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20/May/2010
 
 
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Opinión El secreto de la dicotomía en Javier Heraud: del Markham College a la guerrilla que le costó la vida.

Javier Heraud: El Burgués Guerrillero

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“Javier era un pata casi demasiado alto, desgarbado y medio agachado como si le incomodase ser tan alto, además de huesudo, pacato, snob y buena gente...”.

Javier fue el poeta-mártir de nuestra generación, pero nada hacía presagiar que lo fuera, pues era un chico de familia burguesa, educado en el exclusivo colegio Markham, y estudiante de la Universidad Católica cuando todavía era regentada por los curas…

No éramos muy amigos, pues yo había sido educado en las antípodas del Markham, o sea en el colegio Guadalupe, que tenía fama de bravo, y estudiaba medicina en San Marcos, donde nos conocimos a principios de la década del ’60. Él ya oficiaba de poeta, pues había publicado en la imprenta de Javier Sologuren un pequeño volumen llamado “El Río”, que había sido muy alabado por la crítica. Se le veía como el continuador de la moderna poesía española, Antonio Machado, Pedro Salinas, Jorge Guillén, y era alumno predilecto de Luis Jaime Cisneros y Washington Delgado, que enseñaban en La Católica. Mi relación con Javier no era pues muy cercana, aunque éramos de la misma edad: unos mocosos de 19 años apasionados por la poesía.

Javier era un pata casi demasiado alto, desgarbado y medio agachado como si le incomodase ser tan alto, además de huesudo, pacato, snob y buena gente. Tenía una cara larga, medio caballuna, medio lúgubre por efecto de sus grandes y oscuras ojeras, y hablaba con un acento irremediablemente pituco. Tenía un inglés perfecto, que además enseñaba nada menos que en mi ex colegio Guadalupe, citaba a Shakespeare de memoria, a Juan de Mairena de memoria, y era el engreído de los profesores de literatura, de los críticos, de los escasos editores.

En aquel momento la universidad de San Marcos ardía, impulsada por el triunfo de la Revolución Cubana, y el comunismo ganaba terreno, pues los estudiantes de izquierda habían ganado las elecciones; en la Universidad Católica luchaban por la laicidad de la enseñanza, y había un acercamiento entre los jóvenes poetas de ambas universidades, que luego serían conocidos como integrantes de “La Generación del ‘60”. Por el lado de la Católica se alineaban Javier Heraud, Lucho Hernández, Marco Martos, Antonio Cisneros, por el lado de San Marcos César Calvo, Arturo Corcuera, Reynaldo Naranjo, Mario Razzeto, que eran los más conocidos, habían ya publicado sus primeros libros, y/o participaban en recitales en sindicatos, que más parecían mítines políticos. Yo todavía no existía como poeta, y esa era la gran diferencia.

En 1961 la revista trujillana, “Cuadernos trimestrales de poesía”, que dirigía un hermano de Arturo, Marco Antonio Corcuera, convocó al premio “El poeta joven del Perú”, muy oportunamente por cierto, porque el país estaba hirviendo de jóvenes poetas que aparecían por todas partes, como champiñones después de la lluvia: en Puno, en Trujillo, en Cajamarca, en Huancayo, y hasta en la punta del cerro, porque algo que siempre me va a asombrar de mis compatriotas es su fervor por la poesía, de la que no esperan nada, pero todo… Este concurso fue como echarle aceite al fuego, porque la pradera ardió, los muchachos se pusieron pilas, ya que por primera vez se les tomaba en cuenta para un premio, y todo el mundo apareció de pronto con su manuscrito de poemas, y hasta yo me atreví a presentar el mío, que felizmente no ganó nada porque hasta ahora andaría avergonzado. Ganaron, como es sabido, Javier Heraud con su poemario “El viaje” y César Calvo con “Poemas bajo tierra”, empatando el primer puesto. Después supe que Javier había viajado a un festival de juventudes, en la Unión Soviética, como delegado del partido Social Progresista, de izquierda moderada.

Perdí de vista a Javier durante meses, y lo vine a encontrar sorpresivamente en el lugar más inesperado del mundo, o sea en Arica, Chile, cuando ambos esperábamos un avión que nos llevara a Cuba en un vuelo especial, con 70 estudiantes más que venían, como nosotros, becados por el Gobierno Revolucionario, para estudiar una carrera en la universidad de La Habana. Había habido un concurso para las becas en San Marcos, y nosotros lo habíamos ganado. Pero ¿qué es lo que habíamos en verdad ganado?

