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Efemérides Osvaldo Cattone y 35 años dándole cuerda al Marsano.

¡Habla, Teatro!

6 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

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“¡Este soy yo, joder, este es mi teatro!”, afirma Cattone antes de luchar con sus butacas para la pose perfecta: “¡mierda, soy un contorsionista!”

“¡Este soy yo, joder, este es mi teatro!”, afirma Cattone antes de luchar con sus butacas para la pose perfecta: “¡mierda, soy un contorsionista!”. Entrevista con Osvaldo Cattone, 35 años al frente del Marsano.

Lo que más sorprende, mientras posa para las fotos, es esa especie de indescriptible contracción facial repetida una y otra vez, una especie de perturbadora calistenia del gesto previa a cada toma, antes de entregar para la cámara una sonrisa bien entrenada. Osvaldo Cattone, con 78 años, celebra 35 del Marsano, y en su camerino se le humedecen los ojos al recordar al hermano recientemente fallecido, el único. Le cuesta hablar de sí mismo, afirma, sin dejar de hacerlo, y recuerda que es el primer actor latinoamericano egresado de la Academia Nacional de Teatro de Roma, “de donde salieron Marcello Mastroianni y Vittorio Gassman”. Hijo de carnicero italiano emigrado a Argentina, Osvaldo creció entre asados y churrascos viendo a su madre lavar ropa ajena para sobrevivir, hasta que él mismo quiso apoyar para el filete a los ocho años, cuando empezó a trabajar, hecho toda una “burbujita”, en la versión teatral gaucha de Yola Polastri. A Lima llegaría con el éxito de la telenovela Nino traído por Genaro Degado Parker en el 76: “Yo era guapo, tenía encanto, y convencí a Regina Alcóver para hacer teatro, pasé por este teatro abandonado, era un cine, estaban dando Ben-Hur, pedí un préstamo a Panamericana, lo arreglamos, y me acuerdo que Augusto Ferrando me dijo que no lo tomara porque la gente bien de Miraflores no iba a Surquillo, porque de la Arequipa para acá eran como los barrios del hampa, pero pusimos una comedia y desde el primer día hubo colas”. Y entonces, a propósito de su contundente popularidad, una afirmación inquietante: “Tu mamá sabe quién es Catonne”.

–A los 78 años, ¿qué es la felicidad?
–Sentirme bien conmigo mismo, dormir bien, cagar bien. Yo tengo que quererme para querer.

–¿Te quieres mucho?
–Yo me quiero, pero esto tiene que ver con una realización de vida, tengo claridad mental, soy impetuoso, y estoy bien físicamente, entonces quiere decir que he trabajado bien mi vida. El otro día apareció un señor calvo, sin un diente, con una panza enorme, y me dice “yo lo admiro a usted desde chico”, tenía 52 años y yo le dije: “pero está hecho mierda usted”. O sea, ese señor es una derrota.

–Y tú eres la victoria.
–Soy la victoria, en el mejor sentido. ¿Cómo no voy a ser feliz si a mis 78 años tengo mis dientes? No es dentadura postiza. ¿Cómo no voy a estar bien si soy lo que puse en mi vida, como un gran sancochado, donde pones chancho, pollo, pescado y te sale una rica sustancia? Ese soy yo. No tengo ninguna depresión, más que la que me producen los hechos externos, la muerte de mi hermano, la muerte de un perrito, pero esas cosas que ocurren forman parte de la vida, entonces, como el perro que sale del agua, me sacudo y sigo viviendo… Ahora, en esta obra hablamos de qué pasa cuando no funciona la parte física en la pareja, por qué se engaña, y yo creo que se engaña porque el placer de la seducción se mantiene siempre intacto.

–¿La monogamia es un despropósito?
–Una irrealidad, y eso lo dijo muy bien Arthur Miller cuando estaba casado con Marilyn Monroe, cuando le preguntaron qué sentía cuando la veía salir del baño desnuda, y él dijo que si estaba leyendo algo importante, seguía leyendo. Esa mujer deseada por millones de personas no podía ser deseada del mismo modo por un hombre que la tenía en la cama todo el tiempo, y estoy seguro que más de una noche ni siquiera habrán tirado. No puedes comer chorizo todos los días.

–Hablando de deseos, ¿te habrán asaltado momentos de majestuosidad viril en escena?
–No, es más, una vez hice una película con una escena muy subida de tono. Yo tenía treinta años, estuve tres días en la cama con una actriz bellísima y no se me hubiera parado jamás, porque filmar una escena de desnudo es lo menos erótico que puede ocurrir, porque además las escenas eróticas se filman mudas, el jadeo se pone después, y tienes al director que te dice “¡bésala, saca la lengua, no tanto, mucha saliva, levanta la pierna que se te ve el pipilín!”.

–¿Cuál es la gran satisfacción de tu vida?
–Me considero un hombre integral de teatro. Yo no me he enriquecido con el Marsano, y todo lo hago con mi dinero para tener mi libertad.

–¿La libertad es tu gran victoria?
–La libertad es mi gran victoria. He estado en la cresta de la ola y he surfeado fantástico y más de una vez la ola me agarró y me hizo mierda contra la arena, pero me mantengo hasta hoy, y el teatro acá está, en pie. Ahora, con la muerte de mi hermano me siento desconcertado. Tengo 78 años, y no me lo creo porque soy vital, me veo bien, soy intelectual a mi modo, y además soy agnóstico, por eso me da pena lo que pasó con mi hermano, porque me acerca mucho a la muerte, y a mí la muerte me da terror, porque para mí la muerte es el final, la oscuridad total. Después de la muerte no hay nada, y como después de la muerte no hay nada, no quiero estar en la nada, quiero estar en lo que conozco.

–¿Cuál es la gran certeza a la que has llegado en tu vida?
–La certeza que tengo es que yo y todos tenemos valor, y ese valor debe ser respetado. Por ejemplo, cuando estoy solo en mi casa no me permito estar chancleteando, siempre elijo un equipo jogging que me guste, un color que me quede bien, porque me engrío, ¿entiendes? Yo no trabajo para la visita, como hacía mi madre, que guardaba la vajilla buena para cuando venían las tías. Yo como con vajilla buena todos los días, porque yo soy el mejor invitado de mí mismo. (Entrevista: Maribel De Paz)

 


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