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Cultural La legendaria historia de los pioneros de la caza submarina en el Perú según el registro de los "Cuadernos Submarinos" de Juan Carlos Mústiga.

Héroes de Las Aguas

7 imágenes disponibles FOTOS 

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1964, mitológico cazador submarino Angel Mimbela con cuatro meros "ojo chiquito" capturados en huarique norteño.

Juan Carlos Mústiga conoció el mar como una anticipación interior. Este le alborotaba el alma cuando a bordo de la línea 48, en la ruta Pueblo Libre-Cantolao, se trasladaba del asfalto al agua salada. Ya en la playa de La Punta, explorando las profundidades no muy lejanas de la orilla aunque al mejor estilo de Mike Nelson, o sea Lloyd Bridges en la serie de tv “Investigador Submarino”, Mústiga encontraba perdidos bajo el agua casquillos de bala, moneditas, prendedores de femeninos cabellos confiscados por las olas como peaje por un domingo en la playa. A los nueve años tales hallazgos cabían dentro del rubro de tesoros.

Con el tiempo llegó a Pucusana, bahía única y aún impoluta, donde conoció la natural sociedad entre pescador y buzo. Esta se traducía en la modesta generosidad de las chacras de Yupanqui, Manco, Emiliano, entonces pobladores del balneario, y la armonía entre la grácil naturaleza del mundo submarino y su reflejo terreno. Al comienzo fue más que nada vomitar desde la chalana mientras se acostumbraba al bamboleante umbral entre ambos mundos, pero luego la fascinación no tuvo marcha atrás. Sus tutores eran los viejos buzos fundadores de la prehistoria de la caza submarina peruana. Estos acogían y apadrinaban a los más jóvenes, que sin saberlo entonces se codeaban con tritones como Antonio Biffi Urbieta, Eduardo Coronado Dagnino y Juan Gallia Rivarola. Los dos primeros, chalaco y punteño respectivamente, eran deportistas de nota. Uno en saltos ornamentales, el otro waterpolista, además de inventor. Biffi construyó la primera máscara de buceo que se utilizó en el Perú. La hizo con retazos de caucho de llantas de la Goodyear, donde trabajaba. Luego también improvisaría el primer snorkel usando un trozo de manguera de riego. Tales fueron los maestros que el mar le diera. Acaso por retribución a la temprana muerte de su padre, ahogado en un sereno lago norteamericano.

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Mústiga, ya buzo, estudió literatura y lingüística. Tanto en la caza submarina como en las letras encontró ritmo e imágenes afines provocando el prodigio de la sinestesia: la unión de experiencias propias de diferentes dominios sensoriales.

Acoderado en el silente refugio de una marginalidad de lujo, la profundidad, Mústiga descubrió que sumergirse privándose de oxígeno suponía una real y metafórica extracción de las convenciones y del mundo. El riesgo: Olvidar la necesidad de oxígeno, consecuencia de la hiperventilación al bloquear el anhidrido de carbono, produciendo un sopor sin sensación de asfixia conocida como la Muerte Dulce. Varios de los buzos más notables, como Eduardo Coronado, murieron así.

A pesar de la tentación, Mústiga ha dedicado el aire de sus pulmones a escribir “Cuadernos Submarinos” (publicado por la colección Nuevas Crónicas de Renato Sandoval). Una justiciera y hermosa historiografía de los orígenes de la caza submarina peruana que honra el simple lujo de la vida sana y natural, regida por los nobles códigos de la solidaridad y la camaradería. En tiempos que ir a la playa supone encontrarse con una intoxicación en serie de frivolidad, que le da la espalda al mar para verse compulsivamente el propio ombligo, Asia le llaman, sumergirse en las páginas de estos cuadernos es un refrescante y fresco chapuzón en aguas por siempre cristalinas. Y en la Hora Mágica, cuando los peces son pétalos nocturnos ante los que el más afilado arpón dubita.

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