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26/May/2011
 
 
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Opinión La incógnita de Humala. ¿Cuál izquierda? De Lula a Chávez, la izquierda latinoamericana ensaya diversos grados de madurez.

Zurdómetro

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De Lula a Chávez, entre una izquierda pragmática para la que cuenta más la reducción de la pobreza y el fortalecimiento institucional de la democracia, versus los “bolivarianos” que persiguen el “socialismo del siglo XXI”.

Se ha mencionado reiteradamente, durante la campaña para la Presidencia del Perú, que Ollanta Humala representa posiciones de “izquierda”. Desde su empleo en la tradición política inicial en el Parlamento británico, este término ha estado asociado a la noción de cambio social y político y ha sufrido una constante evolución, fenómeno especialmente notable en la América Latina de tiempos recientes. En sus contenidos iniciales, el término “izquierda” se ha caracterizado por una intervención del Estado en la vida social y económica de la sociedad para lograr la igualdad de sus miembros. En esa búsqueda, en muchas oportunidades los regímenes llamados de izquierda han limitado los derechos y libertades individuales, tanto en lo político como en lo económico. La rigidez de la intervención estatal ha provocado, a menudo, la reducción drástica de la generación de riqueza, limitando de esa forma su capacidad de distribuirla y morigerar las diferencias sociales. En gran medida, estas posiciones de izquierda estuvieron asociadas con el empleo de la violencia para acceder al poder.

Esta concepción tradicional de la izquierda tiene hoy en América Latina como mejor ejemplo a la sociedad cubana y a quien pretende llegar a reproducir sus “éxitos”, el venezolano Hugo Chávez. Tanto él como sus asociados “bolivarianos” –el boliviano Evo Morales y el ecuatoriano Rafael Correa principalmente– han recurrido a las reformas constitucionales y al mecanismo de la consulta popular para lograr sus objetivos políticos de lograr establecer el “socialismo del siglo XXI”, para lo cual resulta necesario una dilatada permanencia en el control del Poder Ejecutivo.

Los desalentadores resultados alcanzados por los regímenes de “izquierda” en América Latina y el embotellamiento político que confrontaban sus alternativas conservadoras –incapaces de continuar empleando la represión para alcanzar sus objetivos–, condujeron en la década de los 80’s a un replanteo de los fundamentos básicos de las concepciones de izquierda. El mejor ejemplo de esta evolución lo representa Fernando Henrique Cardoso, uno de los teóricos destacados de la teoría de la dependencia que buscaba dar una perspectiva desde los países subdesarrollados a la lógica de evolución del capitalismo en la doctrina marxista. Su involucramiento en la política de Brasil lo condujo a revisar los postulados básicos de su posición teórica y se convirtió en un personaje clave del despegue de ese país al dinamizar su economía, avanzar profundamente en la solución de los problemas sociales y lograr la estabilidad dinámica del sistema político que se enriqueció con la elección de Luiz Inácio “Lula” da Silva como sucesor, quien se ha caracterizado tanto por la lealtad a sus valores iniciales como a un pragmatismo que le permitió lograr mayores avances en la sociedad brasileña.

Lula coincide con otras experiencias de la izquierda latinoamericana que se caracterizan todas por una creencia clave: la necesidad de mantener y perfeccionar los derechos y libertades individuales que se organizan en el régimen de democracia representativa reflejado en sus respectivas constituciones nacionales. Tal es el caso de los sucesivos gobiernos de la Concertación en Chile (con las presidencias de Alwin, Frei, Lagos y Bachelet) y del Frente Amplio en Uruguay (con Tabaré Vázquez y Mujica), a quienes algunos agregan a Mauricio Funes, el presidente de El Salvador.

Ollanta Humala se ha visto atrapado en el dilema que plantea la existencia en América Latina de una izquierda tradicional, de vocación marcadamente represiva, y que cuenta con los abundantes recursos que puede brindar el mecenas petrolero de El Caribe y de una izquierda pragmática para la que cuenta más la reducción de la pobreza y el fortalecimiento institucional de la democracia, así como la dinamización de la economía con inclusión social acentuada. No solo el cambio de las camisetas rojas por las blancas refleja la necesidad de adoptar una apariencia más aceptable de parte de los electores peruanos. Existe también un discurso que se esfuerza por conciliar la necesidad de introducir los cambios que los sectores más desfavorecidos le reclaman –y que son su base original– con el mantenimiento de un exitoso modelo económico al que importantes sectores desean mantener. La presencia de Keiko Fujimori como contrincante de Humala, con su carga de la corrupción y autoritarismo de su progenitor encarcelado, ha conducido a personas de las más diversas tiendas políticas a inventar ingeniosas piruetas para convencerse y convencernos que Ollanta pertenece a la izquierda pragmática y cultivada. A pesar que su medio familiar haga pensar con alarma en la posibilidad de la existencia de genes políticos.

Alguien dijo, “con Ollanta hay dudas; con Keiko hay certidumbres”. Sin embargo, ni aun así planteada la situación es clara. Porque también es cierto que Keiko, en caso de ser elegida, no tendrá la situación económica y de seguridad que tenía su padre, aunque haya heredado sus asesores. Excepto uno que es fundamental: Vladimiro Montesinos. Y esa es también una diferencia importante. Resulta difícil imaginarse una Keiko que reproduzca el reino de corrupción y represión de su padre. La sociedad peruana ha madurado en aspectos sustanciales, aunque a veces nos cueste reconocerlo. Y esa madurez actuará, muy posiblemente, como freno a posibles excesos.

Esto también juega en el caso de Ollanta Humala. Puestos en el peor de los casos y que el comandante vuelva a lucir sus camisetas rojas, es necesario tener en cuenta que tanto Chávez como Morales y Correa encararon sus proyectos de cambio autoritario a partir de sus propias condiciones políticas, económicas y sociales. Fue con sentido pragmático que encararon temas como las nacionalizaciones de la explotación de recursos naturales, o las reformas de la justicia o de los partidos políticos o de sus relaciones con la prensa. Si bien los tres buscaron modificaciones constitucionales y emplearon el recurso de los referendos, generalmente manipulados, sus limitaciones saltan a la vista. La sociedad peruana cuenta hoy con un entrenamiento político importante, logrado en años de lucha contra la dictadura de Fujimori. El relanzamiento del Foro Democrático es un ejemplo. Tampoco el Poder Ejecutivo peruano tiene la posibilidad de contar con la abundancia de recursos que el petróleo le brinda a Chávez y las instituciones, mal que mal, están en mejores condiciones que antes de las últimas crisis.

Solo el comportamiento concreto de quien resulte elegido nos permitirá dilucidar cuál es el tipo de realidad que deberemos confrontar. Y solo así podremos ajustar nuestras respuestas a los desafíos que el nuevo gobernante vaya planteando y a las exigencias de mantener y perfeccionar el régimen democrático que nadie quiere cambiar en el Perú. (Escribe: Luis F. Jiménez)

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