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26/May/2011
 
 
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Entrevistas Puntual y afiatada entrevista insólita al músico Miki González.

Más Vale Tarde Que Nunca

4 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

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“Entré a la música a los 18 años cuando mi madre me regaló una guitarra. Siempre había sido surfista, la guitarra reemplazaba la libertad marina”.

Miki González (59), aun siendo español de nacimiento tiene ya encurtida y bien encurtida su alma peruana a través de medio siglo de vida en el Perú. Novedad para muchos será este descubrimiento, ya que tiene marcada la impronta de ser un peruano más, cosa que a él le hace sentir feliz. Él siente que a través de su hoja de vida llega tarde a muchos momentos importantes, pero yo creo que no es así. Miki González es un vitalista total y un introspectivo que se encierra en sí mismo para disfrutar, conmoverse y regodearse con sus descubrimientos musicales sucesivos. Él, como se dice vulgarmente, está en lo suyo y no se le puede encasillar como rockero impenitente y exhaustivo porque busca y se deja acariciar por las raíces de la música peruana incorporándolas a sus mejores logros. Esto denota que es infinitamente versátil y sensible a un tiempo. Estando ad portas de viajar al interior del país tuvo la deferencia y amabilidad de acudir a nuestra cita en el restaurante Costa Verde para fabricar entre ambos esta entrevista. Hay una gran sinceridad en todo lo que me cuenta, esto lo palpo. Vayamos al grano.

–Hábleme de su familia.
–Mi padre, Alfredo González Teja, era de Santander y mi madre de Madrid, en donde yo nací, en el barrio de Chamberí el 14 de abril del ’52.

–Nació en uno de los barrios más típicos de Madrid reflejado en tantas zarzuelas, barrio de chulapas y manolas y verbeneros chotis. Usted y su música están en las antípodas de esa ambientación que cuando nació todavía existía.
–Yo salí de España con 3 años, viví 6 en Venezuela y llegué aquí al Perú a los 9 en octubre del ’61. Pronto cumpliré 50 años de estancia en el Perú tras 2 largas salidas esporádicas, la primera en el ’70 para estudiar Arquitectura en España y mi segunda en el ’80 para estudiar jazz en Boston. Una de mis características principales es el llegar tarde a todo lo que hago.

–¿Es usted un impuntual?
–En absoluto. Soy formal, puntual y cumplidor en mi trabajo, lo que sucede es que podemos hacer en la vida, no lo que ésta nos diseña por la edad que cumplimos, sino lo que queremos hacer, tengamos la edad que tengamos. Por ejemplo: me hice músico a los 25. Los músicos profesionales a esa edad ya tienen carreras consolidadas.

–Pero si se hizo músico profesional es porque siempre le gustó la música, esa afición nace con uno.
–Siempre me gustó la música. Tengo recuerdos de música clásica desde muy niño, ya que a mi padre le gustaban las tres B (Bach, Beethoven y Brahms). Mi padre vino a Perú como ejecutivo de una empresa española del grupo Fierro y aquí montó La Fosforera. Era muy querido en el país.

–Y era un hombre muy simpático, pues yo tuve la suerte de conocerlo bien. Me lo imagino en su adolescencia escuchando todo tipo de música, que es indudable que ha sido siempre su gran pasión.
Me encantaba, escuchaba muchísimo los hits del momento, pero tuve en mi adolescencia una gran pasión que pudo más que la música.

–¿Las chicas?
–Siempre me han gustado, claro está, pero no… mi gran pasión era correr tabla, surfear, estaba casi todos los días del año en el agua, durante varios años. Lo dejé cuando terminé la secundaria y me llevaron mis padres a Madrid para estudiar Arquitectura. Dejé entonces el surf y, ¿sabe cuándo volví a hacer tabla?

–No.
–Pues este año. Y estoy feliz con eso, completamente feliz.

