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Edición 2160

16/Dic/2010
 
 
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SEGUNDO PREMIO

Sábado Interminable

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Lo que pasa es que nadie sabía exactamente lo que había pasado con la mujer del policía una vez que se había terminado la pollada, o era cuestión que todos decían que se había ido con uno de los primos Arroyo, pero no sabían exactamente con cuál de los que estaban en la pollada del sábado interminable en el recuerdo de cada uno de los Arroyo.

Lo cierto es que el policía había regresado de la selva en la mañana de ese mismo domingo, y había llegado y se había ido a su casa a ver a su mujer; e incluso los habían visto en el mercado tomando el desayuno con chicharrones y camote que mientras él se los comía por el hambre natural del viaje ella se lo tomaba por la resaca que debía de haber estado arrastrando por lo de la noche anterior, aunque dicen los que estuvieron en la pollada del sábado interminable que ella no había bebido alcohol y solo se había dedicado a bailar y fumar, como dicen que siempre la habían visto, pues no era mujer de tragos sino de cigarrillos y diversión, y sobre todo de llamar la atención por los movimientos al momento de bailar; porque era mujer de llamar la atención desde que llegó aquella mañana borrosa de abril del brazo del policía que era respetado por todos los del barrio porque se corrían rumores que nunca nadie le había pegado y que incluso alguna vez se había peleado con tres tipos y a los tres los había dejado en tan mal estado que ya nadie se atrevía siquiera a meterle la pata en algún partido de fulbito que se jugaban todos los domingos en la losa, como lo jugó ese Arroyo que tenía pinta de pelotero pero no había pasado de la losa deportiva del pueblo, y que lo había jugado al parecer por última vez porque de seguro que la pierna no le quedaría bien luego de lo que le hizo el policía delante de todos los que estaban jugando con él porque con el policía nadie se mete, tío, el policía era cosa seria desde que lo vieron en la reja de la losa, y la había abierto sin el permiso del que cobraba la entrada porque el muchacho sabía que ya no se podía meter en algo así teniendo en cuenta que ya se corría la voz de que el policía se había enterado que uno de los Arroyo se había ido con su mujer después de la pollada de aquel sábado interminable; y ya estaba dentro de la canchita y había cruzado la media cancha y le estaba tirando una patada en la pierna y el otro se estaba cayendo, y ya se paraba rápido, pero por las puras, porque el policía así le haya dado la oportunidad de tirarle cinco puñetes de seguro que igual lo iba a dejar como lo dejó, tendido, ensangrentado, y con la pierna rota, ante la mirada complaciente de los otros que a lo mucho decían ya tío, déjalo, ya está bueno, pero que no se atrevían a separarlos porque ya sabrían lo que sería meterse en los asuntos del policía, peor aun si el problema era de faldas y calzones adúlteros y que ya estaban oliendo a otro hombre, como cuando se lo contaron al policía cuando se fue a tomar unos tragos con algunos de sus amigos a eso de las dos de la tarde, porque para ese entonces todavía no sabía nada de lo que había pasado la noche anterior, e incluso se había paseado del brazo de la mujer adúltera por el mercado y había tomado el desayuno con ella sin saber que ya estaban murmurando a sus espaldas que la mujer se había ido con uno de los Arroyo después de la pollada de aquel sábado interminable, y que si había sido el que tenía pinta de pelotero pues no tenía la menor importancia para el policía, pues en ningún momento escucharon los presentes de aquella golpiza que el policía le haya preguntado si él había sido el que se había acostado con su mujer, como tampoco se lo preguntó a los otros dos que los había encontrado cortándola con un par de cervezas en la esquina de la china Julia sin tener la menor idea de que a uno de sus primos lo estaban masacrando en la canchita de fulbito a unas pocas cuadras de donde ellos estaban libando sin el menor remordimiento y guardando alguno de ellos quizá dentro de sí el orgullo de haberse acostado con la mujer del policía, ya que nadie había osado tal atrevimiento que ahora lo estaban pagando uno con la cabeza rota por el impacto de la botella llena y el otro recibiendo la peor golpiza de su vida por algo que quizá ninguno de ellos había hecho, aunque era sabido que al policía no le interesaba cuál de ellos había sido, porque desde que llegó le habían dicho que había sido uno de los Arroyo, y si no le habían dado un nombre pues era mejor asegurarse con los cuatro que habían ido a la pollada de ese sábado interminable, y no precisamente por tener que buscar a uno solo, sino por que desde un momento ya los cuatro lo habían traicionado por haber estado cortejando y bailando con su mujer que era la única que tenía la culpa de que los tres muchachos se estuvieran retorciendo de dolor, a falta del otro cuarto Arroyo del que no sabían en ese momento dónde estaba porque parecía el que menos posibilidades tenía de haberse acostado con la mujer del policía porque era el menor de todos y el que menos se iría a atrever a llevarse a una mujer de alguna pollada, peor si la mujer era casada y peor todavía si era la mujer del policía de mierda ese que los había reventado a tres de mis primos por culpa de la borrachera de aquel sábado interminable. (Escribe: Lucio Vargas)

 


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