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Entrevistas Mario Vargas Llosa defiende el Museo de la Memoria como impulsor de la democracia y antídoto contra el autoritarismo.

El Horizonte de la Memoria

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Sábado 19, en el balcón de su departamento barranquino, a las 6 y 15 de la tarde.

“El mar es pacificador”, comenta sobre el paisaje del litoral barranquino del que goza desde el balcón de su departamento. Similar, por cierto, al del terreno privilegiado que el alcalde miraflorino Manuel Masías asignó para la construcción del Museo de la Memoria. En la bruma de la tarde del sábado se perfilan el Morro Solar, la Isla San Lorenzo y el acantilado del terreno mencionado. Como en una novela, la violencia de los últimos dos siglos es tejida sobre el horizonte.

Luego de buen trecho de transcurrida la entrevista, las pupilas de Mario Vargas Llosa parecen encontrar un foco de atención y las ideas que se fueron desgranando de a pocos comienzan a conectarse, a ser casi mecanografiadas, con facilidad pasmosa. Todas sirven para sostener la gran premisa: si el proyecto es exitoso, el Museo de la Memoria contribuirá a impulsar la cultura de la democracia en un país huérfano de ella.
En el acto del miércoles 16, donde se oficializó la entrega del terreno, su discurso fue precedido por el de Vanessa Quiroga, quien a los cinco años perdió una pierna durante el infernal atentado de Tarata. La descripción que hace Vargas Llosa parece ajustarse a su propia filosofía sobre el Museo:

“A la criatura los escombros le partieron la pierna. La madre la llevó al hospital y regresó para buscar la pierna, que cuando la encontró estaba tan desecha que ya no se la pudieron coser. Lo extraordinario del testimonio de esta chica es que lo hizo de una manera risueña, tomándose a ratos en broma ella misma cuando contaba estas anécdotas, de tal manera que había una humanidad en el testimonio que conmovió a la gente. Ni truculencias, ni frivolidad, ni aparatosidad teatral. Era desgarrador y al mismo tiempo era hermoso escucharlo”.

Algunos demonios del escribidor asoman la cabeza durante la charla de más de una hora concedida a CARETAS: la herencia infame del fujimorismo, las posturas obtusas de la izquierda recalcitrante, las hondas contradicciones peruanas, la precariedad institucional del país, el envilecimiento de la esfera pública.

Pero todos conducen al mismo anhelo. La defensa de la democracia liberal es a su discurso político lo que la búsqueda de la libertad personal significa para tantos de sus personajes literarios.

–¿Dónde está el principal punto de discusión en torno al Museo de la Memoria?
–La última encuesta del Latinobarómetro pone los pelos de punta: el 50% de los peruanos no creen en la democracia y los que creen lo hacen a regañadientes, con más objeciones que entusiasmos. Eso significa que, aunque tengamos un estado de derecho, un régimen de libertades, elecciones, instituciones representativas, todo está montado sobre bases sumamente frágiles y ante cualquier circunstancia adversa, sea una crisis económica o el rebrote del terrorismo; se pueden echar abajo y volver una vez más a la tradición de los golpes de estado y los regímenes autoritarios. Reforzar la democracia es una prioridad en un país como el nuestro. El Museo de la Memoria puede contribuir muchísimo a fortalecer esas bases democráticas.

–¿Cómo convertir el museo en un espacio de esa naturaleza?
–Siendo una institución en la que, en primer lugar, se vea de manera gráfica, clara y persuasiva lo que significó el terrorismo, es decir, el fanatismo político, y lo que significó combatirlo trasgrediendo la ley. Lograr que los peruanos, no solamente de ahora sino de futuras generaciones, diría sobre todo los jóvenes, se enfrenten a su pasado de una manera creativa. Al mismo tiempo que sirva como lugar de investigación, de estudio y de reflexión. Hoy en día la tecnología audiovisual extraordinaria nos puede permitir, ahora que todavía estamos tan cerca de los acontecimientos, construir un gran archivo que permita investigar de una manera científica por qué ocurrió, cómo ocurrió y qué consecuencias tuvo. De ahí se puede sacar una lección muy positiva y convencer a la gente de una manera febaciente de que el camino no pueden ser ni las bombas, ni los secuestros, atentados, masacres, torturas y desapariciones. Eso provocó una hecatombe que no tiene antecedentes en la historia del Perú

