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26/May/2011
 
 
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Entrevistas Desde el diván, el psicoanalista Saúl Peña intenta explicar los resortes emotivos y los fantasmas colectivos detrás de la segunda vuelta presidencial.

El Voto Inconsciente

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“El horror engendra una realidad que no se quiere saber y no se puede creer. Produce una sordera activa”, dijo recordando parte de su libro.

Como sus colegas Max Hernández y César Rodríguez Rabanal, Saúl Peña se considera un psicoanalista independiente que desde hace mucho tiempo está vinculado a la política de su país. En esta elección, también ha decidido asumir una postura política. No coincide con la postura de Moisés Lemlij, cuñado del líder fujimorista José Chlimper y tenaz opositor de la candidatura nacionalista. Peña, fundador de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis y pionero del psicoanálisis en el Perú, explica el porqué de su público apoyo a la candidatura de Ollanta Humala. Pero, sobre todo, intenta explicar el inconsciente colectivo detrás de la polarización política que se viene viviendo en varios niveles de la sociedad.

–Se dice que hemos elegido a dos opciones que demuestran nuestra preferencia por el autoritarismo. Sin embargo, la mayoría de los golpes de Estado del siglo XX –salvo quizás el de Velasco– se han impuesto desde arriba para bloquear la llegada del candidato más popular.
–No niego la posibilidad de que nos enfrentemos a determinadas situaciones imprevistas. Pero simultáneamente observo que hay un cambio muy interesante en Ollanta. De tener una posición radical ha habido una maduración, un proceso de cambio. Lo que nosotros llamamos en psicoanálisis diferenciación, individuación y separación.

–¿Qué percibe del otro lado?
–No veo en Keiko una diferenciación con respecto al entorno de su padre. Todo lo contrario, porque reivindica y ensalza los delitos del pasado. Al decir que el de su padre es el mejor gobierno de la historia del Perú está validando los crímenes. Se está identificando con el padre. Hay un vínculo muy fuerte, tanto así que ella niega las torturas a su madre y se identifica con él. Si Keiko Fujimori gana, en realidad Alberto Fujimori sería el presidente del Perú.

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En Psicoanálisis de la corrupción (Peisa, Lima 2003) Peña escribió sobre “a complacencia recíproca entre victimario y víctima que entraña el peligro de transformar al primero en héroe”.

–En ambos candidatos hay una fuerte influencia familiar, sobre todo paterna.
–Hay padres, parejas y familias corruptógenas. Eso está vigente en el inconsciente. Próximamente publicaré un libro sobre el tema. Se llamará Ideología inconsciente. Y eso viene desde el hogar. La adolescencia es el momento de la diferenciación de los padres, de ruptura, modificación o consolidación de los vínculos con ellos. Los hermanos Humala discrepan entre sí, incluso públicamente. En cambio en el fujimorismo se ve una unión monolítica. No hay individuación del padre. Keiko no demostró voluntad para distanciarse del padre durante su adolescencia. Tampoco ahora.

–Susana Higuchi dijo en una entrevista que Keiko tiene “cara de ángel para la gente de afuera”, pero que para ella tiene “cara de diablo”. Es un doble mensaje que aparece varias veces en ese proyecto político.
–Decían que Fujimori era el bueno y Montesinos el malo. Luego se demostró la culpabilidad de Fujimori. Ahora resulta que el padre es el malo y la hija es la buena. Estamos ante un aparato que opera con doble mensaje: uno público y otro privado.

–¿Es una división entre lo que se dice y lo que se calla, entre consciente e inconsciente?
–Lo que se intenta callar a veces emerge, a manera de un lapsus o acto fallido. Y muchas veces el elector sabe lo que se calla. Es decir, sabe que no quiere saber más. Son dos caras de una misma moneda. Es una forma de justificar su voto.

–¿Cuál es el límite de esa negación? ¿Qué tan grande es el mal menor que estamos dispuestos a soportar?
–La negación es no aceptar lo que se percibe y se conoce nítidamente, y va acompañada muchas veces de proyección; es decir, de adjudicarle al otro lo de uno, negándolo en sí mismo. Creo que la negación y proyección esencial proviene del fujimorismo que trata de desconocer lo que realmente se ha dado: dictadura, violación de derechos humanos, crímenes, corrupción, restricción de la libertad de prensa, etcétera.

