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NOBEL Mario Vargas Llosa: una pasión contra viento y marea.

Premio Nobel: Elogio del Escribidor

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La vida es fuego. Vargas Llosa corona más de 74 años de una vida de novela con el Premio Nobel de Literatura 2010.

Veinte años después, el novelista vuelve para influir en una elección presidencial. “Sería una verdadera catástrofe para el país”, dijo sobre una probable elección de Keiko Fujimori. La hija del dictador respondió de inmediato, secundada por Mercedes Aráoz. Pero la cancha ya había sido trazada. El hablador regresó al Perú y no habrá afonía que lo detenga.

Hay quienes dicen que Vargas Llosa ganó el debate ideológico en 1990. Pero el fujimorismo constató que la libertad política y los derechos humanos no se hacían extrañar por buena parte de los peruanos. Lo que sí es seguro es que el autor del infame decreto legislativo 1097 y actual candidato a la primera vicepresidencia de Keiko, Rafael Rey, tendrá en El pez en el agua (1993) la contracampaña más recia. Bastaría con volantear algunos pasajes del libro para rememorar elogios a PPK y durísimas palabras contra Fujimori. Pero esa contienda –la política también es fuego– se encenderá a inicios del 2011.

Por lo pronto, Vargas Llosa ha regresado a hablar de literatura. Siendo ya un personaje literario –en libros como La novela luminosa, de Mario Levrero– su recibimiento ha sido caluroso. Y aunque hoy es muy pronto para aquilatar el significado del premio, vale la pena intentar una relectura.

DE VUELTA AL TEXTO

El balance del Nobel aún prepara sus primeras conclusiones. El texto de Vargas Llosa guarda semejanzas con el que leyó Camilo José Cela, Nobel de Literatura de 1989: Elogio de la fábula. Toda una defensa de la ficción como herramienta liberadora. El smoking de Vargas Llosa trajo a la memoria, por oposición, el liqui-liqui de lino blanco con cuello Nehru que García Márquez lució en 1982. Su discurso, La soledad de América Latina, fue más poético y menos apasionado que el del peruano. Pero compartió con él un ineludible referente: William Faulkner.

Como suele suceder, el discurso nos lleva a otros discursos. En País de las mil caras, una columna de Piedra de Toque publicada en CARETAS en diciembre de 1983, el novelista hace quizá el mayor homenaje al país que tanta tinta le costó. Se explaya en su gran admiración por los incas, en su “amor a primera vista con la costa peruana” y en su infancia en esa Lima que aún era “una ciudad pequeña, segura, tranquila y mentirosa”. Recuerda el afortunado drama que le significó conocer la disciplina militar y, a través de ella, al Perú, ese país donde “el odio se confunde con el amor”. “Aunque me haya ocurrido odiar al Perú”, dice el novelista en un arrebato de sinceridad, “ese odio, como en el verso de César Vallejo, ha estado siempre impregnado de ternura”.

Vallejo, precisamente, es un referente clave que regresa al escritor en el discurso de aceptación del Nobel. En su Elogio de la lectura y la ficción cita nuevamente al poeta que Lea Barba le enseñó en tiempos en que Varguitas iba a reunirse con Isaac Humala y lo llamaban camarada Alberto. Luego, ya fuera de Cahuide, lo volvería a leer por influencia de Georgette Vallejo, durante aquellos largos almuerzos junto a Julia Urquidi. Recordó a Martorell, el autor que lo hizo enamorarse de los libros de caballería con Tirant lo Blanch, una de las obras que más ha recomendado y releído. También habló de Borges, el más importante de muchos argentinos sin Nobel. Y mencionó a Camus, a quien conoció fugazmente durante su primer viaje a Francia y quien –para su sorpresa– le habló del Perú.

El discurso construyó felices puentes intertextuales para los lectores del novelista. Recordó las dos narices más importantes de su vida: la de Patricia y la de su abuelo Pedro. Ambas quedaron inmortalizadas en El pez en el agua (1993), donde el abuelo le decía al pequeño Marito que se negaba a comer que “para el poeta la comida es prosa”. En sus memorias, Patricia era “un pequeño demonio de siete años disimulado tras una carita de nariz respingada” que lo despertaba con vasos de agua en la cara. Eran los meses en que vivía en Piura, durmiendo en la misma habitación de la niña que lloraba, pataleaba y lo chantajeaba emocionalmente. “Duerme la niña /cerquita de mí”, dice aquel primer poema que le dedicó. Por instantes, el lado íntimo del discurso trajo a la memoria el texto leído por Orhan Pamuk al recibir el Nobel de Literatura 2006: La maleta de mi padre.

