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14/Abr/2011
 
 
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Las pócimas literarias del argentino Washington Cucurto en publicación y performance en Lima.

El Curandero Del Amor

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Cucurto llega a Lima con su obra irreverente.

El escritor y artífice de la editorial argentina Sarita Cartonera, Washington Cucurto (álter ego de Santiago Vega), es uno de los invitados estelares del Festival Eñe América, imprescindible encuentro literario organizado por el Centro Cultural de España. Cucurto protagonizará una performance el viernes 15 a las 11 p.m. en el local del CCE. Antes, a las 7 p.m. presentará su libro El curandero del amor (Estruendomudo, 2011) en el restaurante Patagonia de Miraflores. Aquí un fragmento del cuento que da título al libro. La parte más picante en el libro mismo.

Le compré a un peruano en el Rey un cd de cumbia de Los Mirlos. Estábamos cerveceando con mi Ticki cumbiantera cuando apareció el peruca cargado de cds y dvds piratas. Le tocaba las tetas bajo las luces multicolores de ese barsucho del Superconsti, cuando plaf, cayeron ellos, los cds. Me los puso encima de la mesa, una montaña de soldaditos musicales, y me desesperé, y comenzamos a elegir ballenatos, cumbias tropicales, José José, Jerry Rivera, Juaneco y su Combo, tres de Karicia, mi grupo preferido. Los Mirlos son lo mejor del Perú y de la música andina, un día les contaré la historia de ellos. Nos sentíamos como unos “Cumbianteros junto a la orilla del mar”. Mi Ticki sacó cinco pesos de su cartera y me compró El poder verde, de Los Mirlos. Este tema habla de un curandero, es el poder verde, nos dijo el peruano.

¿Qué es el poder verde?, le dijo sonriente, medio en joda, moviendo las tetas, mi Ticki atrevida. Es el poder de la selva, que cura cualquier mal. Siempre hay un representante de la selva entre nosotros, ese rol lo cumple un curandero. ¿Y qué cura ese curandero?, le dije interesado. Lo que sea, hermano, lo que tengas, yo conozco uno. Si tienes un mal yo te llevo con él por 15 pesos. Con mi Ticki cumbiantera y guevarista abrimos los ojos mirándonos.

–Ya sé lo que pensás, atorranta –le dije.

Pasa que mi Ticki está preñadísima de dos meses. Es decir, hace dos meses que no le baja la sangre. Yo estoy casado hace diez años, tengo tres hijos y una mujer. Pero estoy enamorado de mi Ticki guevarista, estudiante de Sociales, perteneciente al grupo Liberación y ahora preñadísima de mí o de quien sea, que eso nunca se sabe.

Continué:

–Vos sos tan atorranta, tan trola, que merecés que te lleve a ese curandero pa que te baje la zaina.

–Cucu, diablo, vamos ya.

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Y entre besos fui mordiendo sus labios gruesos que son un espectáculo, un puro y vacío show como las marchas en la Plaza. Y ella a cada agite me dice, Nos vemos en la Plaza. Y yo tengo que ir a buscarla entre peronistas, progresistas, piqueteros, clases medias y vendedores de lo que sea, que esa es la única gente rescatable de esas marchas.

Hace un rato vinimos de una marcha donde pregonó una Madre de la Plaza de Mayo y leyó la carta de Rodolfo Walsh. Nos aburrimos de muerte.

–Terminemos la birra y vamos –me dijo mi Ticki en ese bar peruano demasiado antro, demasiado achacoso pa conocer de Madres y revoluciones y desaparecidos. Siempre habrá un lugar más allá de todo, y es este barcito peruano y metacumbiero del barrio de Constitución.

Caminamos con el peruano por Salta hasta Caseros y nos metimos en un conventillo.

–Esperen acá que voy a tocarle la puerta al curandero.

De una pieza sonaba la música de Rodrigo. Jugaban los niños a pesar de la hora. Esperamos en la oscuridad, besándonos.

–Pasen chicos –gritó el vendedor de cds.

–Diganmé –nos dijo una voz en la oscuridad de la pieza. Era el curandero. Estaba sentado en un banco, con un atuendo de todos los colores y unas velas alrededor. Tenía una vincha roja y una peluca de pelo lacio, amarillo.

–Sientesé chicos y cuentenmé. Soy el Curandero del Amor.

–Está preñada, Curandero del Amor.

–Ah, te felicito, comerte semejante bombón.

–No maestro, esto es cosa seria. No estamos para tener un hijo...

–Pero muchacho, usted es joven, puede trabajar. Un hijo es una bendición de Dios.

–Sí, maestro, pero ya tengo dos y ella tiene 17 años.

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Mi Ticki se reía de nuestra conversación y se mordía los labios, los dedos. Si tenía una pija la chupaba. Su mirada estaba llena de sexo en la oscuridad, como siempre.

El Curandero, dirigiéndose a mi Ticki:

–Y vos, nenita, ¿no te gustaría ser madre?

–Sí, Curandero del Amor, es lo que más deseo en la vida. Pero el Cucu me baja el pulgar...

–Ay, muchacho, andar poniéndola sin hacerse cargo de las consecuencias.

–Por eso, porque me hago cargo de las consecuencias es que será bueno que le baje el período.

–Bueno, viendo que las voluntades son irrevocables y están en contra de la vida, llamemos al Dios de la Selva. San Poronga.

–¿San Poronga? –preguntamos a la vez con mi Ticki futura mamá.

–Sí, San Poronga, el Rey del Perú. Protector de las abuelitas y de las púberes de los degenerados como vos.

–La culpa es del Viagra y de la cumbia.

El Curandero, mirando a mi niña:

–Esto te pasa por bailar la cumbia.

–¿Por qué por bailar la cumbia?

–Te emborrachás, te prendés de un negro y te perdés con la cerveza y los besos. Al final terminás garchada en un telo o una pensión o encima de un auto.

–Yo bailo buscando el amor.

El Curandero se paró de su banquito y sopló un manojo de inciensos con olor a lavandas y mentas. Se acercó a mi Ticki y comenzó a manosearla y decir cosas en voz alta.

–San Poronga, protector de los hijos de la Selva. Conductor del Semen y de los Hongos. Hijo del Océano Pacífico, protege a esta hija tuya curepí. Haz que la sangre le baje en este preciso momento, por el bien de todos. Y en nombre de la Salud, te lo pide tu hijo.

Me di cuenta enseguida que a este maestro se le pasaba la mano con la religión. Se franeleaba a todas las cumbianteras de la bailanta, a todas las guachitas que preñaban por culpa de la cumbia. Iba a la puerta de la bailanta y repartía volantitos. (Escribe: Washington Cucurto)

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