–¿Qué museos de la memoria le han impactado?
–Muchos. El museo judío de Alemania es extraordinario. Es un ejemplo de conducta democrática frente al pasado y frente a la memoria. El último que me conmovió mucho fue el de Kigali en Ruanda, ahora que estuve en el Congo con la novela que estoy escribiendo. Tuve que salir de ahí porque se desató la guerra civil una vez más en Goma y realmente agradezco a Médicos sin Fronteras, que me sacaron. Sin planearlo, vi de cerca lo que significó la matanza étnica en la que murieron por los menos 800 mil ruandeses. Es un museo pequeño en donde está maravillosamente descrita, y con imparcialidad, esta matanza. Sus causas políticas, sociales y étnicas. Algo absolutamente impresionante, muy bien hecho. Sospecho, eso no lo sé, que probablemente con el asesoramiento israelí de quienes hicieron el museo de Yad Vashem.

–¿Por qué?
–Por su composición y la manera como está organizado. Ver ese museo en Jerusalén ha sido una de las experiencias más atroces que he tenido en mi vida, y al mismo tiempo una de las más enriquecedoras. Ahí el Estado judío muestra al mundo su tragedia con una claridad y honestidad realmente estremecedoras. Pero al mismo tiempo este horror es una cosa muy bella porque está organizado por artistas de muy buen gusto, que han sabido evitar la truculencia y el sentimentalismo barato a los que se prestaba una cosa así. Está hecho con gran dignidad, con gran sobriedad sin ocultar el horror, que está ahí, absolutamente crudo y directo. En Ruanda, siendo muy distinto el contexto, es lo mismo. Una parte es la lucha étnica, van los familiares de víctimas y victimarios y se ven las caras en el museo. Al mismo tiempo está muy bien matizado. Es muy importante dar el contexto de lo que ocurrió para poder entenderlo, si no no lo entiendes. Si a ti te dicen que un partido político declara la guerra a la burguesía, cuando se sale de una dictadura, colgando perros en las calles, no lo entiendes. Ahí hay una estupidez tal que te ciega la comprensión. Ese museo te da todos los instrumentos de comprensión para que veas que eso no es estupidez, que detrás de eso hay un fanatismo que racionaliza y actúa mentalmente en cierta dirección. Y que la democracia, con toda lo imperfecta que es, es lo único que atenúa y puede llegar a erradicar la violencia política en una sociedad.

De Rey A García

–Argumentos como el fujimorista advierten que no es un momento para el museo, porque la amenaza senderista sigue latente. El ejemplo de Ruanda, un país todavía convulsionado, dice algo muy distinto.
–Ahora es cuando necesitamos el Museo de la Memoria. Es una ingenuidad creer que algún país puede llegar a exonerarse totalmente del riesgo de la violencia. Necesitamos encarar la violencia con instituciones que muestren lo que esta significa para una sociedad. Esa es la razón de ser del museo. Hay una oposición que es muy minoritaria, gente que tiene las manos llenas de sangre, que torturó, que mató y secuestró. A esa minoría pequeña nadie la va a convencer. Se siente amenazada, y con cierta razón. La última encuesta que he visto sobre el museo tiene un 67% a favor y un 25% en contra. Estoy seguro que en el último porcentaje hay un sector muy amplio de gente influida por la propaganda y las campañas feroces. Creen que el museo va a servir para atacar al Ejército y para que los grupúsculos de extrema izquierda se enquisten y lo conviertan en un organismo suyo, de legitimación, que sirva para atenuar los crímenes de los terroristas. Se le puede persuadir con hechos que mientras yo esté ahí no va a ocurrir nada de eso.

Es completamente absurdo pensar que yo pueda servir de escudo, de biombo para la extrema izquierda en el Perú. Creo que pocas personas han sido tan atacadas y calumniadas por la extrema izquierda. He repetido hasta la saciedad que los casos de los militares que murieron defendiendo la Constitución y la legalidad, defendiéndonos contra Sendero, tienen que estar representados en el museo sin ninguna duda.