No faltaron feministas que acusaron una mirada conservadora en su mención a Patricia. Sin embargo, también es justo decir que la logística doméstica siempre suele ser subestimada.

Per Wästberg, miembro de la Academia Sueca y presidente del Comité del Nobel, presentó a Vargas Llosa como un rebelde inclasificable, “un marxista transformado por los errores de (Fidel) Castro en un liberal, un derrotado candidato presidencial que luego apareció en las estampillas de su país, un poeta épico e historiador, un satirista, un eroticista, un ensayista y columnista que opina sobre variados temas, incluidos el fútbol y el miedo a volar”. Finalmente, comparó su pericia periodística con la de Graham Greene.

En su Elogio de la literatura y la ficción el novelista describe a la literatura como el refugio que lo ayudó a superar la defectuosa realidad. Las ficciones, según Vargas Llosa, ayudan a mejorar a las personas. A formar sus conciencias e inspirar sus deseos frente al “desencanto de lo real”. “Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos”, dice. “Más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico.” Sin duda constituye un viraje en el escritor que 43 años atrás creía en el rol emancipador de la literatura. “¿Dónde quedó el escritor del desacato que alguna vez habló en la entrega del premio Rómulo Gallegos?”, se preguntó César Hildebrandt. En aquel entonces, la literatura era “rebelión”, una “forma de insurrección permanente”, una herramienta de cambio social –no individual– que ejercía la violencia como “una forma de amor”. El escritor de La literatura es fuego, el discurso que pronunció al recibir el Premio Rómulo Gallegos, es “el eterno aguafiestas” llamado a formar parte del cambio hacia una “justicia social”. Fue a partir de aquel premio que el nombre del novelista empezó a acercarse a Estocolmo.

Se ha creado el consenso de que el Vargas Llosa político habría frustrado la consagración del Vargas Llosa novelista. Es decir, que de haberle entregado la banda presidencial se le habría arrebatado el premio Nobel de Literatura. Es una opinión común, sobre todo entre quienes votaron –y quizá votarán– por Fujimori.

Pero lo cierto es que el novelista empezó a ser voceado para el premio en 1967. En pleno boom latinoamericano el novelista le entregó a la Revolución Cubana, inmerecidamente, su mejor discurso. Habló de Onetti y los Buendía, rescató el compromiso social de Carlos Oquendo de Amat y reclamó para América Latina la justicia social que había llegado a la isla. Al año siguiente, en 1968, el premio del Sindicato de Escritores Cubanos al poeta Heriberto Padilla desencadenó lo que sería el fin del Vargas Llosa socialista y el distanciamiento del peruano con Gabriel García Márquez, el boom –que ayudó a forjar con La ciudad y los perros (1963)– y el Nobel. No volvería a ser voceado para ir a Estocolmo hasta 1977.

EL POST NOBEL

La fuerza del premio Nobel aún está por medirse. En Colombia, la premiación de García Márquez en 1982 atrajo los reflectores hacia toda una nueva generación de escritores. Con los años aparecerían las Lauras (Restrepo y Esquivel), Santiago Gamboa y William Ospina. Todos, de forma evidente o subrepticia, deudores –y cargadores– del peso literario del de Aracataca.

La repercusión del premio a corto plazo ha sido apabullante pero engañosa. En la televisión, el despliegue ha sido generoso en loas pero tímido en sustancia. Entre los detalles de la gran cena de gala en Estocolmo –el vestido, la comida, la bebida– se obviaron las primigenias apariciones televisivas de MVLl. ¿Qué tan ingenuo sería pedir que La Torre de Babel vuelva a transmitirse por unas semanas?

En librerías peruanas, su última novela ha arrasado con las ventas a pesar de su elevado precio. Considerando las ventas informales, se calculan al menos 50 mil ejemplares vendidos. El éxito ha arrastrado a sus anteriores novelas consigo. Algo inédito en un país donde se es un best seller con solo mil quinientos ejemplares. Además, la avalancha de ediciones especiales que ha llegado a Lima incluye varias traducciones al inglés, ejemplares en tapa dura y colecciones ilustradas. Incluso en las librerías de Amazonas, Camaná y Quilca pueden verse ejemplares de colección. Algunos, autografiados y heredados.

En el Museo de la Nación se acaba de inaugurar la muestra La Libertad y la Vida. La exposición, organizada y concebida por la PUCP, es la misma que montó el Instituto Cervantes en Estocolmo, Suecia. Incluye la gran colección de hipopótamos que acumula el escritor y está dividida en diez secciones: Cronología, Diarios de un joven rebelde, Un autor universal, Una vida en movimiento, El refugio de un lector (sus escritores favoritos), La literatura es fuego (personajes y escenarios en su obra), La seducción multicolor (la selva), Batallas por la libertad (el hombre cívico y político), Un escritor de su tiempo (el periodista) y Luces, música, escenarios (el teatro).

