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Personajes Perfil a mano alzada de un artista completo y complejo: poeta, pintor, performer y más.

Jorge Eduardo Eielson: La Vida Como Obra de Arte

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Cuando llegó a Lima, por el `67, era un maestro para todos pero nadie entendía por qué había reemplazado la máquina de escribir por la brocha del pintor, la cuartilla por el lienzo, la idea por el color. Obsesión con el desierto y la costa peruana expuesta en Lima, 1977.

Conocí a Eielson en una terraza miraflorina con vista al recién inaugurado Óvalo Pacífico, hace mil años. Debió ser por el ’67, bajo Los Beatles, en una cena-buffet que dieron para agasajarlo luego de su gran exposición en el IAC, en casa de un famoso coleccionista judío, a su paso por Lima, pues por entonces residía en París. La exposición había sido un éxito, se había vendido varios cuadros, la crítica era consagratoria, y esto había vuelto a poner en el candelero su rica y discutida dualidad: era Eielson más poeta que pintor? ¿O más pintor que poeta?… Pregunta insidiosa si la hay, porque como poeta nadie lo discutía…

Era un hombre menudo, ágil, desenvuelto, con una cortesía irónica y distante, vestido como pintor y con mucho mundo.

No sé quién tuvo la excelente idea de invitarnos, tal vez el crítico Juan Acha, que auspiciaba a las vanguardias desde las páginas de “El Comercio”, pero inesperadamente terminamos en la cena nosotros “los inquietos jóvenes poetas” que ya habían publicado una antología-manifiesto de su generación, bajo el nombre de “Los Nuevos”, que había causado mucho revuelo. No recuerdo si estábamos todos, pero sí Mirko, Toño, Julio Ortega y creo que Lucho Hernández… En buena cuenta, todos éramos grandes admiradores de la poesía de Eielson, estábamos felices de conocerlo, para todos nosotros era un maestro, y nadie entendía por qué había reemplazado la máquina de escribir por la brocha del pintor, la cuartilla por el lienzo, la idea por el color…

En fin, cuando los jóvenes logramos acorralarlo en la terraza, arrancándolo a esa tira de viejos que lo tenían acaparado, sentí que había en el aire una pregunta incómoda que alguien tenía que formular, y ese alguien, que tal vez fui yo mismo, le preguntó a Eielson por qué había cambiado la poesía por la pintura, y él aclaró que se trataba de espacios diferentes, y no dijo nada más… Eso no respondió satisfactoriamente a mi pregunta, pero no insistí, y más bien nos tomamos unos tragos, y él andaba fascinado con el Desierto limeño que está aquicito nomás, al alcance de tu mano… Mirko conocía mejor el tema, porque por entonces ya era un tremendo surfer, y luego estuvieron yendo a la playa del Regatas…En fin, esa noche le conté que pronto viajaba a París con mi mujer que era francesa, y Jorge Eduardo me dijo que lo llame y me dio su teléfono, sin imaginar que a los pocos meses yo ya estaría llamándolo desde el mismísimo Paris, y que esos meses serían además los de mayo ’68, en el Paris revolucionario, mismo Comuna de París…Quedamos en vernos en un cafecito de la Mutualité, cerca de donde vivía con su pareja, el barbudo sardo Michele, que cultivaba su parecido con el Blutus de Popeye en la TV….

Al rato ya me estaba paseando por el Barrio Latino con Jorge Eduardo y Michele, que me contaban miles de anécdotas sobre París, pintores y poetas, pasando de café en café, de bar en bar, en ese ambiente eléctrico del Mayo francés, donde los príncipes eran los estudiantes pelucones, sucios, rotosos, marihuaneros, pacifistas, que se paseaban con guitarras y saxofones y de pronto lanzaban discursos airados contra la burguesía, porque querían cambiar el mundo ellos también……Como yo diera una propina a un clochard que me caía simpático, Jorge me dijo: “No son tan simpáticos”, y procedió a contarme la historia del gran Samuel Beckett, a quien, borracho de ron, unos clochards malvados habían empapado en ron, y le habían prendido un fósforo… Se salvó echándose al Sena, que está a la mano para casos como este, y pasamos de un bar a otro, de un tema a otro, porque Eielson había conocido a ese gringo loco del John Cage, y a varios de los beats, como Ferlinghetti, que había visitado en City Light Books, y Burroughs, que habria estado en el Perú y lo cuenta en unas cartas –porque nunca estaba anocheciendo, y siempre estaba amaneciendo en aquel mes de mayo florido– y en “Chez Georges”, que estaba atendido por un argentino, encontré un silencio estratégico en la conversación, y le volví a clavar mi misil, insistentemente. …“Por qué dejaste la poesía por la pintura?”, que estaba lleno de sobreentendidos. Y esta vez sí Eielson se dio la pena de contestarme, y me dijo: “Porque el Tiempo es muerte, y el Espacio vida”, que me dejó pensativo durante largos años….

