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Efemérides La obra cumbre del Inca Garcilaso de la Vega, los Comentarios Reales, fue escrita hace cuatro siglos. El mundo aún lo celebra.

400 Años El Inca Mestizo

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A la memoria de Aurelio Miró Quesada y Luis Alberto Sánchez, sanmarquinos y garcilasistas eminentes.

En su papel de eslabón entre dos culturas dramáticamente distintas, Garcilaso es un documento en sí mismo: uno de esos documentos humanos que pueden ser más esclarecedores que cualquier archivo inanimado sea que tenga el aspecto de hileras de nudos atados en cuerdas o hileras de letras puestas sobre un papel”. La cita del historiador británico Arnold J. Toynbee es una invitación a conocer la vida y leer la obra de este exiliado nostálgico considerado a la vez un “brillante quipucamayo” y un “escritor renacentista”.

Un 12 de abril de 1539, esto es, cuarentisiete años después del primer viaje de Colón y transcurridos ocho desde el desembarco de Pizarro en las costas de Tumbes, nació un niño en el Cusco. Su padre fue Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas, conquistador español, y su madre, Chimpu Ocllo, nieta de Tupac Yupanqui y sobrina de Huayna Capac. Se ha dicho que el encuentro de sus padres fue amplexo fecundo, enlace simbólico, connubio histórico o violación abyecta, y que el nacimiento del niño fue inicio de una raza nueva o punto de partida de un dañino proceso de hibridación y bastardía. Hay para todos los gustos. Lo cierto es que ni el capitán extremeño hablaba el quechua ni la ñusta cusqueña el español.

El recién nacido fue bautizado como Gómez Suárez de Figueroa, nombre de varios familiares paternos, como era costumbre en la España de la época. El guagua mamó el quechua en los pechos de su madre y aprendió a leer y escribir el castellano con su ayo y tutor Juan de Alcobaza. Durante su niñez sintió “el ruido y la furia” de las guerras entre los conquistadores, asistió a la desestructuración del mundo andino y compartió la tristeza de aquellos a quienes se les “había trocado el reinar en vasallaje”. En su adolescencia mantuvo contacto con la cultura andina por medio de sus parientes maternos, y a través de su padre se relacionó con el mundo de los conquistadores. Su vida en el Cusco transcurrió “entre armas y caballos”, jugando a las cañas, ayudando al padre encomendero con sus cuentas gracias a su conocimiento de los quipus, “viendo y oyendo” a sus parientes maternos –especialmente a su tío abuelo Cusi Huallpa– y asistiendo a sus fiestas.

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La ruta del Inca.- Hasta Montilla, España, llegaría el Inca Garcilaso a vivir en casa de su tío, el capitán Alonso de Vargas y Figueroa. Y en España, precisamente, Miguel de Cervantes entraría en contacto con la obra cumbre del Inca: los Comentarios Reales.

En 1558, antes de cumplir veinte años, de acuerdo a la voluntad paterna, viajó con una pequeña herencia a España. Tras un breve paso por la Ciudad de los Reyes se embarcó en el puerto del Callao. Llegó a Lisboa y pasó a Sevilla. Denegados los reclamos que presentó en Madrid ante el Consejo de Indias (una especie de Ministerio de Asuntos Coloniales de la época) se instaló en la villa andaluza de Montilla en casa de su tío, el capitán Alonso de Vargas y Figueroa. Allí crió caballos, apadrinó bautizos y cambió su nombre a Gómez Suárez de la Vega y casi de inmediato a Garcilaso de la Vega. También peleó contra los moriscos alzados en rebelión en la sierra de las Alpujarras, donde alcanzó las insignias de capitán.