Me dio gusto que (el comandante general del Ejército, Otto) Guibovich mandara al general Hurtado al acto. Le dije que quiero visitar a Guibovich para que nos ayude a establecer el número de víctimas que tuvieron, quiénes fueron asesinados, quiénes sufrieron atentados. Va a ser el museo de las víctimas de Sendero, del MRTA y de quienes violentando la ley pensaron que el fin justifica los medios y que se podía matar y torturar, estableciendo claramente las jerarquías: la primera responsabilidad es la del terrorismo y eso estuvo siempre clarísimo para mí.

–Quien sí faltó al evento fue el ministro de Defensa, Rafael Rey, que fue muy cercano a usted en Libertad y la campaña de 1990.
–Lo lamento. Muchos estuvieron conmigo porque parecían identificados con mis convicciones democráticas. Durante el régimen de Fujimori, Rafael Rey me sorprendió mucho. Lo diré con toda franqueza: yo tenía mucho afecto por él, era muy joven, parecía muy puro, muy identificado con la democracia y con lo que era mi idea de reforma liberal en nuestro país. Al ver que colaboró con la dictadura fujimorista me llevé una de las grandes sorpresas de mi vida. Jamás habría esperado eso de Rafael Rey.

–El Presidente también ha sido ambivalente con el tema.
–Al principio tuvo aprensiones por las manifestaciones de ciertos militares. Dentro del gobierno parece haber pareceres divergentes como los de Rey, y antes Ántero Flores Aráoz, y el vicepresidente Luis Giampietri. Pero, clarísimamente, el Presidente de la República ha tomado una posición determinada. Decidió apoyar al museo y se lo agradezco.

Las Raíces Del Apocalipsis

–¿Tiene certeza del porqué se desencadenó la violencia senderista?
–Detrás de toda esa tragedia está la problemática peruana en general, las inmensas desigualdades, la falta de comunicación entre las distintas comunidades. El Perú es un pozo de antagonismos. De un lado, un país absolutamente moderno del siglo 21 y otro encerrado en un mundo sumamente primitivo. Se crean prejuicios de un lado y resentimientos del otro. Después llega la locura ideológica extremista. Eso viene de los años 50’s, se incrementa en los 60’s y viene el reflejo de los extremismos maoístas fundamentalistas. Sendero es el gran responsable, la fuente primigenia. Pero no está solo, hubo otros grupúsculos, toda una cultura extremista de la revolución, convencida que la democracia no servía para nada, que era la máscara del explotador, que solamente mediante la acción directa y la propaganda armada, la guerrilla podía traer la justicia social. Todo eso está detrás de esa forma extrema y enloquecida que tomó Sendero Luminoso. Todo tiene que ser estudiado en profundidad. Hubo un muy serio comienzo de investigación con la Comisión de la Verdad, injustamente atacada en gran parte porque no fue leída. Creo que la CVR cometió el error de publicar ese enorme material sin haber hecho al mismo tiempo una síntesis ágil como la que hizo en Argentina la Comisión Sábato.

–En su trabajo, y en novelas como Historia de Mayta, ha registrado el devenir de la izquierda en América Latina, pero no se llega a entender el salto al fanatismo senderista.
–Eso no nace de la noche a la mañana. La izquierda en el Perú y América Latina no creyó en la democracia. Y hay que reconocer que la derecha tampoco creía mucho en la democracia. Cuando había problemas llamaban a los militares. Un momento decisivo y trágico para el Perú es la dictadura de Velasco Alvarado. Hay sectores de izquierda que para distanciarse entran en un proceso de intoxicación y se radicalizan cada vez más. No les queda otra que proponer el Apocalipsis como solución. Eso explica la aparición de Sendero, que es la forma más extrema de distanciarse de una dictadura militar que se proclama socialista y con la que comienza a trabajar el Partido Comunista pro soviético. Es lo que te explica no solamente la violencia enloquecida sino también la parálisis de un amplio sector de la izquierda que no es terrorista pero que no se atreve a enfrentarse a Sendero. De otra parte, nuestra tradición no es democrática. No teníamos instituciones preparadas para un desafío de ese tipo. Ni la sociedad civil ni la militar estaban preparadas para una lucha como la que desató SL o el MRTA. Entonces fue casi una consecuencia inevitable que vinieran las violaciones de la ley y los excesos. Desde luego, con la dictadura de Fujimori ya no se diga, pues eso llegó al vértigo homicida. Si no lo atajamos vamos a volver tarde o temprano al circuito terrible de brevísimos paréntesis democráticos y largas dictaduras. Eso no está descartado del futuro peruano, por desgracia. Basta leer ciertos pasquines y se te ponen los pelos de punta. Es un lenguaje de la violencia más frenética. La violencia está alrededor nuestro y aprovecha culquier pretexto para manifestarse, sin ninguna duda.

