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04/Dic/2008
 
 
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Cultural "Un Lugar llamado Oreja de Perro”, novela con la que Ivan Thays acaba de quedar finalista del Premio Herralde 2008.

Notas Para Una Novela

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Thays es autor de “El Viaje Interior” y "La Disciplina de la Vanidad". La novela, publicada por Océano, se presentará en Lima el 11 de diciembre.

Un periodista y su bloc, tal es la premisa básica de "Un Lugar llamado Oreja de Perro”, novela con la que Ivan Thays (Lima, 1968) acaba de quedar finalista del Premio Herralde 2008. La novela se sitúa en la golpeada zona de La Mar, Ayacucho, pero los datos sobre el lugar, lugares y personajes son ficticios. El narrador y protagonista, periodista comisionado a cubrir la zona, intenta escribir una carta en medio de una coyuntura política marcada por la simbología de la pacificación y el asistencialismo social. Pero en Oreja de Perro se encuentra con un enigma. Y con la sensación que le toca a él resolverlo. Aquí un adelanto.

Hoy apareció otra vez la noticia del hombre que perdió la memoria luego de matar en un accidente a su esposa y su hijo.

Siempre es lo mismo: basta con que un medio publique una nota para que los demás la repitan hasta volverla intrascendente.

Con mucho, la entrevista que le hice fue más conmovedora y sin necesidad de dramatismos; sólo un hombre frente a su memoria en blanco.

Leo la noticia mientras espero el bus que me llevará hasta Oreja de Perro. La zona más deprimida del país, sembrada de fosas comunes, de intrincado acceso, escribo en mi bloc. La más golpeada por el terrorismo, la más miserable, fría, yerta… qué aburridas son las palabras.

Anotación en el cuaderno: Aquel tierno asteroide se instaló en nuestra cama de repente, sin ventanas ni paredes rotas, como una punta del sueño introduciéndose en la realidad. El Intruso, el Súbito, el Recién Llegado. Hundido en medio del colchón, Paulo parecía resplandecer. Mónica y su madre preparaban la cuna en el cuarto del costado. Su cuarto. Mi misión era vigilar al recién nacido para que no ruede por el borde de la cama hacia el piso sin alfombras. Al fin, nada fuera de lo común. Pero extraordinario.

Lo peor de Oreja de Perro es el silencio.

Un silencio cargado de moscas.
Me di cuenta de inmediato. Apenas traspasamos la rotunda piedra que da la bienvenida, el final de un camino polvoroso y estrecho, supe del silencio.

El viaje fue un desastre. Pero ¿cuándo no es desastroso viajar? El bus, siete horas hasta un lugar cercano a Oreja de Perro, los saltos, lo inapropiado de la música tropical en medio de los cerros: otro desastre.

Compartí el viaje con Scamarone, además de un hombre con apariencia de cura y de aliento cargado y una docena de campesinos.

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La novela tiene su propio blog: http://unlugarllamadoorejadeperro.blogspot.com.

Todo el camino con las llantas resbalando por el lodo y el campo reseco sobre el que, a veces, veíamos desfilar unas vacas flacas y de oscuras patas chuecas.

Náuseas. Náuseas todo el tiempo.

Hay algo profundamente erróneo en los viajes. Moverse del punto A al punto B. Optar siempre por la línea recta.

Esta vez hubiera preferido no viajar. Pero el editor del diario donde trabajo no tuvo dudas a la hora de encargarme la comisión de Oreja de Perro.

El lugar era un caserío anónimo hasta que la Comisión de la Verdad lo mencionó en su informe. Ahí se lee que la zona abunda de fosas clandestinas. Y que los ronderos del pueblo son los únicos que lograron vencer al terrorismo sin ayuda de la policía.

Nunca ha llegado una autoridad hasta acá. Ni siquiera un teniente alcalde. Ahora, el propio presidente Toledo ha escogido la zona para iniciar un programa de reparto de dinero para campesinos.

Mi editor me informó que el diario estaba decidido a apoyar a la Comisión de la Verdad. Por eso cubriría este ridículo intento populista de un presidente que ya se va del gobierno y cuyo partido no tiene ninguna oportunidad en las elecciones; un populismo carente de objetivos concretos salvo la vanidad.

La coyuntura es obvia. En los últimos meses, algunos medios han reiniciado el ataque frontal contra la Comisión.

Primero, dijeron que los comisionados se prestaban a una cacería de brujas, que las sesiones eran una casa del jabonero donde quien no caía resbalaba. Luego, que su fin era una venganza política contra el gobierno de Fujimori. Su existencia sólo serviría para atizar el fuego de viejas rencillas.

Intentando superar esas suspicacias el gobierno aumentó la palabra “reconciliación”.

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Comisión de la Verdad y la Reconciliación.

Las aburridas palabras.

Unas semanas después las críticas abrieron un nuevo frente.

Ahora el tema eran los altos sueldos que ganaban los miembros y colaboradores de la Comisión.

Se publicaron las planillas en los periódicos contrarios.

PLANILLAS DORADAS decían los titulares de la primera página. Asesorías de diez mil dólares mensuales. Izquierda caviar.

Cuando se hicieron públicos los informes preliminares de la Comisión pude leer que, en realidad, se culpaba a los terroristas de Sendero Luminoso y el MRTA del mayor porcentaje de crímenes.

Acusaban a los terroristas de una cifra alta de crímenes, una cifra inaudita para quienes estábamos convencidos de que la responsabilidad iba a ser, por lo menos, 50/ 50 compartida con el ejército.

Scamarone, almorzando en un restaurante de menú cerca al diario, nos dijo a los que estábamos ahí un día que estaba seguro de que la Comisión encubría a los militares por expreso pedido del gobierno.

Se discutió el punto acaloradamente.

Yo no tenía ninguna opinión al respecto.

Por aquellos días un canal de televisión por cable se había dedicado a transmitir, sin interrupciones, las tediosas jornadas de la Comisión donde se escuchaban los testimonios de las víctimas.

Desde campesinos analfabetos hasta viudas, todos de pie frente a un estrado desde el cual media docena de intelectuales escuchaban atentamente y, a veces, tomaban notas.

¿Qué gesto convincente podían pones ellos ante las cámaras que les hacían acercamientos?

Indignación, horror, incredulidad.

Curiosidad, sin duda; también curiosidad.

Y asombro.

Los detalles abundaban. Algunos testigos incluso ensayaban algo de mímica. Cortaban cuellos con un afilado dedo silbando en al aire. Rastrillaban fusiles imaginarios.

Había lágrimas.

El miedo, el crimen.

Mónica me advirtió que me estaba enajenando.

Me pasaba horas mirando las declaraciones por televisión. Reconozco que al principio lo hacía por morbo.

La campaña de mi diario en defensa de la Comisión me permitió darle un conveniente giro laboral a mi curiosidad.

Finalmente, entendí que mi obsesión iba por otro lado. No podía despegarme del espectáculo aquel del descubrimiento de la naturaleza humana.

Era un streap-tease.

En cada testimonio percibía el funcionamiento de un artefacto humano, el alambricado armazón de la maldad, instalado entre aquellas anécdotas y expuesto ante nuestros ojos.

La maldad oyéndose como un silbido junto a la respiración de todos los que formábamos parte de esta historia; todos, incluyendo los simples observadores como yo.

O más aún: el espectáculo era sobre todo para nosotros.

Estaba convencido de ello.

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