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19/Ago/2010
 
 
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Libro Homenaje del hijo al padre poeta que le trazó un camino. Se publica “Retamas de Serranía.”

Octavio Hinostroza: Poeta del Ande

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Una tarde de lluvia en Huaraz, cuando yo tenía 14 años, descubrí un viejo cofre de cuero que había pertenecido a mi bisabuelo Manuel Hinostroza, pues llevaba sus iniciales, M.H. claveteadas con chinches de bronce. Lo abrí, y recordé al instante que era en ese cofre que mi padre guardaba sus libros y revistas, cuando yo era niño. Allí estaban, en efecto, “Crimen y Castigo” de Dostoievsky, “La Piel de Zapa” de Balzac, “Veinte años después” de Dumas, y “El Quijote”, entre otros, en viejas ediciones de TOR y de Sopena. Seguí hurgando entre los libros, y encontré una colección de la revista “Folklore”, donde se había publicado muchos poemas de mi padre en varios números, que leí ávidamente. Era poesía indigenista de la década de los 30 y 40, pues esta revista era el órgano de difusión del indigenismo, y mi padre tenía en ella un puesto directivo, con Hildebrando Castro Pozo. Yo no sabía gran cosa de poesía en ese entonces, sólo lo que me habían enseñado de niño, Rubén Darío, Juana de Ibarborou, Amado Nervo, pero la poesía de mi padre tenía una sonoridad semejante a la de Darío, y me encantó. Leí “El Cohetero”, leí “Los Arrieros”, leí “Nocturno Lluvioso”, que eran estampas de la sierra y sus personajes, pero el que más me impactó fue su “Elegía a la muerte de la Engracia”, que hasta ahora me estremezco al leerla:

Suenan plañidos, que la Engracia ha muerto
En la alborada de su carne bronce.
Era en los trigos que a dorarse empiezan,
Roja amapola de cimbreante tallo,
Y en fuente y cántaro de inicial frescura
Y ya en sus senos floreció temblores
Y ya en sus labios anidó torcazas
Y en sus zarcillos rutiló promesas
Y en sus pupilas apresó distancias
Y los rediles de sus brazos dieron
Calor al huacho del vellón primero….


2143-hinostroza-2-c.jpg

Publicación de Lustra Editores.

Seguí registrando el cofre, y en el fondo encontré un montón de páginas del diario “El Departamento”, donde había poemas de mi padre, pero también informaciones sobre él, muy elogiosas. Dobles páginas centrales celebraban el estreno de sus piezas “La flor en la roca”, y “Los caballeros del poncho de vicuña”, que él mismo había dirigido, y asimismo rendían cuenta de los banquetes con que lo agasajaban, con fotos y discursos incluidos, pues mi padre era, visiblemente, una celebridad en la provincia. Había sido libretista de una de las primeras películas peruanas, “El Guapo del Pueblo” en 1938, y conservaba amistad con Ima Súmac y Moisés Vivanco, Jesús Vásquez y Alicia Lizárraga, que habían pertenecido al elenco del film.

Esto se sumaba al hecho de que en aquel año, 1956, Radio Nacional transmitía una radionovela escrita por mi padre, “La Conquista”, de corte y de dimensiones épicas, con las grandes figuras de aquella gesta guerrera como protagonistas: Atahuallpa, Pizarro, Callcuchima, Almagro, Manco Inca, etc. Durante todo ese año se transmitieron sus 52 capítulos, y a no dudarlo esa fue la obra de mayor envergadura que mi padre jamás escribió, aunque fueron muy pocos capítulos los que pude escuchar en la vieja radio de la casa, que no siempre funcionaba…

Ese hallazgo me cambió la vida. Después de la traumática separación de mis padres, cuando yo tenía 8 años, la figura de mi padre había sido tremendamente vapuleada, ridiculizada, vejada por la feroz familia de mi madre, unos bajopontinos callejoneros, ignorantes y misios. “El viejo vago de tu padre”, “El viejo inútil de tu padre”, “El viejo de porquería de tu padre”, es así como me lo designaban mi abuela y mi tía, con quienes por desgracia fuimos a vivir. No perdían ocasión de denigrarlo a sus espaldas, de rebajarlo ante nuestros ojos, de ponerlo como ejemplo de lo que no se debía hacer, de modo que esa avalancha de basura que esas arpías eran expertas en regar, terminó por mellar mi estima por él, a quien ya no veía como un ejemplo a seguir, y más bien me avergonzaba cuando venía a visitarme con su terno raído, sus zapatos polvorientos. Cuando yo fuera grande quería ser ingeniero, o químico, pero nunca poeta como mi infeliz padre, no faltaba más.