En Palacio de Gobierno, García le otorgó la medalla de la Orden de las Artes y las Letras, diseñada por Fernando de Szyszlo. La ofrenda iba a ser la Orden del Sol del Perú, pero ya el presidente Toledo se la había entregado en el grado de Gran Cruz con Diamantes. La repetición y el cruce de condecoraciones no serán los primeros.

Tampoco faltarán ataques. Allí está –y allí estará– la ya clásica tensión entre política y literatura que marcará el destino de Vargas Llosa durante el 2011. (Carlos Cabanillas)

Todos Sobre Varguitas

Tres críticos internacionales en busca de un autor.

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Forgues, autor de Mario Vargas Llosa. Ética y Creación, y J.J. Armas Marcelo, biógrafo del novelista (derecha).

Efraín Kristal y Roland Forgues son los principales exponentes del Congreso Internacional Las cartografías del poder en la obra de Mario Vargas Llosa, que empezó el 15 e irá hasta el 17 de diciembre en La Casa de la Literatura Peruana. Forgues ha escrito ensayos sobre Arguedas, Mariátegui, Scorza y César Vallejo. Esta vez regresa al Perú con Mario Vargas Llosa. Ética y Creación (URP, 2009). Kristal, profesor de la UCLA, es autor de Temptation of the word: The novels of Mario Vargas Llosa (VUP, 1998). Otros críticos presentes serán Marie-Madeleine Gladieu, Ángel Esteban y, por Perú, estudiosos como Melvin Ledgar, Marcel Velásquez y Ricardo González Vigil. El mismo 15 de diciembre se llevará a cabo el conversatorio El sueño del celta, con la presencia de académicos como David Gallagher, José Miguel Oviedo, el propio Kristal y Juan José Armas Marcelo, el biógrafo del escritor y autor de Vargas Llosa. El vicio de escribir (Random House Mondadori, 2008).

El Método MVLL

Las claves de Vargas Llosa para escribir una novela.

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Su estricta rutina implica correr por las mañanas y dormir a medianoche.

Para el novelista, la escritura es un largo proceso de strip-tease a la inversa. “Al comienzo el novelista está desnudo y al final vestido”, explica en Historia secreta de una novela (1971). En consecuencia, dice, todo novelista es un exhibicionista que, página a página, va revelando su lado más oscuro, sus obsesiones y rencores, o lo que el escritor llama sus demonios. El libro expone cómo se escribió La casa verde (1966) a partir de una historia que le sucedió en 1945. Veintiún años de maceración implicaron mucho trabajo, mucha memoria y un despliegue de información cruzada. En Mario Vargas Llosa. Reportero a los quince años (PUCP, 2005), Juan Gargurevich recuerda la dinámica periodística del escritor y las lecciones que aprendió de Carlos Ney Barrionuevo y Milton von Hesse Bonilla, periodistas que inspiraron los personajes de Conversación en La Catedral (1969). Y en El pez en el agua (1993) el propio novelista recuerda cómo aprendió a investigar y fichar para Raúl Porras Barrenechea de 1954 a 1958.

La casa verde se escribió en sesiones de ocho horas diarias, entre 1962 y 1965, y describiendo dos escenarios complementarios: el árido desierto piurano y la verde selva. La estructura bipolar se repetiría en Conversación en La Catedral (la charla y la evocación); La tía Julia y el escribidor (el romance y las radionovelas de Camacho), Historia de Mayta (la búsqueda de Mayta y su historia), El hablador (el novelista y el hablador), ¿Quién mató a Palomino Molero? (el día y la noche) y El paraíso en la otra esquina (Gauguin y Tristán). En otras novelas, divide la narración en tres (Lituma en los Andes, La fiesta del chivo).

Esté donde esté, su rutina es cronometrada. Se levanta entre las 5 y 6 a.m. Lee. Hace una caminata de una hora. Regresa, se ducha, lee los diarios y desayuna. Almuerza a las 2 p.m. Se duerme a medianoche. Su última novela, El sueño del celta, implicó replicar esta rutina en nueve locaciones. Investigó de lunes a viernes y de 9 a 2 p.m. en la Biblioteca Nacional del Perú. También peinó archivos en la National Library of Ireland y el National Photographic Archive en Irlanda, la New York Public Library y la British Library de Londres.

 


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