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30/Jun/2011
 
 
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Personajes Más vivo que nunca, Fernando de Szyszlo celebra 86 años de vida y sortilegios pictóricos con contundente muestra retrospectiva.

Espantando a la Pelona

3 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

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Encuentro cercano. Szyszlo e inquietante pieza de madera balsa traída de un viaje a Oaxaca. Muchos objetos de su colección personal también serán expuestos en la muestra del MALI.

Adentrarse en sus lienzos es sumergirse en ese caldero del color que la alquimia del artista ha transformado en bien cotizadas obras de ánimo abstracto y reminiscencias prehispánicas. Adentrarse en su vida es verlo jugando fulbito en Santa Beatriz durante su infancia, compartiendo su juventud con amistades de la talla de Eielson, Vargas Llosa y Belli, es verlo en París haciendo alcanzar el diario para un plato de tallarines junto a su esposa Blanca Varela, es verlo llorar ante el inimaginable dolor por el hijo muerto. Leyenda viva de la plástica nacional, Fernando de Szyszlo está pronto a cumplir 86 años en excelente estado físico gracias al conjuro de 17 pastillas y 15 minutos de bicicleta elíptica a diario. Con la confesa influencia artística de Rembrandt, Tamayo, Rothko y un largo etcétera, Szyszlo se apresta a celebrar su cumpleaños con completa retrospectiva a cargo del Museo de Arte de Lima. Anunciada para el 6 de julio, la muestra estará compuesta por pinturas, esculturas, grabados y proyectos experimentales, así como documentos y objetos de su colección personal que incluyen hasta un fetichista mechón de pelo de Vallejo. Para ir calentando motores, aquí una conversación con el artista que anteriormente ya había declarado que “el erotismo es una de las cosas más maravillosas que hay”. Para qué darle la contra.

–Hace dos años decía usted que a los 84 es cada vez más difícil pecar. ¿Qué pecados echa más de menos?
–Todos, soy un pecador nato. Siempre le he dado la razón a mi cuerpo, y eso es lo que la edad tiene de terrible, que el cuerpo comienza a reclamar derechos. El cuerpo ha sido siempre un arma dócil, una parte obediente de mí mismo, y de repente comienza a rebelarse.

–¿Y cómo darle la razón al cuerpo?
Haciendo todo lo que él exige, pide y lo hace feliz.

–¿Es nostalgia lo que siente?
–Nostalgia, melancolía, cólera, rabia, frustración, depresión, mal humor, impaciencia. Es una falacia que con la vejez uno adquiere prudencia y moderación. Es terrible, pero lo único que tenemos cierto es la vida, y en todo caso prefiero estar vivo que muerto.

–Alguna vez dijo que la vida no era solo trabajar, tomar cerveza y jugar fulbito los sábados, que la vida era mucho más. ¿Qué es la vida?
–La vida es una cosa trágica. Nietzsche decía que el hombre es un mono enfermo, enfermo de conciencia, de memoria, de recuerdos, de conceptos. Lo que más me inquieta es eso, no ser capaz de hacer lo que mi intelecto desea.

–¿En cuanto a la pintura también?
–En cuanto a la pintura siempre.

–Su famoso cuadro esquivo.
–Esquivo hasta que echen mis cenizas al Pacífico, si es posible en El Salto del Fraile, porque La Herradura es uno de mis recuerdos más queridos. Ver cómo la han destrozado me parte el alma.

–¿Cuáles son sus recuerdos más felices allí?
–La plenitud del sol, la belleza de las mujeres. La primera persona que recuerdo en bikini fue la gringa Philips, a quien uno veía en todas partes, en el Negro Negro, en Caretas. Enrique Zileri se acordará muy bien. Era un buen bikini.

–Me hablaba de Chorrillos. ¿Qué le parece el Cristo del Pacífico?
–No soy muy aficionado a los cristos, pero también sacaría la cruz de fluorescentes que hicieron para conmemorar al Papa. Dejaría solo el esplendor de la naturaleza. Me parece hasta cierto punto abusivo, porque no todos los limeños son cristianos.

–¿Y qué enfermedades del alma le ha costado más controlar?
–La melancolía, la depresión. Como me gusta tanto la vida siempre he sido muy consciente de que era corta. A pesar de que ya estoy en 86 años, todavía me parece corta, pero esa es la condición humana.