Como ya lo he dicho en alguna parte, esa historia de las becas fue solo un señuelo de Fidel Castro para embarcarnos, a nosotros y a muchachos de Argentina, de Colombia, de Guatemala, de toda América Latina, en su proyecto, anunciado en la Conferencia Tricontinental de La Habana, de exportar la revolución a toda la América Latina, utilizándonos como guerrilleros, o más bien como carne de cañón. Fue un engaño, una estafa, una trampa, que después quisieron hacer pasar por “la voluntad soberana de los estudiantes”, pero que solo fue un enorme embarque para alimentar los fines geopolíticos de Cuba. Ninguna revolución “a la cubana” triunfó en las décadas siguientes, pero decenas de guerrilleros argentinos fueron masacrados a traición, y centenares de estudiantes-guerrilleros murieron en toda América Latina, porque fueron forzados o seducidos por Fidel Castro en persona… él nos fue a visitar al edificio de estudiantes en 12 y 23, cuando apenas habíamos llegado a La Habana, para gritarnos su consigna: “¡El deber de todo revolucionario es hacer la revolución!”. Pero había muchos chicos entusiasmados con la propuesta, que ya se veían como héroes de la Revolución Peruana.

Es en este marco que ocurre la radicalización de Javier, porque desde que pusimos pie en Cuba el adoctrinamiento comenzó, implacable, y se nos ordenó trepar al Pico Turquino, el más alto del país, en una marcha con mochila, fusil e impedimenta que duró 17 días, para probar si éramos o no aptos para ir a la guerrilla, cosa que no entraba en los planes de nadie. Durante todo el camino se escucharon, esporádicamente, protestas enconadas: “¡Nos han embarcado!” “¡Yo quiero regresar a Perú!” “¡Nos quieren para carne de cañón!” a las que los cubanos ni caso les hacían.

El caso de Javier es curioso y meritorio, porque él sí tenía una verdadera beca en Checoslovaquia para estudiar cine con el maestro Joris Ivens, y podía haber continuado viaje, pero se quedó en Cuba con nosotros, aunque no tenía ni las más mínimas condiciones para guerrillero. Era grandazo, sí, pero torpe y desmañado como él solo, y sospecho que tenia pie plano, porque cuando se trataba de cruzar un arroyo “por las piedrecitas”, el único que pisaba mal era Javier y terminaba cataplum de culo en el arroyo, y ni qué decir de los resbalones, golpes y heridas, pues él ostentaba el récord de ellas, pero no quería quedarse atrás.

Sin embargo Javier disonaba en ese ambiente popular, grosero y hasta belicoso conformado por el resto de los becados, que me recordaban mucho a mis compañeros del Guadalupe, y desde un principio se lo hicieron notar. Nosotros éramos cholos egresados de los rudos colegios nacionales, y no gringos amariconados que hablaban inglés. La bronca se olía en el aire.

Yo probé que tenía condiciones físicas, pero eso no me obligaba a nada, de modo que me negué de plano a participar en esos proyectos, que me parecían aberrantes, al igual que una buena mitad de los estudiantes que pensaban lo mismo que yo. Pero durante algunos días todos discutimos el tema, apasionadamente.

Cuando hablé con Javier, en un jardincito frente a la casa donde habitábamos, me comunicó que él ya había decidido enrolarse en la guerrilla, pero igual conversamos. Yo le dije, básicamente, que el Perú no era Cuba, y en nuestro enorme territorio, con el triple de su población, y con un gobierno no dictatorial, era imposible que una guerrilla de unas pocas docenas de personas tomase el poder en 6 meses, como nos lo había profetizado Castro, y continué en la misma línea de razonamiento, que Javier no objetó. “Entonces, por qué vas a la guerrilla?”, le dije, y él repuso muy emocionado: “Sabes cuánto mido yo? Un metro ochenta y cinco, y siempre he sido el punto en el colegio, el gringo cojudo, el Grandazo por las Huevas. Siempre todo el mundo me ha pegado porque yo no sabía defenderme, siempre me han tomado de punto, desde la primaria. ¿Entiendes? Seguro que a ti no te ha pasado eso…Pero ahora yo no me corro y quiero demostrarles, a ti y a todos del grupo, que soy tan hombre como cualquiera”, me dijo mirándome a la cara, y yo lo comprendí, hondamente. Me puse de pie, le di una palmada antes de irme y jamás volví a tocarle el punto. Después me contaron que en el entrenamiento militar Javier había echado cuerpo, que ahora caminaba erguido, que ya no se tropezaba, y era el único que podía cargar la ametralladora 30, esa que de una sola bala tumbaba una palmera. Ya nadie se metía con él y más bien se había ganado el respeto de todos, que tanto trabajo le había costado.

Cuando supe que había muerto con el ancho pecho destrozado por una bala dum-dum, casi lloré por él, recordando nuestra conversación, la primera y última verdadera que tuvimos, y respeté más que nunca la hombría de su decisión. (Por Rodolfo Hinostroza)

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