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Pérdidas Los fieles se le acercaban como las tilapias.

El Hidalgo Padre Serpa

2024-GAS-02

Padre Juan Serpa (Huarochirí, 1931 - Lima, 2008)

El Padre Serpa se acercaba al criadero de tilapias y llamaba a los peces: “Vengan, vengan… tenemos visita, vengan a saludar”. De inmediato todos los peces del criadero en el Instituto Nuestra Señora de Montserrat de Huachipa se acercaban y por poco no asomaban la cabeza fuera del agua. El Padre Serpa los recompensaba lanzándoles puñados de alimento.

Oriundo de Callahuanca, un distrito de Huarochirí a sólo 17 km de Chosica, Juan Serpa Meneses nació en 1931 en una familia huancavelicana.

Las obras que se le atribuyen y sobre las que se ha escrito tanto son testimonio de su vida, aunque para él Cristo fue el autor y él un mero instrumento.

El enfoque principal de estas obras fue sacar de la miseria a los pobres atendiendo dos necesidades básicas: alimentación y educación. Con singular simpatía y eficacia fue convocando apoyo de gobernantes, empresarios y amigos para sacar adelante cada objetivo.

Su trayectoria religiosa lo llevó a estudiar Doctorado en Derecho Canónico y Civil en Roma, trabajar en un Juzgado Eclesiástico en el Vaticano y ser Rector del Seminario San Antonio Abad del Cusco antes de tomar su primer trabajo como párroco en Montserrat, a donde llegó para quedarse en 1976.

Al principio, el tradicional sonar de las campanas no era suficiente para atraer a los vecinos a la iglesia, así que Serpa mandaba pasear por las calles a un guitarrista y un cantante para que alaben a Dios y repartan volantes.

En su afán por darle vida a la misa, les asignó gran importancia al coro, a las procesiones y a los bailes tradicionales de la sierra, énfasis que se trasladó también al Colegio Parroquial de Montserrat.

Durante la canción que cantan al momento de darse la paz con las palabras “¿Qué pasa con mi país que siempre está en violencia? Mira que mi sangre es roja como la tuya…”, todos los feligreses se agarraban de las manos y las movían de un lado a otro.

En la puerta de su auto azul portaba una pistola calibre 38, –“por si acaso”–, decía. Esto demuestra que en ejercicio de su vocación no escatimaba arriesgarse por lugares peligrosos. Pero la pistola era de juguete.

Habiéndose convertido en el vicario de los quechuahablantes, fue el primer sacerdote en dar una misa en esta lengua en la Catedral de Lima.

Un día, distinguidos representantes de una comunidad quechua le entregaron un chicote para disciplinar a los descarriados. Según su cultura, era un honroso encargo que el Padre Serpa aplicaría con sabiduría más de una vez.

En cierta oportunidad un hombre que se había pasado de copas y de muestras de cariño con otra mujer, le suplicaba perdón a su esposa. Como requisito para la reconciliación ella lo mandó donde el Padre Serpa para que lo castigue con el chicote. Asunto arreglado.

A sus 77 años partió dejando la semilla sembrada para su siguiente proyecto: una residencia para sacerdotes ancianos. Mientras que en la Tierra lograba nuevamente comprometer el apoyo necesario, en el Cielo Dios tenía preparada una mejor idea para su jubilación.

Durante sus exequias visitó por última vez el Instituto en Huachipa, desde donde las alumnas lo acompañaron a trote hasta el cementerio a 2.5 km de distancia. Ahí, como última ofrenda, más de un centenar de ellas, una por una, depositaron afligidas una flor blanca sobre su ataúd.

La verdad sobre las tilapias es que no se trataba de un don divino que le permitía comunicarse con los peces, puesto que estos siempre se acercaban en busca de alimento.

Su verdadero don era el humorístico ingenio con el cual impresionaba a los visitantes, que llevaba a Huachipa para mostrarles que obras son amores.

El Padre Serpa deja otras obras emprendidas, aunque su carisma será difícil de reemplazar. Lo sucede el sacerdote chiclayano Padre Luis Eduardo Ayala Falla, quien viene de la iglesia San Judas Tadeo de San Miguel, y un buen equipo de colaboradores comprometido con sus nobles causas.

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