–Habla de melancolía. ¿Qué es lo que más pena le daría dejar?
–Todo me da pena dejar, pero hay algunas cosas que sí me gustaría dejar: ciertas informaciones políticas, ciertas cosas que están hechas para perturbar a los demás, ciertas ignorancias. Me alegrará no leer noticias sobre Puno el día que me muera.

–Pasó su infancia en Santa Beatriz, donde conoció a Sologuren, a Arguedas…
–La época más importante de mi vida. Con Arguedas éramos aficionados a las carreras de autos, íbamos a ver la carrera Buenos Aires-Lima, y cuando el peruano Alvarado, que no conocíamos, chocó contra un burro, Arguedas y yo fuimos a la clínica a saludarlo. Después tuve amigos de generaciones más jóvenes, como Mario Vargas Llosa.

–Con quien jugaba tenis.
–Mal, pero jugaba, alguna vez en el Lawn Tennis y en el Lima Golf. Él me ganaba casi siempre. Casi todos mis amigos han tenido lo que Joyce llamaba “la impertinencia de morir”.

–Y no cree en una vida más allá.
–Quisiera no estar tan seguro, pero lo estoy. Lo que tenemos de bueno y de malo lo pagamos acá. El premio por todo lo bueno que hemos hecho es morirnos, y el castigo por todo lo malo que hemos hecho es morirnos. Pero lo importante es la intensidad, de la felicidad o del dolor. Cuando se murió mi hijo sufrí mucho. Uno se llega a olvidar de la muerte de sus padres, deja de ser una obsesión, pero la muerte de un hijo no. A mí me cambió la vida para siempre, y a Blanca, su mamá, la mató.

–Ha dicho también que la pintura es el encuentro visible de lo sagrado con la materia.
–Sin duda. Es algo inexplicable, superior a nosotros, pero esa es una frase incompleta, porque no describe solamente a la pintura, sino también a la mujer amada. Y esa complicidad también es necesaria en el arte, es decir, el arte no existe solamente como producción del artista, sino que es una complicidad con el espectador, que se deja entrar en un horizonte inconmensurable.

–¿Cómo debe enfrentarse el espectador a un cuadro?
–Lo principal es no tener el prejuicio de que un cuadro representa algo: un cuadro es la expresión de algo, no su representación. Una obra de arte no debe pasar por la cabeza, sino por el corazón. No me canso de repetir la anécdota de Matisse, cuando una señora le dijo que no comprendía sus cuadros, y él le preguntó: “Señora, ¿a usted le gustan las ostras?” Cuando ella respondió que sí, entonces él le volvió a preguntar: “¿Y comprende usted las ostras?”. No hay nada que comprender, es como querer encontrarle el significado a un cuarteto de Mozart. Malraux decía que uno de los significados de la palabra “arte” es darles conciencia a los hombres de la grandeza que hay en ellos, pero que ignoran.

–¿Y cómo define usted el arte?
–Es muy difícil, pero sin duda es una cosa que el artista ha sacado de sí, y que por salir de tan adentro de alguien tiene comunes denominadores con otras personas. Entonces, algunos artistas alcanzan a un círculo de personas cercanas que tienen el mismo problema, y algunos artistas son tan grandes que abarcan a todos los hombres, como Bach. Pero no todos somos Bach.

–¿Siente que su trabajo es fundamental?
–En cuanto que a mí me ayuda a vivir, pero podría haberlo hecho mejor. Es una vida de batallas perdidas. Puede ser que cada vez el instrumento con que atacas es más fino o más experto, pero siempre hay un momento en que pierdes la batalla. Valéry decía: no hay poemas terminados, hay poemas abandonados.

–Finalmente, alguna vez dijo que el artista es una persona que busca la verdad. ¿Cuál es la gran verdad a la que ha llegado en la vida, su certeza mayor?
–Que la vida es una derrota anunciada, que somos capaces de comprender lo que no muere, pero morimos. Y la batalla es el fin. Uno vive para dar esa batalla, que uno tiene la certeza de que ya ha perdido. Pero no me arrepiento de nada. He sido feliz a mi manera. He sido desgraciado. He vivido, pues. Miro atrás con calma. (Entrevista: Maribel De Paz)

 


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