y por qué sintió la llamada vocacional de la medicina?
–Recuerdo que cuando tenía cinco años mi abuelita estaba enferma y recibía las continuas visitas del médico. Le agarraba el maletín al médico y aprendí para qué servía todo lo que había dentro, estetoscopio y demás. Observaba el chequeo que le hacía a mi abuela con enorme interés y, como jugando, mi abuela me daba propinas por ayudar al doctor. Quería ya entonces saber lo que causaban las enfermedades y mis preguntas al médico acabaron siendo muy precisas. Me atraían esos temas de la invisibilidad de los virus. Quizá por eso después, en mis estudios, obtenía buenas notas en Anatomía, Biología, Física y Química, aunque también en Filosofía, Civismo, Lógica y Literatura.

–He observado a lo largo de mi vida que los médicos son grandes consumidores de literatura. ¿Dónde estudió?
–Tiene razón. Yo leo mucho menos de lo que quisiera. Hice mis estudios en el Colegio Anglo Peruano, hoy llamado San Andrés. De él coseché amigos y grandes recuerdos. La carrera de Medicina la inicié en la Universidad de San Marcos y después la seguí en la Universidad Cayetano Heredia, donde me gradué como médico cirujano con una tesis sobre Mieloma Múltiple. Hice internado en el Hospital Loayza y en el Instituto de Enfermedades Neoplásicas (INEN).

–¿Dónde continuó sus estudios?
–Seguí estudios de posgrado en los Estados Unidos, en el Sinai Hospital asociado al Johns Hopkins. De ahí pasé al hospital número uno en Oncología del mundo, el MD Anderson, donde hice mi entrenamiento especializado. De regreso al Perú trabajé en el INEN, llegando a ser Jefe de Departamento de Medicina y después Jefe de la División de Medicina y finalmente en el año 2002 llegué, por concurso, a la Dirección General del INEN, cargo que ocupo actualmente como Jefe Institucional después de haber sido Ministro de Salud entre agosto de 2006 y diciembre de 2007.

–Usted dijo que el MD Anderson es el primer hospital oncológico del mundo y donde hizo su entrenamiento especializado. ¿Sigue en contacto?
–Sí. Precisamente en marzo de este año logramos firmar un Convenio de Hermanamiento (Sistership) entre el INEN y el MD Anderson, luego de una rigurosa evaluación. Pero también soy miembro de la Sociedad Americana de Oncólogos Clínicos (ASCO), la más importante del mundo y de la cual soy directivo del Comité de Asuntos Internacionales. Todos los años tenemos reuniones en Estados Unidos, para intercambiar información puntual sobre la investigación clínica, sobre todas aquellas drogas que van apareciendo en diferentes países del mundo para curar el cáncer. El hecho de ser miembro de algunas sociedades oncológicas extranjeras me permite viajar por el mundo para recabar información cuando ésta es importante. Es mi obligación estar al día en el tema.

–¿Algún amor importante?
–Sólo he tenido un gran amor. En mi primer viaje a Europa recalé en Florencia y como buen turista visité la Escuela del Cuero en Santa Croce y recorriendo el lugar me llamó mucho la atención la foto de una chica peruana en un marco de cuero. ¿Qué ocurrió dos años después? Que regresé con mi esposa Orietta en el viaje de bodas a Florencia y visitamos Santa Croce. Ahí descubrimos el cuadro que había visto y la foto correspondía a Orietta, mi esposa, que era amiga de la familia propietaria de la Escuela del Cuero. ¡Increíble! Yo la había conocido por foto antes de relacionarme con ella.

