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03/Jun/2010
 
 
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Opinión Ensayo de conmiseración.

¿Día del No Fumador?

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Con leyes más puntuales y restricciones que incluyen hasta la prohibición de fumar en algunas calles de la capital, el pasado 31 de mayo se celebró el Día del No Fumador.

Los medios dieron más de lo mismo sobre el daño que el cigarrillo ejerce en cada una de nuestras células, los diferentes tipos de cáncer que causa, la infertilidad y hasta los problemas con la libido que produce.

Para quienes no lo sabían, esta adicción también puede llevar a la impotencia sexual.

Esta vez hemos querido cruzar a la otra acera y ver el problema desde la óptica de una amiga fumadora que ha intentado múltiples métodos para dejar el cigarrillo, desde las terapias psicológicas, los parches, chicles y últimamente un tratamiento con láser.

Pero ella, con las ideas claras sobre las consecuencias, no puede vencer este vicio, y esto nos induce a reflexionar.

A nosotros los médicos que nunca hemos dado ni una “pitadita” nos resulta realmente difícil ponernos del lado del fumador.

El testimonio que transcribo quizás nos permita ver que el tabaquismo es más que un vicio o una enfermedad: es una lucha contra un demonio que ya es parte de nuestra piel, cuerpo y voluntad.

Cuando mi amiga empezó a fumar a insistencia de su madre, pues era la moda, estaba por cumplir los 17.

El icono publicitario de Marlboro era un guapo vaquero. bronceado, musculoso y saludable, y su estampa se repetía en casi todos los carteles de la carretera que utilizaban ella y su familia los fines de semana.

Mientras recorría ese trayecto su imaginación ponía entre sus labios un largo pitillo y una bocanada de humo que exhalaba sobre el rostro de ese vaquero, emulando las femmes fatales del cine.

Luego de más de 30 años de romance obsesivo y placentero con el cigarro, comenzaron las voces que ella denomina “autorizadas” de médicos. Confirmaban los innumerables daños que causa fumar, desde los más “absurdos”, según su óptica de adicta empedernida, hasta los más atemorizantes, como un cáncer al pulmón, esófago o estómago, sumando todas las variantes de infartos.

He sido testigo de cómo ahora, a estas alturas de su vida, se siente una suerte de paria, fumando en esquinas y calles, a escondidas de miradas inquisidoras, y no pudiendo disfrutar de una tacita de café acompañada de un puchito en alguna mesa de Larco.

La he visto preguntarse qué es lo que la mata más, el cigarro en sí o el estrés que le causan las horas interminables dentro de la oficina, solo esperando que venga el refrigerio para aspirar un poco de ese humo que ella denomina tranquilizador.

Sabe perfectamente que esa campaña antitabaco solo responde al genuino empeño de salvar a la población de un asesino que con ella danza día a día, pero no lo puede dejar y eso la angustia.

¿Qué se puede hacer con aquellos que fuman por más de 30 años, con esas víctimas del vicio cuyos organismos no transpiran si no humean?

Ella siente que está desterrada en una isla diminuta donde hay un gran letrero que reza “Prohibido fumar”.

¿Podría intentar una vez más dejar el cigarrillo? ¡Claro que sí! Cada uno de nosotros puede cumplir un importante rol cerca de un fumador enviciado, pero la tarea no es fácil.

Ella me dice, mientras aspira una bocanada, que “tengo más de 50 años. ¿Valdrá la pena intentarlo una vez más?” Y se responde, sin darme tregua: “Mi hija sería feliz”.

Frente a leyes y campañas contra el tabaco ella se siente “casi una Lori Berenson. Pero ¿acaso alguien considera que yo también soy una víctima del ‘status’ de los años 60, cuando nadie hablaba de vicios ni adicciones?”.

Y esa es la cuestión. ¿Qué podemos hacer los médicos, las autoridades, el gobierno por esas personas que necesitan ayuda profesional urgente y que solo son blanco de críticas?

¿Qué alternativas podemos darles?

¿No es acaso obligación de los gobiernos encontrar una salida, ya que décadas atrás respaldaron a las tabacaleras?

Y cuando termino de hablar con ella me pregunto de qué lado estoy.

Pero reacciono: estoy claramente por el NO al cigarrillo, aunque intento ampliar mi visión y ponerme solo por hoy en la acera del fumador empedernido.

Aceptemos, en todo caso, que las actuales campañas no surten efecto. Es necesario concebir algo mucho más complejo e inteligente. (Por: Pilar Frisancho)

 


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