–¿Hay transferencia? ¿Hay quienes ven en el candidato lo que quieren ver?
–Por supuesto, y en eso yo integro a Freud con Jung: el inconsciente individual y el inconsciente colectivo. Mucha gente tiende a buscar argumentos para justificar sus elecciones, no para cambiarlas. Por eso son tan importantes los principios individuales, los valores que cada quien busca defender con su voto. Todos los argumentos pueden cambiar. Lo que se mantiene son los principios. En ese caso, no necesita denigrar al otro.

–¿Cuáles son sus principios?
–No a la impunidad ni a la inmunidad. Si hay impunidad, todo lo demás se viene abajo. También, por supuesto, la libertad de expresión, los derechos humanos y la democracia. Por principios no podría votar por el fujimorismo. No es posible que pensemos en apoyar una dictadura criminal que saqueó al país. Mientras siga coincidiendo con Humala, seguiré apoyándolo. Votaré por él y colaboraré en lo que pueda ser útil, pero mantendré mi independencia. Seguiré trabajando con mis pacientes y enseñando en San Marcos y Cayetano Heredia.

–Se busca crear una relación de causa y efecto entre fenómenos distintos. Por ejemplo, entre el Grupo Colina y la lucha contra Sendero Luminoso, o entre el robo y la estabilidad económica. Como si una fuese el costo natural de la otra.
–Se busca ignorar la ética y la moral. Se quiere hacer ver que todos roban y todos matan, que todo fue inevitable, que no hay culpa y que, entonces, no hay delito.

–Se debate como si el gobierno fuese solo el de una persona. Como si se le fuese a dar un cheque en blanco por cinco años a uno de los dos candidatos. ¿La dictadura sigue instalada en la mente del electorado?
–No hay que olvidar que existe un Congreso, un Poder Judicial, una sociedad civil y muchas fuerzas de poder en juego. Humala dijo algo muy interesante: “Yo no soy el único que va a gobernar”. Hay que observar a los equipos, a las personas que los rodean.

–La falta de credibilidad de los candidatos se está subsanando con una transfusión de parte de algunos líderes políticos e intelectuales.
–Así es, pero creo que no hay punto de comparación. Se está buscando separar el talento literario de Mario Vargas Llosa de su pensamiento político. Se dice: es un buen literato, pero de política no sabe nada. ¿Y quién tiene mejores ideas políticas? ¿Fujimori? Por favor. Es innegable su calidad de pensador y ensayista. Es absurdo que se hable de la envidia de un Nobel a un presidiario.

–En la campaña de 1990 se buscó convencer a la población de que Fujimori era más peruano que Vargas Llosa…
–Finalmente, Fujimori postuló al parlamento japonés. ¡Y renunció por fax!

–¿Tenemos un problema de autoestima? Hay familias adineradas que arman canastas básicas para apoyar la compra de votos del fujimorismo.
–“El mejor gobierno de la historia del Perú” ha demostrado varias veces su desprecio por el país. Parte del electorado rechaza lo nacional de forma casi visceral.

–Hay quienes buscan identificar al anti-fujimorismo como un “voto de rencor personal” y al anti-humalismo como una “decisión racional por el bien del país”.
–Más bien, puede observarse lo contrario. Se estimula el miedo individual. Les dicen que van a perder sus casas y sus propiedades. Se busca propiciar una elección emocional. Irracional. (Carlos Cabanillas)

Las Razones de Lemlij


- “Yo estoy apostando por la debilidad del fujimorismo, Humala, en cambio, tiene sus reservistas que saben originar conflictos. Mi apuesta por el fujimorismo es un voto con desconfianza y absoluta vigilancia”.

- “Que yo sepa Alberto Fujimori no es el candidato, él está en prisión. Si Alberto fuera el candidato, yo no votaría por él de ninguna manera”.

- “Es más fácil controlar desde una perspectiva democrática y de terminación de un gobierno a Fujimori que a Humala. Es cierto, Fujimori es incómoda, pero en cinco años no tendrá más remedio que irse. Votaré por ella”.

(Palabras de Moisés Lemlij en entrevista publicada en el diario El Comercio, el 15 de mayo del 2011)

 


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