Eielson me invitó a pasar por su taller, que visité a los pocos días y me impresionó como a un verdadero provinciano, porque tenía el piso de tablones todo pintado de blanco, que formaba un paralelepípedo rectángulo con los muros que subían al techo y también estaban pintados de blanco hasta las vigas, llenos de coloridos cuadros de Eielson, de Michele y muchos otros, y te daba la impresión de estar en una película de Fellini, y olía a incienso, con música repetitiva de Terry Riley, o de Bob Marley, y uno se sentía en un ambiente raro y exquisito, con gente en general europea o gringa, marchands, coleccionistas, periodistas de revistas de arte, pintores de vanguardia, y unos personajes de la fauna parisina, que te hacían parpadear… Jorge Eduardo se afanaba en la cocina, al servicio de sus invitados, preparando un plato italiano sobrio y magnífico, no sé, un caviar de berenjenas, o unas lonjas de prosciutto di Parma, un queso camembert o un chevre de esos sublimes que no se encuentran sino en París…Y los vinos… era un hombre del Renacimiento este Eielson, estaba en todas…

De súbito me di cuenta que Eielson no vivía como poeta, sino como pintor. Yo no conocía a ningún poeta que viviera así, con esa gracia, con esa sabiduría, rodeado de tantos talentos diferentes… Casi todos los poetas eran una manga de borrachos que vivían en los bares, que desayunaban, almorzaban y cenaban en “El Palermo”, por ejemplo, y habitaban pisos feos, cuartuchos polvorientos, hoteluchos miserables como los que frecuentó César Vallejo durante los 15 años que vivió en París. En Lima los poetas no vivían como Eielson, sino como adocenados clasemedieros con súper bibliotecas, o directamente como misios y cachueleros. Contrariamente a ellos, Eielson desplegaba el gran arte de vivir, que es común entre pintores y artistas, pero que es rarísimo entre poetas, y sobre todo peruanos, que desde Vallejo no han hecho sino izar bandera de miserabilismo, y viven de cualquier manera, creyendo que el refinamiento con que tratan a la lengua los exime de cualquier otro…

Por otro lado el tipo de pintura en el que estaba inmerso Eielson estaba pasando por un momento interesantísimo, que era la muerte de los ismos que la habían tironeado y sacudido durante el último siglo, dentro de una intensa reflexión de críticos, filósofos, pintores, y era ahora, más que nunca “cosa mentale”, como la había definido Leonardo. Y Eielson se colocaba en el centro de la reflexión con la pintura no objetal, o conceptual, que había exhibido en la Galería Yvon Lambert en 1968. En alguna entrevista dijo que su vida era su verdadera obra de arte, y yo le creo. Antes estuvo cercano a Lucio Fontana y sus cuadros lacerados, a Piero Manzoni y sus ampolletas de “sangre de artista”, pero ahora se dejaba ganar por algo más sensual, más irónico como las instalaciones y los juegos de Fluxus, y sus “intervenciones” en la realidad, como aquel evento en el Metro de París, en que Eielson, Hastings e Yvonne von Mollendorf repartieron bocaditos y gaseosas gratuitas a los sorprendidos viajeros. Había mucho de poesía en todo aquello, pero cada vez que nos veíamos, hablábamos casi exclusivamente de pintura, como si ambos no fuéramos poetas, o precisamente por ello. Había dejado de hacer “pintura pintada”, y sobre todo su serie de “Quipus” que siempre fue muy afortunada y nunca le faltaba un comprador para ella. Por cierto, me debe uno…

La última vez que hablé con él fue por teléfono, directo Lima-Milán. Me habían encargado invitarlo para un congreso literario en Cajamarca, como invitado de honor, Respondió con voz confidencial y quebradiza que ahora mismo él estaba a la cabecera de su amigo Michele, que se consumía derrotado por el cáncer, y no podía abandonarlo ni un solo instante, como no lo había hecho los últimos 40 años… Me excusé por mi impertinencia, y le dije adiós al amigo, a los dos amigos que finalmente bien poco se sobrevivieron el uno a otro, como suele ocurrir en las viejas parejas que se aman… (Rodolfo Hinostroza)

 


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