–Lo cual hace válida esa norma de su carácter consistente en llegar tarde a todo lo que hace.
–O de empezar pronto, ya que uno hace lo que quiere hacer cuando desea hacerlo. No hay una vida marcada por etapas, por lo menos para mí. Más vale tarde que nunca…

–Usted se llama Juan Manuel González Mascías, aunque el apellido de su madre, por pronunciación, se ha convertido para la gente en Masías. Si se llama Juan Manuel, ¿por qué le llaman Miki?
–Todo empezó en un partido de baloncesto en el colegio Santa María, donde yo estudiaba aquí en Lima. Alguien me dijo: “¡pásala Miki!” y yo, le contestaba: “¡me llamo Juan!” y terminó el partido tras haberme llamado todos Miki. Al día siguiente, por ser nuevo en el colegio, todos me llamaban Miki, con i latina. A mí me encantó este cambio de identidad. Primero era Miki en el colegio, después mis hermanos me llamaron así, luego mis padres y ahora el planeta entero.

–Hábleme de chicas: ¿llegó tarde o llegó temprano a ellas?
–Llegué de las dos formas. Me explico: el primer beso en la boca fue a los 6 años con una vecinita, en Caracas. Supongo que eso es llegar temprano. La primera experiencia sexual fue a los 17 años con una chica de mi edad pero con mucha mayor experiencia. No debuté en el prostíbulo como se acostumbraba en aquellos años. No fue demasiado tarde pero tampoco fue temprano. Recuerdo que al principio me gustaban las mujeres mayores y conforme fui creciendo me gustaron más las menores. Me casé a los 21 años la primera vez, a los 36 por segunda vez y a los 46 por tercera vez. Y no me arrepiento de nada, es más, lo volvería a hacer.

–¿Cuál fue la esposa que más le duró?
–Duré 16 años con la tercera y tengo 3 hijos con ella. Tengo una hija con mi primera esposa. Veo a mis hijos con frecuencia porque estoy separado, pero vivo con el de 12 años que se llama Joaquín y es el número 2 y el mayor de mi tercer matrimonio. Igual que siempre he llegado tarde a todo, empecé la carrera de músico a los 25, tuve 3 hijos con más de 46 años y he vuelto al surf a los 59, etc. Esto no me hace sentir disminuido o en desventaja porque creo que el espíritu o la actitud compensan y se puede disfrutar y/o tener éxito en cualquier momento.

–Yo creo que usted se considera un rebelde.
–Siempre busqué el otro lado o la otra manera de hacer o ver las cosas. Eso implica que vas a encontrar resistencia por parte de las personas que solo pueden ver las cosas de una manera. No es que sea rebelde sino que creo en mí mismo y por eso estoy dispuesto a llevar mis ideas hasta las últimas consecuencias. Es obvio que esto genera mucho riesgo y por eso en multitud de ocasiones se fracasa, pero las veces que esta actitud da resultados la satisfacción es doble.

–Cuénteme de su vida artística.
–Entré en la música a los 18 años cuando mi madre me regaló una guitarra. Siempre había sido surfista y la guitarra me relajaba y reemplazaba la libertad de estar en el mar. Esto tiene sentido porque en esa época yo estudiaba Arquitectura en Madrid a cientos de kilómetros del mar. Me fui a estudiar música a Boston a los 26 años, siendo así consecuente con mi costumbre de hacer todo tardíamente. Yo estaba interesado en la fusión del jazz y la música afro-peruana (mis grandes héroes eran los guitarristas peruanos Lucho González y Félix Casaverde). En Boston me especialicé en arreglos y composición durante 2 años, gracias a mi padre que me mandaba el dinero. Vine al Perú lleno de ideas, la primera fue montar una banda para tocar mis composiciones de afro-jazz y también, paralelamente, me había vuelto a interesar en el rock, ya que unos negros americanos me llevaron a ver al grupo Devo y ellos me abrieron una nueva perspectiva, aunque muy futurista de los años 80’s.

–Si mi memoria no me falla a usted se le oía por todas partes en los años 80’s.
–En principio creció mi interés en el rock de bandas como Police, Alaska y los Pegamoides, Gabinete Caligari, etc., y en el ‘85, sin darme cuenta, tenía un número 1 en las radios de Perú con “Dímelo, dímelo”. A partir de ese momento fui el cantante nacional Miki González (aunque ni soy cantante ni soy nacional). Los 90’s fueron los años de las vacas gordas para mí. Desde el ’85 hasta el ’89 hice 3 discos muy exitosos donde participaron amigos como Charly García, Andrés Calamaro, Cachorro López, etc., y a partir del ’91 empecé con la música étnica y con el pop. El punto más alto fue “Akundún”, disco de propuesta de música afro-peruana que se instaló como “mainstreampop” a pesar de ser música alternativa. Fue un éxito mundial que arrasó en más de 42 países. Con “Akundún” tuve un contrato prioritario con la transnacional Polygram. Yo era artista de este sello en Miami a nivel mundial y en estos años solo tocaba en eventos masivos de no menos de 4 mil personas con un promedio de 2 conciertos a la semana.

