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Opinión “Mi madre ha muerto hace dos semanas en un cuarto de ese hospital. Ahora el microclima mohoso color rata ulula adentro, en los pasillos...”.

El Hospital del Perpetuo Invierno

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TRUJILLO, 13 DE DICIEMBRE DE 2010

El Hospital Militar de Pershing con Brasil tiene un microclima, nunca lo recuerdo con sol sino contrastado con un gris parejo que dura doce horas al día. Y sé de lo que escribo, lo he visitado muchas veces a lo largo de mi vida. La primera fue cuando mi madre me llevó al oculista, yo a los seis años me quejaba de que no veía nada y que me estaba rezagando en las clases de una máquina castradora llamada Champagnat. Recuerdo haber entrado por la puerta principal del militar, admirando las paredes cubiertas con granito pulido como marmolina, todo respiraba orden, pulcritud y propósito de servicio a los militares que cotizaban mensualmente una cantidad respetable para tener derecho a atenderse ellos y sus familiares en las mejores condiciones. Cuando el oftalmólogo me puso el marco de soporte de las lunetas sobre el caballete de la nariz, yo grité como el beneficiario de un milagro, “¡ya veo!”. El médico volteó donde mi madre y le dijo, “lléveselo y disciplínelo, señora, no le puesto todavía ninguna luneta!”. ¿De qué me habría querido defender a los seis años de edad mediante el escudo de un par de lentes?

Mi madre ha muerto hace dos semanas en un cuarto de ese hospital. Ahora el microclima mohoso color rata ulula adentro, en los pasillos casi sin luz, en los pisos sucios, en las paredes descascaradas y sobre todo, en el ánimo abandonado del personal, aún del mejor intencionado: “no hay fondos para nada señor, solo tenemos por piso un extractor de flemas, su mamita está sufriendo, yo lo sé, se ahoga, pero paciencia”. Mi madre entró por emergencia, luego la llevaron a un lugar casi gótico llamado La Rotonda, un espacio circular con una estación de enfermeras al centro, en el que reposan los pacientes terminales pero que aún pueden durar un poquito. No está permitido entrar pero yo me metí (“¡El señor de la televisión!”), era la hora de la visita matutina del médico, una radio tocaba raegetones desde algún lado, en contrapunto con los jadeos, estertores y quejidos de los pacientes. Mi madre estaba conectada a un respirador, con suero y mil de cosas. Cuando me di cuenta, la mayoría de enfermeras hablaba por celular, a los gritos, con sus esposos, novios, hijos, qué sé yo. Un mercado de irrespeto, una rutina de prosa ante el último sufrimiento de una docena de seres humanos.

Mi madre se estabilizó, la pasaron entonces a un cuarto que era eso, solo un cuarto, pues los medicamentos, todo lo que le aplicaban y los útiles que enfermeras y médicos usaban, los familiares teníamos que comprarlos en la farmacia del propio hospital. Finalmente, inconsciente, o dormida, mi madre murió. A medianoche nos llamó su enfermera particular. Una de mis hermanas se ocupó de tramitar el certificado de defunción y el traslado del cadáver a un velatorio. El cuerpo de mi madre estaba en Patología, y hasta allí fue mi hermana. Encontró a un hombrecillo acomodando los restos para devolvérnoslos. Éste le dijo a mi hermana, “como ya hace calor, el cuerpo de su familiarcito va a oler mal, le aconsejo que le pongamos formol”. Mi hermana, aturdida y triste, preguntó cómo se hacía eso y cuánto costaba. “Yo me ocupo ahorita, señora, si va a la caja le costará ochenta soles, pero déme a mí cuarenta y lo hacemos al toque”. A veces siento envidia de la gente que puede alimentarse de sus propios excrementos, se gana la plata más rápido que respetando procedimientos y no paga impuestos. (Rafo León)

 


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