Se hizo de una excelente biblioteca cuyo inventario debemos a José Durand. Se dio a la lectura y frecuentó a sacerdotes, estudiosos, humanistas y anticuarios. No descuidó informarse a través de sus paisanos de ultramar sobre “los reinos del Perú”. Obligado en sus “niñeces” a actuar de traductor por las dificultades de comunicación entre sus padres y sus parientes, cuando había transcurrido más de la mitad de su vida emprendió la tarea de traducir los Dialoghi d’Amore escritos en italiano por León Hebreo (un médico y filósofo sefardita cuya familia dejó España cuando la expulsión de los judíos en 1492). Podría decirse que el proceso de pasar de una lengua a otra las reflexiones del autor neoplatónico produjo en Garcilaso una importante transformación interior y le permitió otorgar simbólicamente a sus padres la capacidad de dialogar entre sí. En la portada puso “La traducción del indio de los tres Diálogos de Amor de León Hebreo hecha de italiano en español por Garcilaso Inca de la Vega natural de la gran ciudad del Cusco, cabeza de los reinos y provincias del Pirú”. Una línea le bastó para proclamarse indio y otra para intercalar la palabra Inca entre sus apellidos paternos de estirpe castellana y de esta manera autorizarse a sí mismo a llamarse “mestizo a boca llena”.

Había dado inicio a su carrera de escritor. Años más tarde publicó la Historia de la Florida, narración que da cuenta de las andanzas de Hernando de Soto –el conquistador a quien conoció cuando era un niño pequeño y cuyo caballo, según el verbo florido de José Santos Chocano, “salpicó con sus espumas las insignias imperiales”–, del heroísmo de los aventureros españoles y de la valentía y pundonor de los indígenas. Carlos Daniel Valcárcel ha comentado con agudeza respecto al Inca que “América lo españolizaba y España lo volvía al regazo de aquella fabulosa India (...) descubierta por Colón”.

En 1609, esto es, hace cuatrocientos años, publicó los Comentarios reales de los Incas. Como dice Sara Jakfalvi-Leyva, se había propuesto traducir un mundo. La obra trata del “origen de los Incas, Reyes que fueron del Perú; de su idolatría, leyes y gobierno en paz como en guerra; de sus vidas y conquistas, y de todo lo que fue aquel Imperio y su República”. En el texto, madre y mama, tierra y pacha, grafía castellana y oralidad andina convergen en el espacio potencial de la página en blanco. Al recuperar la memoria del bien perdido, el Inca Garcilaso de la Vega estaba construyendo puentes, intentando una síntesis, dando sentido al trauma fundante y coherencia mestiza a los fragmentos dispersos por la desestructuración del mundo andino.

Las páginas de los Comentarios contienen “la más sugestiva lección sobre el nombre del Perú”. El nombre patrio apareció en circunstancias semejantes a las que habían sacudido el alma del niño Gómez. Raúl Porras Barrenechea ha seguido los pasos del viejo cronista cuando se adentró en los orígenes españoles e indígenas del vocablo para afirmar que tal dicción no existía en la lengua general de los Incas y concluir que el nombre del Perú fue impuesto por los españoles y terminó sustituyendo los nombres Tawantinsuyu y Nueva Castilla por un nombre sin explicación precisa en español, antillano o runa simi pero que, “como lo atestiguan Garcilaso y su propia fonética enfática… lleva una entraña india invadida por una sonoridad castellana”.

Conforme lo había anunciado en las líneas finales de los Comentarios, éstos tuvieron una segunda parte, referida a “las heroicas e increíbles hazañas de los españoles que ganaron aquel Imperio”, publicada en 1617, después de su muerte. Previsor y metódico, adquirió un arco y su capilla en la Mezquita-Catedral de Córdoba que “le serviría de enterramiento”. Como si no le hubiese sido suficiente haber vivido su vida, escrito sus libros, diseñado su escudo y redactado su testamento, hizo inscribir en su lápida lo más significativo de su trayectoria vital:

“El Inca Garcilaso de la Vega: varón insigne, digno de perpetua memoria: ilustre en sangre: perito en letras: valiente en armas: hijo de Garcilaso de la Vega: de las casas de los Duques de Feria e Infantado, y de Elizabeth Palla; comentó La Florida: tradujo a León Hebreo y compuso los Comentarios Reales. Vivió en Córdoba con mucha religión: murió ejemplar...” (Max Hernández)

 


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