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19/Ago/2010
 
 
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Opinión “Allí radica la no paradoja: La plata existe y es cuantiosísima, la falta de desarrollo también, y no es más pequeña”.

La No Paradoja

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ASSÍS, 13 DE AGOSTO DE 2010

Parece que es posible que coexistan un espléndido crecimiento del PBI con la peste bubónica; un índice de gasto público nunca visto en nuestra historia, con la muerte de más de trescientos niños por frío en las alturas de Puno y Arequipa. No es una paradoja que en las regiones donde el desempleo es cero y el ingreso por cabeza supera al de Lima, no puedas salir a pasear al perro porque te clavan un balazo para quitarte el celular, o te meten a un Tico y no te sueltan sino hasta que tu familia paga diez mil dólares, si es que estás vivo. Me lo dijo un patrullero de carreteras hace poco, saliendo de Trujillo hacia el norte. Eran las siete de la noche, el error había sido mío porque ya se sabe que en el Perú manejar a oscuras por las carreteras es como jugar a la ruleta rusa con un vaso de Coca Cola y otro de Folidol: “Caballero, quédese en Trujillo, ¿usted no sabe que en las pampas que están antes de San Pedro lo pueden matar?”. ¿Matar? Un verbo fuerte que amerita una explicación: “le tiran a la pista las espinas de tiburón y le revientan la llanta, y esos choros no creen en nadie, hágame caso y quédese”. Que un policía, con la mejor intención, advierta a un ciudadano de esa manera también justifica un interrogante: “Gracias jefe, pero dígame, si las cosas son así, ¿qué hace usted por acá en lugar de patrullar allí donde me van a matar?”. “Ya siga, siga, caballero, no obstruya el tráfico”.

La no paradoja que vive el Perú entre unos logros macroeconómicos de país desarrollado y la subsistencia, marginación y miseria dignas de cuarto mundo es tan impactante que no hay quien no ensaye una explicación. La más optimista es la que alude a la necesidad de aplicarle paciencia al proceso, un poco como ocurre en la India, donde Calcuta y su calcutizada población conviven con otros ámbitos dentro del mismo país en los que se habla de competir con Seattle. Poco a poco, se dice, un sector integrará al otro hasta producir una tercera cosa, que será el modelo socioeconómico que corresponda al siglo XXI y no al XX ni al XIX. Los pesimistas acotan que pasado el boom de los minerales, volveremos a nuestra normalidad, y peor, pues ya habremos probado las mieles de la esperanza y ahí sí, contradiciendo al vals, un fracaso más sí importa.

Yo no sé qué pensar, pues solo viajo y solo observo. Un municipio provincial de Ancash bendecido por el canon, recibe desde hace no menos de seis años doscientos cuarenta millones de soles por periodo, aparte del Foncomun y lo que le da el tesoro. Sus autoridades son de las que no pueden salir mucho al parque porque se comen el pasto. La ciudad principal y los pueblos que de ella dependen carecen de pistas, tienen agua por horas, están absolutamente contaminados por el smog de la inagotable cantidad de taxis que los asfixian, la delincuencia ya llegó para quedarse. Los alcaldes sucesivos han conseguido sacarle la vuelta al SNIP y así levantar unos estadios que ya los quisiera Brasil para el próximo mundial, y unas plazas que son la oda al verso, la perla, la pluma y la flor. Y a pesar de ello, los millones de millones siguen sobrando. Entonces, el actual alcalde ha creado un programa de empleo temporal en el que paga 45 soles diarios a quien se anote para mover piedritas de un lado para otro de la calle. Por siaca, lo que normalmente se paga por jornal en la zona es quince soles. Como es lógico, centenares de campesinos con sus familias están abandonando sus chacras para sumarse a estos pueblos que no están preparados para ello, de modo que el fantasma de Juliaca empieza a sobrevolar en el cielo azulísimo, como un agorero gallinazo. Es que todo es verdad, y allí radica la no paradoja: la plata existe y es cuantiosísima, la falta de desarrollo también, y no es más pequeña. La gente, con el riesgo de la generalización, siente que es pobre si no tiene el estadio, la plaza, el celular. Los indicadores oficiales, por su parte, miden el grado de pobreza según ingresos, servicios básicos, salud y educación. No puede haber paradoja donde la lógica todavía no ha sido descubierta. (Rafo Leòn)

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