miércoles 17 de julio de 2019
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2163

13/Ene/2011
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre ExclusivoVER
Acceso libre PolíticaVER
Acceso libre NacionalVER
Acceso libre EconomíaVER
Acceso libre Ellos&EllasVER
Acceso libre CulturaVER
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Acceso libre Conc. CanallaVER
Sólo para usuarios suscritos Quino
Acceso libre EspectáculosVER
Acceso libre Fe de ErratasVER
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Sólo para usuarios suscritos Luis E. Lama
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Opinión “Entre los tres, durante cinco horas, rezamos para echar de mí toda envidia, toda saladera, todo ataúd, toda calavera...”.

Ruta Moche

2163-dueno-1-c
SAN PEDRO DE LLOC, 7 DE ENERO DE 2011

Entre las diez y las once de la noche salió todo el cansancio que durante el día había podido disimular, charlando sin parar. La habitación casi a oscuras, el silencio mudo en la calle, la nada en el rostro de Abel y una conversación sobre política que balbuceaba lugares comunes para no dormirnos, me iban quitando las ganas de hacer lo que estaba por comenzar. Diez minutos más tarde Abel me hace una seña, “pasa”, y me doy de frente con el maestro Santiago. Pequeño, más castellano que moche, mientras que a Abel un gollete le hubiera terminado de definir el rostro. Canoso, con pocas arrugas y unas cejas pobladas caóticamente. Me saludó con fuerza y con distancia y luego pasamos los tres al patio trasero de la casita, un área a medias techada con troncos de algarrobo cruzados en michi, de modo que el cielo se mantenía ahí y las estrellas brillaban sin sombra de nube nocturna. La mesa ya estaba armada; todas las artes, según me había explicado Abel, venían de una huaca que a su padre, siendo muy joven, lo llamaba con luces y con voces cada tarde que regresaba de la chacra. Todas las artes de don Santiago son mochica.

Apareció don Santiago cubierto con un poncho blanco de lana, escupió, carraspeó, tomó varios vasos de medicina mientras con las chunganas mecía como en una hamaca al tiempo y a la noche, haciéndome caer con él en un sopor delicioso que no atendía a nada más. Entre los tres, durante cinco horas, rezamos para echar de mí toda envidia, toda saladera, todo ataúd, toda calavera, siguiendo una cantinela que en tanto se parece al Romancero Gitano, “ay mis lindas hierbas del rey, de la reina, del botón de oro y del lucero”. Me limpiaron con chontas amazónicas, singué tabaco con aguardiente por las fosas nasales, con las manos me sacudí desde la coronilla hasta los pies, bailé dando vueltas sobre mi eje, por la izquierda, por la derecha. De cuando en cuando el maestro bajaba el ritmo y se abría a pedidos de personas ausentes: una austriaca que entra y sale de los manicomios en su tierra y a quien un amigo peruano está ayudando a través de Internet, incluyéndola en las mesadas de los martes de don Santiago. Una vecina que no sabe qué hacer para que le llegue una encomienda que ya salió de Lima. “Dile pues que vaya a la empresa con su papelito y la pida”, sentencia el maestro Santiago.

Que me mareo, que se me cansan las vistas, que tengo una congoja indesmayable, que todo eso se va a ir cuando aprenda a vivir con fuerza en un campo minado por la envidia y la crispación. Lloré un rato en silencio, las ratas como gatos cruzaban sobre los cables aéreos de electricidad y teléfono. A las tres de la mañana yo ya dormía tranquilo en mi cama, oliendo a Agua Florida y a Agua de Kananga. De modo que cuando al mediodía fui donde la señora Dorila a comprar boldo para mi pobre hígado y me obligó la hermosa y poderosa gorda a pasarme un cuy, lo acepté con serenidad. Me desnudó en la trastienda de su consultorio de herbolaria, me pasó por todo el cuerpo un cuy blanco. Al momento de sentir que la pelusa suave del animal lustraba mi pecho, doña Dorila me dijo, “mira, se murió”. El cuy estaba tieso. Luego lo despellejó con las manos y lo abrió a cuchillazos. No tengo artrosis sino pisada de limpia, no tengo depresión sino que me han dañado con viento, mi próstata está bien pero debo cuidarme porque “alguna pendejita” se ha robado uno de mis calzoncillos. “Hermano, acá está tu infarto, acá nomás, míralo, está acá, míralo, el corazón de cuy está del tamaño de mi puño, ay hermanito, ay, te me vas”. Debería pasarme un mes con ella haciendo mesadas, dietando, bebiendo infusiones de hierbas, pero no puedo, yo no vivo acá, apenas he venido a diseñar mi nuevo año con la ayuda de mis maestros, en una semana me voy a Barcelona. Salgo del consultorio de Dorila con mi amigo Jaime hacia el malecón, tomamos asiento en una mesa exterior de un chinguirito, pedimos hueveras con zarza, nos cagamos de la risa. De algo hay que morirse.(Rafo León)

Búsqueda | Mensaje | Revista