–¿Ese discurso de violencia se reproduce actualmente entre los actores políticos?
–Creo que no. Sendero ha dejado una herida tan grande que no hay sector de hoy día de la izquierda más o menos vigente que lo haga suyo. Aunque todavía hay sectores confusos y acobardados que no se atreven a condenar. En la derecha hay sectores que todavía siguen creyendo que el hombre fuerte, la mano dura, es lo mejor frente al riesgo de una violencia de izquierda. Eso explica que el fujimorismo tenga 20 por ciento de intención de voto a pesar de una política económica de derecha y exitosa. Es la única explicación para que, si las encuestas son exactas, ese sector esté dispuesto a votar por una señora cuyo único programa es sacar de la cárcel al papito que está acusado por asesino y ladrón. En la derecha también hay una carencia democrática terrible. Eso lo queremos subsanar en la medida de nuestras fuerzas. En la mía, un granito de arena puede ser la creación de este museo.

–El del museo será un ejercicio fascinante si se toma en cuenta la singularidad de Sendero.
–No hay comparación con ninguna de las otras guerrillas en América Latina, justamente por el nivel de sectarismo y violencia. No se olviden que su primera exposición pública son perros colgados en los postes de Lima. Eso te da la idea de salvajismo, y la irracionalidad, el culto a la muerte. Te da una idea de esa especie de fascinación de la violencia místicamente entendida como una especie de ejercicio de purificación. La famosa cuota de sangre que tenían que pagar sus militantes, es un caso de verdadero enloquecimiento, de idealización de la violencia, como yo he visto pocos en la historia. Son los extremos de los grupúsculos rusos del siglo XIX, los famosos “terroristas”, que por lo menos pagaban con su vida los asesinatos que cometían. Sendero no hubiera podido llegar a eso sin un contexto determinado que tiene una larga trayectoria de sistemática justificación de la violencia, al principio puramente teórica, y de rechazo y condena de la democracia. Mucha gente joven se ilusionó con esa insensatez tan demencial e indigente, de un nivel intelectual absolutamente lastimoso, y el resultado fue la cantidad de sangre, sufrimiento y destrucción que vivió el Perú. Creo que eso no ha calado suficientemente en la sociedad peruana como para que haya una reacción radical contra la violencia política y justamente el museo puede servir muchísimo para crear esa conciencia.

–¿Cómo vislumbra el museo?
–Tendría que ser, sin ocultar el horror y la violencia, un sitio acogedor, donde tú vayas y te sientas inducido a reflexionar, a conciliar, a entender, que te sientas además de alguna manera protegido, que todo ese contorno de violencia está siendo exorcizado, que ahí, precisamente porque se sufrió tanto, ya no se va a sufrir más. Creo que tiene que evitar la truculencia y la frivolidad, porque hay una frivolidad en la exhibición de la violencia que es muy peligrosa. Tiene que ser serio, digno, instructivo y, al mismo tiempo, de una calidad que justifique el ir a visitarlo. No se trata de aterrorizar a la gente ni muchísimo menos a llenarla de asco. Hay que apelar a la razón, fundamentalmente. Tampoco hay que verlo como un mero producto de la CVR, esa también es una visión pequeña, estrecha y sesgada. Naturalmente, la idea nace con la Comisión de la Verdad, pero queremos ampliarlo con la perspectiva que tenemos hoy en día, y que en él puedan participar cada vez más capas, secciones de la sociedad peruana. Y al mismo tiempo, si echa raíces no hay por qué concentrarse solo en esa época pues la tradición de la violencia en el Perú es muy antigua y no tiene solamente una cara política, tiene una cara social, tiene una cara cultural. Todo eso de alguna manera debería tener su reflejo en el museo. Tampoco debe concentrarse en Lima ni mucho menos, debe irradiar hacia el resto del Perú mediante exposiciones temporales, conferencias, seminarios y técnicas audiovisuales que llegan al público con la idea de crear una cultura democrática, de convivencias, de comunicación y sobre todo de paz.

