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30/Jul/2010
 
 
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Personajes Segunda entrega de las travesuras poéticas, y cátedra vital, de Juan Gonzalo Rose.

Juan Gonzalo Rose II: Poeta y Palomilla

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Al poeta le gustaba jugarle bromas a la gente. Lo hizo hasta en la televisión, como libretista del programa “Esta es su Vida”.

Entonces andábamos de arriba abajo Gonzalo Rose, César Calvo y yo, porque él se había convertido un poco en nuestro mentor y ya casi parecíamos sus guardaespaldas. De él aprendimos mucho sobre poesía, pero sobre todo una cierta actitud del poeta ante la vida, abierta a toda desmesura, apasionada de aventura, alerta al detalle extraordinario, a la frase brillante. Gonzalo había recorrido toda la América Central, durante su exilio en México, y había estado en Nicaragua frente a la tumba de Rubén Darío, el “padre y maestro mágico” que todos celebrábamos en América Latina, porque había instalado toda una sinfónica dentro de su poesía, que sonaba como ninguna, con sus bronces, sus maderas, sus cueros… Para él Rubén era el padre de la poesía latinoamericana, por su tono que no era ni español ni hispanizante. Se daba el trabajo de chequear y comentar nuestros primeros poemas, nos daba sibilinos consejos, libros a leer. Él me prestó el inolvidable “Tierra de Hombres” de Antoine de Saint-Exupéry, y “El Principito” desde luego… Una mañana temprano, me sacó un mensajero de la cama, con una nota de Gonzalo en que me pedía que lea la página cultural de El Comercio del día. Bajé pues a comprarlo y me enteré, a boquejarro, que esa noche teníamos un recital en la Biblioteca Nacional, los poetas Gonzalo Rose, César Calvo y Rodolfo Hinostroza. Ese fue mi primer recital, mi bautismo de fuego, y vaya si tartamudeé…

Gonzalo era un poco palomilla, y de repente le gustaba jugar con la gente. Un día que andábamos tomando un aperitivo en el Versalles de la Plaza San Martín, un amigo de ambos se acercó y nos invitó muy afablemente a almorzar el sábado, y Gonzalo y yo aceptamos encantados. Al rato pasó Maruja, la hermana de Blanca Varela, y nos invitó a almorzar también el sábado, y Gonzalo también aceptó, y por último pasó otro pata y nos invitó a una parrillada el mismo sábado, y Gonzalo no se hizo de rogar para aceptar… Yo le dije: “¿Y cómo vamos a hacer para estar en los tres almuerzos el mismo día y a la misma hora?” “Muy fácil, escogemos el mejor…”, repuso crudamente Gonzalo. “¿Y los otros?”, pregunté. “Nunca falta gente para un buen almuerzo”, repuso sabiamente el poeta. Al final terminamos en lo de Maruja, que tenía un Ají de Gallina imparable...

Gonzalo, cuyo apellido materno era Gros, tenía un primo hermano publicista, Néstor Gros, que le era muy allegado. Por los años 60’s trabajaba en Publicidad Causa, y esta agencia había comprado los derechos de un programa muy exitoso en los Estados Unidos, traducido como “Esta es su vida”, que querían adaptar a la realidad peruana. Pero para eso necesitaban un libretista de muchas polendas, a Néstor se le ocurrió que Gonzalo bien podría encargarse de este trabajo, y lo contrató para el programa. En verdad fue una sabia decisión, porque Gonzalo tenía un estilo literario tierno, brillante y juguetón, lleno de humor criollo, en algo parecido al del “Cumpa” Donayre, que era tan popular, y que sintonizaba muy bien con el público televidente, como luego lo pudimos comprobar. Y Gonzalo nos contrató a varios jóvenes sanmarquinos para trabajar en el equipo de periodistas que se iba a implementar. Puso al joven periodista e historiador Hugo Neira como jefe de redacción, a Carlos Franco, Rodolfo Loayza, Edgardo Tello y yo como “sabuesos”, a los que luego se nos sumaron los periodistas Carlos Mino Jolay, Mario Parravichini, Mario Lente, y un flaquito de bigote rubio, aunque no sé bien en qué orden. Entramos un poco a ciegas, con escasa o nula experiencia, a lo que se convertiría nada menos que en “Esta es su Vida!!”, el programa estrella de la televisión peruana de aquellos días, producido por Causa, conducido por Pablo de Madalengoitia, con libretos de Gonzalo Rose, dirigido por Fernando Samillán y emitido por Panamericana TV, que era la antena caliente de la época, en el horario estelar de los viernes, si me hace usted el favor.

La cosa consistía en investigar discretamente la vida de algún personaje de la fauna local, y elaborar un informe detallado que le sirviera a Gonzalo para escribir el libreto. Dirigidos por Hugo Neira, y luego por Carlos Mino, nosotros los sabuesos entrevistábamos a los familiares, a la maestra, a sus compañeros de trabajo y de estudios, a todas sus personas cercanas, que nos remitían a otras personas, etc, etc, y recopilábamos una laberíntica pila de información para que fuera procesada por Gonzalo. Él tenía que hacer con este material un relato cronológico y circunstanciado del personaje que se había elegido, desde sus padres y abuelos, su infancia, sus estudios, sus viajes, en fin, el camino de su vida hasta la actualidad, cosa que requería de cierta destreza dramatúrgica que Gonzalo poseía bien evidentemente. No en vano él había escrito una pieza de teatro unipersonal llamada “Carné de identidad”, dedicada a su amigo el actor Édgar Guillén, que él hasta ahora sigue representando después de medio siglo, porque estamos hablando del año 60/61. Y el libreto comportaba apariciones sorpresivas de personajes allegados al maestro, que hacían subir el voltaje emocional hasta las lágrimas…

