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Edición 2061

15/Ene/2009
 
 
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Testimonio Cuando se admite un error pero el linchamiento no cesa.

El Plagio y Yo

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La sanción que Indecopi ha impuesto a Alfredo Bryce por el asunto de los quince artículos publicados en el Perú me ha vuelto a sancochar los intestinos. No voy a soltar una sola palabra en relación al caso Bryce, en estos temas cada uno sabe cómo mata mejor sus propias pulgas y si un poco tengo de moralista,no será precisamente en el campo de la autoría intelectual, algo en estos tiempos harto difícil de precisar porque ya pasaron los años en los que, con centímetro y regla, era perfectamente posible establecer la individualidad ajena; vivimos un mundo en el que las palabras –y no solo ellas– y los hechos, han pasado a ser patrimonio de todos en una especie de mazamorra con pelotas dentro de la cual no tiene demasiada gracia pelear públicamente por quién se es y en cuánto uno se vende. Por supuesto que el lector sabe que hace dos años y medio yo estuve envuelto en un tema relacionado con el término “plagio”, tan rotundamente que lo invoco a que ponga en buscador mi nombre y esa palabreja para que vea que salen más entradas que en el corredor de Las Cucardas. Lo que pasó, pasó, y me da una flojera espantosa resumirlo. No puedo dejar de decir, sin embargo, que la responsabilidad total de los hechos la tuve yo y que apenas se destapó el problema me ocupé de admitirlo por radio, Tv y prensa y poco más y me pongo a escribirlo con tiza en las veredas del Jirón de La Unión. Ahora bien, en este mundo de basuras y caras dobles, debería bastar con que uno asumiera sus pesares ante los demás para que las aguas se calmaran. Pero no, la lógica y el Perú son como dos ríos, uno de agua y el otro de aceite, que se repelen y no se tocan ni cuando desaparecen en el mar de la nada. Es primera vez que lo comento públicamente pero en mi historia personal, lo ocurrido con Lima Bizarra es una de las cosas más crueles que me he inflingido a mí mismo y es una de las situaciones más duras y dolorosas que me han tocado vivir. Perdí la confianza en mí, perdí las ganas de seguir escribiendo, perdí el deseo de salir a la calle y encontrarme con gente conocida, perdí el respeto de un montón de periodistas jóvenes, perdí la cara (como dicen los chinos), perdí la licencia para opinar críticamente sobre cualquier asunto de otros, perdí chambitas, perdí el humor, eso fue lo peor, perdí el humor. Fue entonces, a partir de Lima Bizarra, que empecé a escribir como si fuera un Papa de dedo alzado y autoridad divina en la Tierra, analizando como el sociólogo que no soy y elucubrando como el politólogo que no me gustaría ser ni en mi quinta vida. Una especie de losa se me instala aún ahora sobre el pecho cada vez que me despierto por las mañanas y recuerdo ya no solamente la dimensión de mi error sino y, sobre todo, lo que tuve que aguantar de parte de colegas periodistas, columnistas, blogueros y similares. Solo para traer masoquistamente algunos ejemplos. La psicoanalista Matilde Ureta en una entrevista a Caretas, comentó con el mismo rasero los varios casos de plagio que se dieron por idéntica época, sin ocuparse siquiera de precisar los matices entre ellos, que si uno se pone a analizarlos son tan importantes como la falta cometida en común. Esta señora ejerce una profesión que se articula precisamente en la diferenciación y la entrelínea por oposición a la masividad con que el neurótico vive su miserable vida. Pero no sé, la ganó el deseo de ponerse al lado de la gran opinión pública y debo decirlo, me dolió como un martillazo en el dedo gordo. Gregorio Martínez, aún ahora uno de los narradores peruanos que más me gustan, escribió en Perú. 21 un comentario tan nutrido de mala leche contra mí que en un momento hasta me reclama haber tomado el asunto demasiado en serio y haber aparecido en el programa de la Valenzuela con cara de “editor sin brújula”. ¿Se imagina el lector qué habría pasado si yo reaccionaba soltando la carcajada? Lamentablemente nunca he podido aprender a pilotearme con la lógica del lumpen, me habría gustado, hoy viviría mejor de lo que vivo, y quizás ni siquiera en el Perú, pero en fin. Beto Ortiz sacó un doble página en el mismo diario, un texto tan lleno de ambivalencias que cuando terminé de leerlo a la vez sonreía y lloraba sobre mi pijama, porque fue un domingo por la mañana cuando llegó a mis manos. Pero Beto sí introdujo ese matiz que todo el mundo olvidó buscar, aunque su texto me resultó bastante vitriólico. La leonera, sin embargo, se soltó en la blogósfera. Recuerdo que en los días posteriores al destape yo, como un drogadicto, buscaba tres, cuatro veces al día comentarios por Internet e incluso me suscribí al alerta del Google con la clave de mi nombre. Dios santo, se me acusó de todo lo que pueda figurar en una escala que va de pituco a maricueca, pasando por pícaro, ignorante, falso (Trafo León, me rebautizó un imbécil), mediocre, argollero y hubo quien llegó a escribir que hasta lo de Lima Bizarra, mi programa de Tv le había gustado mucho, pero que ahora le parecía una buena mierda. Ahí paré de jugar ese juego perverso y chau al alerta Google. Muy bien, el asunto me duele hasta hoy y me seguirá atormentando hasta el día de la resurrección de la carne. Pero debo decir que su mayor presencia está dentro de mí y conmigo mismo, pues me enfrenta al boicot psicológico que me clavé al tomar textos de periodistas que yo no necesitaba (porque sé escribir y no lo hago mal), y al golpe moral resultante de haberme dejado llevar por la flojera y el descuido, antes que por el rigor y la autonomía. Me sigue cuestionando a mí, con su presión y su erosión. Pero la opinión de los blogueros, con el perdón de los santurrones, ahora me vale madres, y la de Martínez y la de Ureta, porque si hay gente que no sabe reconocer cuando alguien admite que la embarró y no quiere comprender lo que eso significa, pues entonces que se echen xilocaína dentro del paladar, no vaya a ser que se lo tasajeen con sus propias lenguas. Por lo demás, lo de Bryce me vuelve a atizar por dentro, pero a mí solito. (Rafo León)

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