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Edición 2070

19/Mar/2009
 
 
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Personajes Nuevas constelaciones aparecen para la actriz Magaly Solier. Luego del éxito de La Teta Asustada, llega con su primer disco solista.

Magali Solar

4 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

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Absorbiendo el caos capitalino, la aparente dulzura de la Solier no termina de dejar atrás la violencia vivida en los años del terror.

Pan con lechón en mano, Magaly Solier explica los dos golpes más certeros a la hora de defenderse de los malos hombres: uno en la garganta, y el otro en los testículos. En una de las mesas del bar Juanito en Barranco, la estrella de La Teta Asustada navega libremente en las aguas de lo políticamente incorrecto y dice que golpe con golpe se paga. Como prueba alza sus manos con esas uñas pequeñísimas de tanto comérselas a pesar del ají que se unta en ellas, y muestra sus nudillos con las marcas de los puñetes que ya ha desenfundado antes. Contra los hombres machistas, precisamente, el disco que acaba de presentar está dedicado a la liberación de las mujeres maltratadas. De título austero, Warmi (‘mujer’, en quechua), la placa lanzada con la disquera Phantom Records trae música y letra compuesta por ella, con frases como esta: “Cuando calla la guitarra/siempre queda queda, el silencio queda/siempre queda queda, el recuerdo queda/llantos llagas quedan, siempre quedan quedan”.

Luego del vendaval mediático por el Oso de Oro para el film dirigido por Claudia Llosa, Solier presenta su disco en medio de una delirante multiplicidad de aficiones que incluyen actuación, pintura, canto, danza, poesía, cocina, pasión por el heavy metal y, para cuando termina la conversación, también la voluntad de practicar surf. De risa fácil y comentarios inteligentes, Solier es esa esponja andante que no teme absorberlo todo. Atrás quedaron los años del terrorismo en que el silencio reinaba sus noches mientras su familia huía de pueblo en pueblo y debían cenar tanteando la comida a oscuras por temor a la presencia de senderistas y militares. El miedo tenía fresco el asidero: su abuela murió degollada y su padre fue torturado. De esos recorridos por la sierra peruana, Solier extraería las historias que ahora narra en su disco.

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La obra se presentará en dos conciertos en El Cocodrilo Verde, el 19 y 26 de marzo.

“No hay que esperar a caer de rodillas y llorar para recién hablar”, dice, “tenemos que hablar del pasado para seguir adelante”. A favor de la creación del Museo de la Memoria, a Solier le “hierve la sangre” cuando escucha que se debería olvidar lo sucedido durante los años de la guerra interna. “Hay que conocer para vivir bien, eso es lo importante de la memoria”, sentencia con la convicción de que para ella es impostergable compartir la porción del dolor que vivió, esa “colita” de la gran culebra del terror cuyo cuerpo entero a sus padres sí les tocó experimentar.

A sus 22 años, Solier se define como “una chica que ha tomado conciencia para superarse y poder decir lo que piensa de todo lo que pasa a su alrededor”. Desmitifica la imagen de niña pobre a la que Claudia Llosa descubrió vendiendo comida en la calle, asegurando que su madre siempre tuvo tierras propias, y que el ya legendario plato de puca picante que le vendió a Llosa era parte de un cachuelo para juntar plata para su viaje de promoción a Cusco.

Caminando por el Puente de los Suspiros en Barranco, Solier posa seductoramente para las fotos, con el cuerpo arqueado de espaldas sobre la baranda del puente. Difícil creer que no haya tenido pareja. Ella narra entonces la historia dramática detrás de su primer y único beso. Al día siguiente de recibirlo, el chico moriría ahogado. Se dijo entonces que nunca más se iba a enamorar.

Ahora, adicta al limón con sal, Solier quisiera también escribir un libro. La creatividad se le desborda por los poros, pero reconoce que de momento lo que mejor hace es cantar. “Se trata de tener los pies en la tierra y decir de dónde salgo, qué es lo que quiero y qué es lo que voy a hacer”, afirma y cuenta que sus días los pasa recluidos en casa, componiendo. Ha dicho que detesta la agresividad capitalina, y que aunque ella cante huaynos, el heavy metal la llena de fuerza. Con sus entradas ya compradas para el concierto de Iron Maiden, dice que en realidad lo que más le gusta es Judas Priest. Canta entonces “breaking the law, breaking the law” trayendo a la mente el mejunje de sus múltiples y disímiles influencias como Yma Súmac, Björk y Amy Winehouse. Todo sazonado con un toque de Amanda Portales.

Luego, la estrella de la Berlinale cuenta que sigue lavando su ropa a mano, y que pronto se operará la vista para quitarse esa manchita rojiza en el ojo que da la sensación de que anduviera mirando el mundo a través de un velo de sangre. En Lima, Solier extraña el espacio para el silencio que siempre hallaba en su natal Huanta, el que sin embargo está aprendiendo a encontrar dentro de sí misma. En un esfuerzo por contradecirla, un bus pasa entonces apagando con su bulla demoníaca las palabras de la actriz, ante lo que ella simplemente dirá: “Eso es Lima”. (Maribel De Paz)

 


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