Democracia En Riesgo

–En los actos de reparaciones colectivas, las mujeres viudas, víctimas de la violencia, sollozan como si sus maridos hubiesen sido asesinados ayer. ¿Cómo observa la memoria desde esa perspectiva?
–¿Cómo no van a seguir llorando señoras que perdieron su casa, que perdieron sus sembríos, que tuvieron que salir disparadas por que se las mataban, que han quedado en el desamparo más total? Naturalmente, esas personas no creen en la democracia. Si queremos construirla tenemos que darle contenido. El Perú está viviendo una buena época, está progresando, creciendo como no ha crecido en muchísimo tiempo, y eso, que se lo debemos a la democracia, fíjate qué poco entusiasmo despierta en tanta gente.

–¿Cree que Luis Castañeda, siendo puntero temprano, cree en el discurso democrático?
–Él presenta sobre todo una credencial de obra hecha, pero ideas, hasta ahora, no. No aparecen ideas en la campaña.

–¿Le inquieta el 2011?
–Es preocupante. Llevamos 10 años de crecimiento, de dos gobiernos democráticos con una política económica sensata, creo que con un consenso bastante amplio. Necesitaríamos por lo menos otros diez años de continuidad, de estabilidad como para dar un salto que haga irreversible el proceso, que nos lleve a lo que ha llegado Chile, donde no importa quién ganaba de los tres candidatos. Puede haber cambios, ajustes, pero el modelo no cambia, lo que explica su prosperidad. Siempre tenemos la gran incertidumbre de qué va a ocurrir en las próximas elecciones. Si queremos vacunarnos contra eso hay que entender que el verdadero desarrollo no son solamente victorias económicas. Tiene que haber al mismo tiempo un progreso social y cultural, un perfeccionamiento de lo que es el sistema democrático. A eso es en lo que hay que contribuir cada uno en su esfera. Esa es la razón de ser del Museo de la Memoria y es por lo que yo me he metido a tener más dolores de cabeza.

–Entrevistado en El Comercio se refirió a dos atentados que perpetró Sendero contra usted. ¿Cuáles fueron?
–Uno fue en Pucallpa. Un comando casi nos vuela. Para suerte nuestra había un grupo de autodefensas campesinas que se encontraron con los terroristas que esperaban el avioncito en el que yo llegaba. Balearon a tres o cuatro campesinos. Después pusieron una bomba junto al cuarto de Morgana, que era una chiquita. Felizmente el guardián la detectó y la Policía la desarticuló antes que estallara. O sea que pensar que tengo cariños por Sendero y que voy a contribuir a revalorizarlo es un disparate.

–En retrospectiva, ¿que impresión le quedó de la Comisión Uchuraccay?
–Ahí viví de cerca los extremos de violencia que se avecinaban. Ahí se podía medir (hace una pausa). Esa experiencia me cambió la vida, me hizo conocer un nivel de barbarie del que yo no era consciente en el Perú, que se hubiera podido llegar a una cosa tan atroz: comunidades indígenas que sacrificaban gente, y a su vez ellos eran sacrificados como si fueran números, no seres humanos. Nadie en el Perú tenía la más remota idea de lo que estaba ocurriendo arriba entre los iquichanos. Eso explica de que esos periodistas fueran, se acercaran y sean masacrados por gentes que no querían masacrarlos, sino que estaban viviendo en el terror, en el miedo, y además en la rabia y el odio por lo que les pasaba. Eso genera esa ferocidad.

–¿Y qué recuerda de las reacciones sobre sus conclusiones?
–Durante años he sido prácticamente acusado de haber asesinado a los periodistas. Solo faltó eso de esa izquierda fanática ciega que no acepta la verdad sino es su verdad. El juez me tenía nueve horas declarando y me preguntaba “cuáles eran sus encajes bancarios”. Yo no entendía que quería saber sobre mis cuentas bancarias antes y después de ser miembro de la comisión. Es decir, cuánto me pagaron por matar a los periodistas. Y lo aplaudían. Tenemos que acabar con eso, viejo. (Entrevista: Enrique Chávez y Marco Zileri)

 


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