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Opinión “El cálculo es que se habrían sacado no menos de mil toneladas de oro, entre trabajado y en bruto. ¿Su destino? Japón…”.

La Alquimia Del Chino

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LIMA, 24 DE JUNIO DE 2011

En una brevísima novela titulada Das Gold von Caxamalca (1928) el escritor judío alemán Jacob Wassermann, contemporáneo y amigo de Thomas Mann, reconstruye el episodio del desencuentro entre Atahualpa y Pizarro desde la óptica de uno de los del Gallo, quien muchos años después de pisado suelo inca aún no comprende cómo, para los naturales del Pirú, más importantes que el oro y la plata parecían ser sus tejidos coloridos de camélido. Los conquistadores, no precisamente súbditos de la República de los Poetas, saquearon huacas, cementerios y palacios para llevarse toneladas de oro y plata. Pero a pesar de todo lo que se alzaron, seguían obsesionados por El Dorado, el escondite en el que Manco Inca habría protegido toda la parafernalia de oro que según Garcilaso se diseminaba en los inmensos espacios del Qoricancha. El Dorado habría estado ubicado entre el Orinoco y el Madre de Dios, una selva tan extensa que lo único que ofrecía era agrandar la fantasía del hallazgo.

Quinientos años después el salesiano argentino Juan Carlos Polentini tomaba a su cargo la parroquia de Lares en la provincia cusqueña de Calca. Por la zona circulaban tantos caminos antiguos como rumores de que ese Dorado sería el Pai Titi, nombre de la lengua de los indios Musus del río Madeira que designaba un lugar enclavado en el extenso valle de Lacco. Polentini, curioso y aventurero, a lo largo de muchos años se dedicó a organizar expediciones cada vez más adentradas, hasta establecer contacto con los indígenas huapacores, descendientes de las huestes de Manco Inca. Ellos, y los matziguengas del río Manokia, serían los custodios de los tesoros velados. Lo cierto es que desde que se comenzó a difundir esta especie, han sido muchas las expediciones que han intentado ingresar por Palotoa. Lo más digerible para estas ha sido la frustración; lo menos, la muerte.

Polentini tiene hoy noventa años y vive en el Hogar Asilo de los Ancianos Desamparados, en la avenida Brasil. En mayo de 2009, el salesiano publicó una edición aumentada de su libro El Pai Titi – El Padre Otorongo, en el que documenta con textos, fotografías y mapas el lugar donde se encontraría la meca de los buscadores de oro. Sin embargo no son esas precisiones las que hacen del libro una bomba. En la mencionada edición el autor añade un capítulo al que titula Horrible Final, en el que narra algo que de ser comprobado, significaría más de lo mismo en relación al gobierno de Fujimori.

Polentini, documentos sobre el Pai Titi bajo el brazo, buscó en cuatro oportunidades al presidente Fujimori con la idea de delegar al gobierno las investigaciones sobre el lugar ya no tan mítico. Una sola vez Fujimori le prometió que se haría una expedición, pero luego se cortó el contacto cuando Polentini recibió de segunda mano el comentario que sobre él habría hecho el Chino: “cura huaquero”. Recién en 1999 el salesiano publica su libro y es ahí que parece comenzar una nueva historia. Cita Polentini los diarios de agosto de 2000: la entonces Primera Dama Keiko Fujimori había creado una extensa zona de cultivos para exportación en las alturas de Ica, a la que solo se podía acceder por helicóptero. Por esos días un helicóptero del ejército se perdió, un hecho del que casi no se habló, aunque la Comandancia respectiva comunicó que la nave había caído cerca de Mameria (en la selva sur), con un cargamento de oro proveniente de una empresa minera.

En el año 2001 el cura escuchó entre sus parroquianos sobre un tráfico diario de helicópteros durante varios meses; y con este dato, buscó a un piloto militar quien le comentó que los helicópteros destinados por Fujimori a un operativo secreto eran cinco, que llegaban vacíos al Pai Titi y elevaban vuelo de regreso repletos de oro. En el terreno selvático se habría metido dinamita a matar, borrando las señales que los nativos desde siempre usaban para orientarse en sus tareas de protección del lugar. Murales, pinturas, geoglifos, rocas trabajadas, fueron hechos polvo, como para que nadie más ingrese (todo está fotografiado en el libro). El cálculo que hace Polentini es que se habrían sacado no menos de mil toneladas de metal, entre trabajado y en bruto. ¿Su destino?: Japón. Sobre este caso impresionante solo Caretas dio cuenta hace algunos meses, ningún otro medio ha citado siquiera al libro. Yo no sé si el relato de Polentini es una fantasía suya, pero me basta con que sea verosímil para creerlo real. Y sí que lo es. (Rafo León)

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