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Edición 2142

12/Ago/2010
 
 
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Opinión Por ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Los Siete Magníficos

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A mis manos llegaron hace unas semanas, en un solo tomazo, muy pulcramente presentado por la Editorial Norma, los siete libros de cuentos escritos hasta la fecha por el estupendo y siempre sorprendente escritor que es Fernando Ampuero. Yo debía viajar entonces a varios países y ciudades europeas y opté por llevarme conmigo, muy a la mano siempre, aquel librote de casi quinientas páginas y de gran formato, Fantasmas del azar.

Pues el tal tomazo, presentado además como “cuentos completos”, ha sido no solo mi salvación en aquella canícula europea, sembrada de visitas a amigos que la están pasando mal y cuyo dolor o tristeza se contagian, y en la selva de los aeropuertos paralizados y furibundos por las huelgas incesantes en Madrid, en Barcelona, en París, en Roma, y hasta en la habitualmente ordenada y serena ciudad de Torino. En todo caso, contra la ira, contra la nerviosa histeria y la canícula, en mi caso –y apostaría que también en el de cualquier lector–, los siete magníficos libros de cuentos que Fernando Ampuero acaba de reunir y publicar me han dejado, además, absolutamente convencido de que nuestro inmenso y tan querido Julio Ramón Ribeyro tiene ya el gran sucesor que se merece como autor de cuentos.

Muchachones indiferentes o coléricos que buscan en playas de nuestro litoral un destino impreciso, muchachas que no son otra cosa que el refugio del guerrero y los brevísimos relatos que ven la luz por primera vez en la séptima y última parte de este gran libro son una sólida demostración de que para Fernando Ampuero no hay apología de verdad o de valor alguno y que tampoco trata de demostrarnos absolutamente nada. Sí se trata, en cambio, de mostrar una realidad brutal y desnuda, inexorable, ineluctable, e incluso absurda, ya que para el autor un drama es algo total, cerrado y compacto como un guijarro, impenetrable por el espíritu, indiferente por completo a nuestros juicios y comentarios, como si se tratara de una catástrofe natural, de una avalancha o una gigantesca e incontenible fuga de petróleo.

En la mayor parte de los relatos de Fernando Ampuero, toda moral participa del sentimiento de que las cosas pudieron o debieron ser de otra manera, y que hubiesen bastado tan solo algunas precauciones y prevenciones para evitar lo peor o para superarlo, de tal manera que, muy frecuentemente, desde un punto de vista moral, todo queda por rehacerse, de la misma manera en que la fatalidad se nos presenta como algo por lo cual podríamos haber optado o no. Sin embargo, es el lenguaje de la fatalidad el que triunfa, una y otra vez, y poco o nada hay que decir de la realidad, salvo que es lo que es y que todo lo demás no son más que ilusiones de nuestro espíritu o de nuestro corazón.

En Fantasmas del azar, con raras excepciones, nos hallamos ante la realidad misma y asimismo ante un inmoralismo en el cual todo juicio de valor no es otra cosa que pura y vana subjetividad. El mundo que observa Ampuero tiene una nada lejana deuda con el de Nietzsche, en tanto que está totalmente desprovisto de otra intención o significación que las de su pura y brutal presencia y que en ésta reina además una suerte de solitaria y espléndida necesidad, pero tan solitaria y espléndida, tan resplandeciente y desnuda como la de un sol que brillara en el vacío esplendor del infinito, y siempre más allá del bien y del mal.

Sabemos que Fernando Ampuero es un escritor realista, pero siempre y cuando entendamos por realismo la sumisión de la mirada a la percepción común: el mundo que observa el autor de estos siete magníficos libros de cuentos no es otro que el presente, pero siempre y cuando aceptemos también que por estos términos nos estamos refiriendo a una aceptación trágica de las cosas, a sus absurdos e implacables encadenamientos y, sobre todo, a un mundo librado a la violencia y a la estafa, de una vida sin recurso alguno contra el veredicto incontestable de los hechos, de una sociedad en la cual el fuerte se devora al débil y en la cual, además, el ansia del poder es la única ley reconocida. (Por: Alfredo Bryce Echenique)

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