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Entrevistas Rafo León y la conquista de la serenidad, lejos de la China Tudela, por las más recónditas rutas del Perú.

En Olor de Sanidad

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Once años desgranando pueblitos y en contacto con el lado más amable del país han transformado a Rafo León.

Poca gente vive hoy en tanto “olor de sanidad” como Rafo León (59), que es, desde siempre pero sobre todo desde hace 11 años, un eterno viajero que va recorriendo paso a paso el Perú entero desgranando pueblitos, ríos, quebradas y las más remotas locaciones con la misma facilidad que pueda tener una beata pulsando las cuentas de su rosario. Creo que esta diálisis viajera ha logrado renovar su espíritu, expulsar una inmensa parte de sus demonios internos y oxigenar su alma al ponerla en exposición constante con la naturaleza. ¡Qué bonita es la idea de unir la autosanación con el amor al propio terruño, a la patria donde se nació y recorrerla recreando la vista en los horizontes cromáticos; el oído en el murmullo sedante de los riachuelos; el gusto en el pan recién hecho en el horno de piedra (barro); el olfato en la hierba mojada tras la lluvia y el tacto en las piedras milenarias de los monumentos esparcidos por la geografía peruana. Con esta exaltación de los sentidos en su estado más puro Rafo León, en su madurez, escribe las páginas más limpias de su vida tras haber dejado atrás las contradicciones de una vida signada por la sensibilidad, y la China Tudela es un obvio resultado de su genialidad. La creatividad de un personaje tan redondo, tan divertido, tan entrañable y tan maravillosamente diseñado como el de la pitucona y no pituca a secas (porque los años pasan) que es, y vive entre nosotros, Lorena Tudela Loveday. Ahora, en el restaurante Costa Verde y frente a mí, le lanzo la primera pregunta.

–¿Dónde sitúa su entorno familiar?
–Pertenezco a la clase media baja económicamente hablando. Nací en Miraflores (Lima), cuarto hijo de un militar de caballería que ya no le alcanzaba el sueldo cuando yo vine a este mundo, por lo cual se metió en política saliendo diputado por la provincia de Pacasmayo en La Libertad, en la segunda etapa del gobierno de Odría. Mi madre era ama de casa, pura y simple ama de casa. Estudié en el colegio Champagnat, en los Hermanos Maristas de Miraflores. Pésimo colegio para mí, ya que los hermanos provenían de la España franquista pobre, eran muy dogmáticos y yo era un rebelde nato.

–¿No lo influyeron culturalmente?
–Muy poco. Iba mucho por mi cuenta. Siempre fui retraído y aficionado a la lectura y a los 14 y 15 años leía a los franceses Albert Camus, Jean Paul Sartre, Simon de Beauvoir, André Malraux y a los teólogos de avanzada como Teillard de Chardin y Mounier. No debo haber entendido nada…

–Ya que hablamos de esto, ¿cuáles son las 3 obras literarias que más le han impactado en su vida?
–En los últimos años, “Danubio” de Claudio Magris, “Los anillos de Saturno” de Siebald y “A sangre fría” de Truman Capote. Siempre vuelvo a José María Arguedas, si de peruanos hablamos.

–¿Estudios?
–A los 16 años comencé Derecho en la Universidad Católica y lo dejé para pasar a estudiar Letras, Lengua y Literatura, por los anticuerpos que me generaban los pitucos que formaban una detestable mayoría de estudiantes de Derecho en aquel entonces.

–Entonces la pituquería le hizo encontrar a un personaje tan singular, entrañable y mordaz como ha sido y es La China Tudela.
–En este caso a la percepción sobre los entornos de la vida que no me gustan le he puesto gafas que iluminan divirtiendo o divierten iluminando todo aquello que de tan profundamente gris y aburrido deviene en jocoso.

–Estamos en que se pasó a estudiar Letras ¿y…?
–Lo hice con la oposición de mi padre El poeta Martín Adán era su primo hermano y mi padre debió haber pensado que éste era un mal ejemplo para mí. Porque vivía en el Larco Herrera sin estar loco. Y tenía tan extraña vivienda ya que era amigo de Honorio Delgado, director del centro y padre de la psiquiatría peruana. Bebía alcohol el día entero. Una presencia ostensiblemente peligrosa para mí según el probable parecer de mi padre, que aun siendo un hombre inteligente y sensible no dejaba de ser un militar arbitrario con un autoritarismo a cuestas que no daba tregua y me hacía sufrir. Me enfrentaba con él.

–¿Cuándo ganó su primer dinero?
–Hice una investigación sobre “contenido educativo en los medios de comunicación” en la época de Velasco. Mi ruta profesional dejó lo académico y derivó hacia las comunicaciones, como publicidad con todo lo que esto supone, proyectos de comunicaciones para salud en inmunizaciones y planificación familiar. Obtuve una pasantía para estos temas de prevención de salud en la Universidad John Hopkins en Baltimore (USA). Le resumo, en el 73 me casé, nació mi hija Adriana y al año siguiente Bernardo. Vivía siempre haciendo periodismo y siempre haciendo La China Tudela desde el 79 en Monos y Monadas. Ya todo lo demás es conocido, televisión viajera, artículos, libros, etc.

–¿Dónde está el origen de su humor?
–En el absurdo. Por ejemplo mi madre nos decía a los 5 hijos (yo soy el cuarto) una frase tan deliciosamente absurda como esta: “no se preocupen, no se preocupen, somos pobres pero somos blancos y conocemos a todo el mundo”. Mi infancia ha estado teñida del sentido del absurdo y esto me ha ayudado a sobrevivir y a entender el mundo. Yo tenía un tío soltero, loco de manicomio, que tenía obsesión por la heráldica y por el origen del apellido “de la Fuente” (León de la Fuente). Éste se instaló más de dos años en el Archivo de Indias de Sevilla (España) y volvió a la vez radiante y deprimido al descubrir que el origen del apellido tenía que ver directamente con don Juan de Austria (lo cual lo enaltecía) pero también era hijo bastardo de Carlos V (lo cual lo deprimía muchísimo). El absurdo. Un doble mensaje que me hizo retorcer de risa y no confiar en nada serio.