–Ganaría mucho dinero.
–No soy persona ahorrativa por excelencia. Lo que gané lo invertí en equipos y por supuesto en vivir bien, lo mejor posible.

–¿Es fácil vivir de la música?
–Es difícil vivir de la música siendo tan testarudo como yo lo soy y haciendo lo que uno quiere y no lo que los demás quieren que hagas. Tuve vacas flacas porque las modas cambian y yo no voy exactamente detrás de ellas sino de lo que me apetece hacer. Al comienzo del siglo XXI apareció en mi vida la música electrónica que, fusionándola con el folclore andino, me puso otra vez en el mapa.

–¿Y qué tal le fue con la música electrónica?
–Aprendí el oficio de DJ para poder tocar mi música. De esa manera pude entender mejor el contexto de esta propuesta musical. A veces salgo solo como DJ y otras veces salgo con una banda. Lo que hago es que grabo los discos con la parte electrónica o robótica (si se quiere) y el resto de la música toco en vivo sobre estas pistas que dispara un DJ que a veces soy yo pero que prefiero que sea otro porque así puedo tocar y cantar mejor. Por ahí ando todavía.

–Yo lo veo como un musicólogo, como un buscador de sonidos, como un Sherlock Holmes de las corcheas y las fusas, con mucho camino andado, en pos de su capricho, a través de una senda llena de abrojos, ya que no le ha sido, me diga lo que me diga, nada cómodo seguirla. Muchas tendencias recorridas. Y pienso que algo, que se llama Perú, le tocó el corazón.
–Eso es cierto. He estudiado la música afro-peruana desde los años 70’s. La andina desde el año ’90. Hasta ahora estoy en esto. Ahora estoy rumiando un tema de identidad y cultura peruana. Hace 2 años me fui a España con unas bases de música afro y criolla y le pedí a los gitanos que la tocaran y cantaran a su manera, y así salió el disco “Landó por bulerías” (2009). El resultado fue tener a Chabuca Granda cantada por bulerías, el Payandé por tangos y todo un disco interpretado al estilo flamenco de repertorio tradicional peruano. Ahora estoy desmenuzando todo el tema de la influencia española en la identidad peruana.

–¿Español o peruano? ¿Qué se siente usted?
–Una vez en el aeropuerto el agente de inmigraciones, al sellarme el pasaporte, me dijo: “no sabía que eras español, hace unos días unos cusqueños me discutían que tú eras cusqueño”. Para mí esto es el mejor premio, como el Grammy, el que los cusqueños digan que soy uno de ellos. Igual me pasa con los chinchanos. Eso no tiene precio, para el resto hay tarjetas de crédito.

–¿Cómo se encuentra ahora?
–Me siento bien. Cuando empecé tenía cajón en mi banda de rock y eso era inédito y ahora la banda que no lo tiene está en nada. Eso era apostar por lo que nadie apostaba en ese tiempo. Un país tan antiguo no empieza con la llegada de los españoles, ni con el pisco que viene a ser el orujo gallego, ni con el caballo de paso que procede de los caballos árabes de los conquistadores que ya iniciaba su “paso portante”.

–Paso portante o “agilillo” de los corredores de llave en las fiestas taurinas de la Plaza Mayor en el siglo XVIII.
–La quinua, las papitas andinas, las medicinas naturales amazónicas están aquí mucho antes de la Conquista y ya se las están atribuyendo como propias otros países. Lo que me fascina del Perú es que todavía está vigente el espíritu que encontraron los invasores, un orden y una manera de ver el cosmos completamente diferente a Europa.

–Algo esotérico. Un sentimiento más místico que cosmogónico. (Por: José Carlos Valero de Palma)

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