–¡Qué gran casualidad! ¿Cómo se relacionó con ella?
–A Orietta, mi esposa, la conocí en una situación muy triste: fui médico de su madre, una de mis primeras pacientes, pero la vida me tenía marcado un destino maravilloso, casarme con ella y que me dé el regalo más grande de la vida, mis cuatro hijas: Ximena, María José, Augusta y María Eugenia, cuatro primores. Orietta siempre me gustó desde que la conocí, pero estaba la tragedia por medio del cáncer al estómago de su madre. Yo la miraba y me encantaba, pero mi profesionalismo me impedía dar rienda suelta a mis emociones y de alguna forma cortejarla. Todo era demasiado serio, sin embargo había surgido una gran y auténtica amistad. Pasado el óbito y el luto me atreví a llamarla e invitarla a cenar. Aceptó enseguida. La llevé al Ebony a cenar. Hablando, y con la lentitud progresiva de un romance, llegó la auténtica explosión de amor entre los dos. En menos de un año nos casamos y con ella lo tengo todo: mi amiga, mi compañera, mi confidente y mi amor en todos los aspectos.

–¿Tiene alguna otra afición aparte del arte?
–Las corridas de toros. Es una extraordinaria manifestación de arte plástica llena de urgencias, de ahí su emoción. Pero que es plástica y artística en toda su extensión sería tonto negarlo.

–¿El mejor torero que ha visto en su vida?
–Antonio Ordóñez.

–¿Qué le pareció la feria que acaba de terminar?
A mi gusto ha sido una feria aceptable. Tenemos que luchar porque nuestra Plaza de Acho recupere su sitial.

–¿La mejor faena para usted?
Ponce torea muy bien pero lo hizo con un torito, un animal muy noble sin el peso ni la edad adecuados para Acho y para un torero de su talla. Se divirtió con el torito, como usted lo dijo aquí en CARETAS. La faena más seria y artística a un toro de verdad fue la que hizo en la primera corrida David Mora, eso no me lo quita nadie.

–¿Cuáles son sus defectos y sus virtudes?
–Tengo excesiva confianza en las personas y también cierta volubilidad. Me enfado y soy irascible cuando los resultados que busco no son obtenidos, aunque sé mantener el buen humor. Tengo mucha curiosidad por todo lo que es nuevo, de ahí mi búsqueda oncológica, y como sé que todo será mejor con el tiempo, creo que el hecho de saber que no he llegado a la meta me da humildad. Me considero humilde y tengo mucha sensibilidad social y sé dar y ser solidario.

–¿Cómo va la enfermedad de Fujimori?
–Nuestro rol es dirigir al grupo de profesionales responsables del cuidado de la salud que desempeñan su labor con todo el rigor, conocimiento, seriedad y responsabilidad que implica atender a su persona. Debo precisar que todos los chequeos y procedimientos médicos aplicados a dicho paciente son los mismos que damos a todos aquellos que acuden a nuestro instituto. La ética médica y las normas vigentes me impiden en este caso explicar más acerca del estado de salud del paciente.

–¿Ollanta?
–Está cumpliendo su gran responsabilidad de la mejor forma posible. Todos los peruanos tenemos que apoyarlo para que el país no se detenga.

–Usted es un consejero nato, por tanto trato que ha tenido con la gente y sus problemas. Como consejero de vida ¿qué les recomendaría a los jóvenes?
–Hay que imbuir a las nuevas generaciones el amor por el país. No hay que buscar las vías fáciles y entrar en la picardía que lleve a la corrupción y a la pérdida de valores. La competencia es el mejor estímulo. Competir, competir y competir tratando siempre de ser los mejores. Éste es un país maravilloso que está en plena ebullición, y tenemos que cuidarlo como un tesoro porque nos falta mucho todavía.

–Un último consejo.
–Todos necesitamos un Pigmalión en la escuela de la vida. Siempre hay alguien que sabe mucho más que tú –y si no lo tienes, búscalo– que te puede dar el mejor consejo profesional o anímico. ¡Siempre hay alguien! ¡No confíes en ti mismo tanto, no te creas autosuficiente! Sé humilde. Lo que sabes te lo han enseñado. Sigue buscando a quien te puede enseñar y sigue enseñando a quien sabe menos que tú. Actúa con valentía y no permitas que ofendan tu honor. (José Carlos Valero de Palma)

 


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