–A pesar de su sentido del humor ¿no tiene a veces raptos de malhumor?
Por supuesto. Muchos. Los León dormimos poco y yo siempre me levanto de malhumor. A las 6 de la mañana estaba yo en el gimnasio con el malhumor consiguiente (todo el mundo lo está a esas horas menos Raúl Vargas) cuando una señora pituca muy estirada que frecuentaba el gimnasio tanto como yo me dijo: “tú en tus viajes comes cualquier porquería que te ponen por delante”. Yo le contesté: “repítemelo y te como ahora mismo”. Ya no me saluda. El absurdo lo encuentras en todas partes. Hay un reglamento del INC que obliga a que en todas las huacas norteñas valorizadas turísticamente hablando haya un perro peruano típico, el perro calato o viringo. Fui a conocer la huaca Chotuna de Lambayeque y había un guardián dormitando en la puerta con un perro de siete leches, peludo, cualquier cosa menos el viringo. Le llamé la atención al guardián: “¿no conoce usted la obligación de que haya un perro peruano en esta huaca?”. Me miró con rabia y me contestó: “¿y dónde cree que nació?”.

–El Perú es un país indudablemente maravilloso. ¿Cuándo le nació por primera vez la necesidad de recorrerlo hasta la extenuación a través de sus viajes?
–Las memorias de la felicidad. Cuando mi padre metía a la familia en el Buick y mi madre entraba con una canasta llena de panes con asado y mi abuela Elena de la Fuente rezaba el rosario porque pasábamos por Pasamayo, que en aquella época era puro precipicio al no haber doble vía como ahora, y entonces aprecié cómo desaparecía el gris y aparecía el sol tiñendo los valles del norte chico. Y el olor a leña. Y seguíamos por la Panamericana norte y nos tapábamos la nariz en Chimbote por el olor de la riqueza y luego venía Trujillo que en algún sentido nos excluía por aristocrática, ya que estaba en las antípodas de lo que es ahora. Y luego venía una larguísima pampa en la que parábamos para hacer pichi pero antes habíamos comprado “cera de pino” para el dolor de muelas y que el niño no joda y luego terminaba la pampa en una alameda de ficus bicentenarios y se nos aparecía el arco blanco republicano que anunciaba a ese paraíso perdido que para nosotros era San Pedro de Lloc. Ahí teníamos una casa de inicios de la República. Estas vacaciones tenían más que ver con el siglo XIX que con el XX. Casa rústica sin baños, usábamos bacín, y en los cuartos se paseaban los murciélagos y nadie tenía miedo.

–¿Qué experiencias ha recogido usted a través de sus innumerables viajes por el Perú y que, por ser avistadas repetitiva y exhaustivamente, constituyen grandes temas sociológicos en los cuales no reparamos los que no viajamos con tanta frecuencia?
Mmm…, (piensa). Allá va. Desde hace 40 años en toda la América católica hay una explosión de iglesias evangélicas. Algunas de estas son muy antiguas e institucionalizadas como las metodistas y los testigos de Jehová, por ejemplo. Pero han surgido también nuevas y locales que tienen el mismo principio maniqueo (Dios y el diablo), el rechazo a la idolatría como el más grave de los pecados y la inyección en el cliente de una ética de hierro que le prohíbe la fiesta, la bebida, el baile y al mismo tiempo lo impulsa al ahorro. ¿Qué ocurre como consecuencia? Le quitan mercado a una iglesia católica ausente y decadente y traen una nueva actitud frente a la economía, como por ejemplo en la minería, en la que éstas negocian y la católica es más reacia a las negociaciones.

–¿No ha encontrado un Perú menos tribal, más intercomunicado entre sí, menos acartonado y mucho más moderno?
–Antes el Perú era un país muy diferenciado por regiones y ahora se está homogenizando. La modernización. El esfuerzo de la gente por surgir individualmente es increíble. En mi generación izquierdosa estábamos convencidos de dos cosas: primera, que los pobres eran buenos “per se”, hasta que apareció Laura Bozzo y se tumbó esta primera certeza al demostrar que los pobres son tan hijos de puta como los no pobres y la segunda certeza, la de que teníamos que tomar el poder para instaurar la utopía comunista, se terminó cuando nos dimos cuenta de que lo que todos buscamos y queremos es capital.

–¿Cambió sus ideas? ¿Es optimista ante el futuro?
–Parcialmente. La estandarización capitalista distribuye por igual mediocridad.

–¿Algún otro tema importante que se guarde en la mochila?
El antichilenismo. No creo en eso. No debería existir. Subsiste el complejo de guerras pasadas y hay una evidente manipulación política que recurre a lo más sencillo, que es crear y alentar un enemigo externo para buscar una unión común.

–Le está usted dando con palo a los Humala.
–Lo he comprobado hasta la saciedad. Cuando llegan los inversionistas al Valle Sagrado del Cusco lo primero que tienen que demostrar es que NO son chilenos, lo demás ya no importa.

–Hágase un autoanálisis.
–Soy un náufrago que no sabe nadar; un caracol que va despacio pero con concha; un hombre que por dentro es talla extra largo y por fuera small. No entro en mí mismo pero ¡qué le vamos a hacer!(Por: José Carlos Valero de Palma)

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