Entonces cursaba el tercero de media en el colegio “La Libertad”, donde mi padre también había estudiado en su juventud, y algunos de los profesores eran sus amigos y aún se acordaban de él. Es más, yo me había traído a Huaraz mi laboratorio de química, a la que era precozmente aficionado, y asombraba a mis amigos con mis experimentos. Pero el encuentro con ese baúl fue mi Camino de Damasco, que habría de cambiar la orientación de mi vida para siempre.

En el colectivo que me llevó de regreso a Lima, cumplido mi tercer año de media, se me ocurrió la idea de un cuento. A poco de haber llegado lo escribí, y le puse “La Montaña”, y luego siguieron otro, y otro, y otro… Un amigo de la casa, el poeta Demetrio Quiroz-Malca, un día los leyó, con asombro, y me hizo publicar “El Noveno Tranvía” en el suplemento cultural de “La Crónica” del domingo 29 de junio de 1958, día de San Pedro y San Pablo.

Por aquellos años mi padre aún trabajaba en “Radio Nacional”, pero ya no como libretista sino como glosador de un programa dominical de música criolla. Se cachueleaba también escribiendo memorias y discursos para terceros, como una especie de escritor fantasma, y soñaba con publicar sus obras algún día. Seguía escribiendo incansablemente, teatro y poesía, que a nadie le importaban en la inhóspita Lima. Siempre nos leía sus poemas, a mí y a sus sobrinos, los que habitaban una vieja casona en Barranco, donde yo solía pasar algunos fines de semana. Un día me preguntó: “¿Cuál de mis poemas te gusta más?”, y yo respondí sin vacilar “Elegía a la muerte de la Engracia”. Se me quedó mirando, dubitativo, y al fin se animó a hablar, y me dijo: ¿Sabes cómo escribí ese poema?”, y me contó que una mañana soleada, sentado en el corredor de la casa de Huaraz, él estaba resolviendo un crucigrama cuando lo llamaron del otro lado del patio para preguntarle algo. Se incorporó pues y cuando estaba en el centro del patio, la inspiración poética lo fulminó como un rayo, y allí mismo se puso a escribir el poema, pues felizmente llevaba lápiz y papel. Es un poema relativamente largo, pero los versos le venían como dictados, redondos y perfectos, el aliento dramático se desplegaba sólo y el poema volaba… Cuando hubo terminado guardó el lápiz, cerró el cuaderno, y terminó de cruzar el patio, para responder al llamado… y el poema quedó, mágicamente perfecto: corrigió dos palabras, cambió una línea, y eso fue todo.


Voces que llegan de ancestrales llantos,
Llantos que fluyen de palabras últimas,
Quejas que cobran diapasones fúnebres,
Toda una gama de plañidos, llora,
Canta y se queja con palabras llenas
De lo instintivo que al amor se aferra
De lo instintivo que se aferra a tierra,
Cobra los ecos que los campos surcan,
Muge en vacadas y en ovejas bala,
Se acorta en ayes y se alarga en sílabas…

No supe si creerlo. No es que dudase de su palabra, pero me parecía imposible que se pudiera escribir así, de un solo tirón, y con tal perfección, pero es que mi padre me estaba hablando de los misterios de la inspiración, que sólo los verdaderos poetas conocen… hasta que muchos años más tarde me ocurrió exactamente lo mismo, y escribí uno de mis poemas más largos, “Imitación de Propercio”, en dos sentadas, arrebatado por la inspiración, entre París y Normandía. Le cambié solamente dos versos, y allí quedó, tal cual está.

Su muerte me sorprendió en París. Yo estaba saliendo a mi trabajo, temprano por la mañana, cuando me llegó la fatídica carta, que leí en la escalera. Esa misma noche, cuando yo estaba con mi primera mujer, Nadine, en el bar “Le Select” del que era habitué, en Montparnasse, de pronto me asaltó una enorme crisis de llanto ante los ojos espantados de Nadine y de la concurrencia. No podía parar, y comencé a hablarle a ella de mi padre sin cesar de llorar, sin ocuparme de la gente, y así estuve durante interminables minutos, tal vez una media hora, como no he vuelto a llorar por nadie.

Pincullo y tinya de elegiacos sones
Concierten aires, y en rituales danzas,
Penas remotas y presentes llantos
Ritmen los ponchos y las sayas giren.

Dancen distancias, que la Engracia ha muerto.
Silben los ichus, que la Engracia ha muerto.
Giman las tórtolas, que la Engracia ha muerto.

Ya la amapola de los trigos de oro
Yace truncada, con la frente pálida.
Llegue el aroma de las mentas, y unja
El joven cuerpo que reposa en tierra.

Suenan plañidos, que la Engracia ha muerto
En la alborada de su carne bronce.

Años más tarde, yo, a mi vez, escribí una elegía a la muerte del poeta. Se llama “Los huesos de mi padre”. (Por: Rodolfo Hinostroza)

 


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