Comenzamos con el patriarca don Víctor Andrés Belaunde, que había presidido la ONU, y le trajimos a su hijo de París, como sorpresa… Para “El Brujo” Ledgard trajimos al nadador olímpico Johnny Weismuller, que emitió su potente aullido de Tarzán en el plató de Panamericana; a Gladys Zender le trajimos al actor John Gavin, con quien había bailado una vez en Nueva York; trajimos a doña Bartola Sancho Dávila, “La Flor de la Canela”, para el programa de Chabuca Granda… luego fue el legendario futbolista Lolo Fernández, el virtuoso cajoneador “Gancho” Arciniegas, y en fin todo Cristo pasó por el programa, salpimentado por estas sorpresivas apariciones, para darle emoción al partido…

Una famosa palomillada de Gonzalo fue poner un “gag” visual en su libreto sobre un Almirante, que era el personaje invitado. Cuando descubrió Gonzalo que a los cachimbos de la Escuela Naval se les llamaba “pingüinos ”, se le ocurrió poner un verdadero pingüino polar en escena, para sorprender a todo el mundo. El encarguito nos lo dieron a Edgardo Tello y a mí, que nos prestamos un tremendo pingüino que medía como medio metro y pesaba como 20 kilos del zoológico de Barranco, dentro de su jaula, y lo llevamos en taxi a Panamericana. Allí lo tuvimos, detrás de las cortinas del set donde se transmitía en directo con unas cámaras inmensas, dándole pop corn y Coca Cola, hasta que Pablo de Madalengoitia llegó al pasaje donde se decía algo así como que: “el Almirante fue pingüino de la Escuela Naval, y nosotros le hemos traído aquí como invitado sorpresa a otro pingüino… Con ustedes…”, y cuando todo el mundo esperaba que aparezca un señor de la edad del Almirante, apareció, bamboleándose, nuestro pingüino, que se llamaba Jorge, y dio unos pasitos inciertos bajo la luz cegadora de los reflectores, muerto de susto… El gag surtió efecto porque todo el mundo se mató de risa, y al cabo de unos segundos Pablo pasó la página, y las cámaras dejaron de enfocar a Jorge, y unos hombres se apresuraron a meterlo dentro de su jaula, en un rincón fresco del set.

Se comentó mucho el gag de Gonzalo en el enorme cóctel que seguía a cada edición del programa, en los altos de Panamericana, con Genaro Delgado Parker, los Flores Estrada de Causa, que hacían de anfitriones para el personaje homenajeado y todo su séquito, que a veces eran decenas de personas, familias enteras… Los Lindley, de Inca Kola, recuerdo, eran una mancha impresionante y amarilla, porque ese era el color de la bebida, y ese era el color predominante en el atuendo de la inmensa familia… Y había todo tipo de tragos, bocaditos, anticuchos, etc., y se comentaba las incidencias del programa en todos los corrillos que en el salón se formaban. En uno de ellos estaban los ejecutivos y publicistas con el Homenajeado, con Gonzalo el libretista, y los periodistas de espectáculos, más nosotros los sabuesos, y un montón de personajes de la fauna limensis, con sus tragos encima, todos muertos de risa con el gag del pingüino… Pero cuando se acabó el jolgorio, hacia la medianoche, nos encontramos, Edgardo y yo, a cargo del pobre animal, que dormía parado en su jaula. Lo embarcamos en un taxi rumbo al zoológico de Barranco, que ya estaba cerrado, desde luego, y estuvimos tocando el timbre inútilmente, hasta que Edgardo se trepó la reja, yo le pasé al pobre Jorge, y él lo dejó al otro lado del muro, con una tarjeta de agradecimiento…

El día que mandaron a Gonzalo a Chile para entrevistar a Lucho Córdova, un actor de vaudeville peruano afincado en Santiago, él me dio la alternativa, como en los toros, al recomendarme para que lo reemplace como libretista, cosa que no les quedó más remedio que aceptar, después de haberme tomado una prueba de redacción, porque no había libreto de repuesto… Es la típica historia de la oportunidad que se le ofrece al aprendiz, en las comedias americanas de glamour, por si no lo ha notado el lector… Pasé pues la prueba y me tocó hacer el libreto de Arnaldo Alvarado, el famoso automovilista apodado “El rey de las curvas”, y vaya si las había en la Panamericana Norte, por donde durante una carrera de automóviles, Alvarado, que era un notorio aprista, había sacado hasta Guayaquil a un político aprista escondido en su maletera…

Al final del programa medio que me emocioné cuando vi aparecer en los créditos mi nombre a toda pantalla. Decía: “Libreto: Rodolfo Hinostroza”. En el cóctel ritual, el “Apanao” Morales, jefe de la página de Espectáculos de El Comercio preguntó quién era ese nuevo libretista. “Lo tienes a tu lado”, le dijeron, y él se volvió a mirar a un joven larguirucho en terno y corbata, medio desmañado, medio despeinado, que estaba a su lado en el corrillo y le preguntó: ¿Tú eres el libretista?” “Sí, señor”, respondí. “¿Y cuántos años tienes?” “Diecinueve”, le dije, y él me miró asombrado. Al día siguiente comentó mi libreto a 4 columnas, celebrando al libretista más joven del Perú, que los archivos de El Comercio no me dejan mentir… (sigue…) (Por: Rodolfo Hinostroza)

 


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