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20/Ene/2011
 
 
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Los Años Dorados

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Suele pensarse que solo las zonas más antiguas de una ciudad pueden consolidar imaginarios. En Lima, subsisten escasísimos territorios de esa clase, y quizá su destino esté escrito: se extinguirán en medio de la arrogancia utilitarista y la incapacidad de sus propios habitantes para recuperarlos.

Por otro lado, existen barrios modernos, nacidos de los cambios incubados en el Perú desde fines de los cincuenta, que en breves décadas forjaron una identidad. Un ejemplo es Salamanca de Monterrico, en el distrito de Ate, colindante con Surco. Esta urbanización nació en 1962, como consecuencia de un proceso que afectó a Lima: la conversión de amplias extensiones de cultivo en lugares habitables. Una emergente clase media –en busca de casa propia– fue la beneficiaria directa de estos emprendimientos.

En 2012, Salamanca cumplirá medio siglo. Representantes del teatro, como Delfina Paredes, son vecinos ilustres. En su interior, se desarrolla una encomiable vida creadora, cuyos agentes luchan por preservar la memoria. Tarea difícil la del poeta y gestor Francisco León, presidente de la Red Artística. La batalla se ha entablado contra los miembros de la Asociación de Propietarios, quienes viven de espaldas a las iniciativas.

El principal desafío es rescatar el símbolo salamanquino: un gigantesco depósito de agua ubicado en la primera etapa. Hoy en desuso, salvó a la primera generación de residentes, pues el servicio a domicilio –desde la Atarjea– tardó buen tiempo en ser instalado. La idea de León es novedosa: aprovechar la estructura del reservorio y convertirlo en un centro cultural de varios niveles. Por ello, urge reforzar las columnas, socavadas por la humedad. Otro proyecto busca adquirir una casa de diseño original (quedan pocas). El objetivo: un museo que reúna los testimonios del pasado, y explique a los jóvenes la herencia de quienes los precedieron, con sus sueños, sentido de la solidaridad y civismo. Obviamente, se requieren fondos.

Salamanca no logró evitar las transformaciones. Es imposible retornar a los años dorados, pero la ilusión bien vale tantos trajines. (Por José Güich Rodríguez)

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