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Televisión Lo que implica la realización del programa más visto de la TV.

Arañando un Sueño

6 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

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Vendido a 14 países de Europa y América, sólo en Brasil no funcionó como se esperaba. Versión más exitosa fue rumana.

No se negará el morbo detrás del estreno reggaetonero de Celine en la pista de baile. Tampoco la curiosidad por si luego de su dúo con Cecilia Bracamonte, Gisela –a quien ya antes se le ha oído cantar sus secretos– dejaba escapar alguna novedad. Pero si bien se pone en buena práctica el criterio de oportunidad, lo cierto es que la producción de “Bailando por un Sueño” no requiere de una estrategia muy complicada para asegurar rating o éxito comercial. Ni tampoco el lugar del que se ha hecho en las secciones de espectáculos. Sin embargo, pese al éxito que ha acompañado de país en país a cada una de las versiones del programa, ninguna apuesta está libre de riesgos.

Esta es una franquicia de Televisa Internacional creada por los hermanos Rubén y Santiago Galindo, productores del canal mexicano. “Ellos tomaron el norteamericano “Bailando con las Estrellas” (Dancing with the Stara) y le buscaron un quiebre más humano al programa”, explica Ricky Rodríguez, productor de la versión local. “No sólo ves bailar a la estrella, sino que su pareja lucha por algo que le cambie la vida, y eso ya hace una diferencia”.

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Soñadora Eileen Cabrera superó impasse de vestuario.

La primera temporada mexicana, del 2005, llegó a Perú a través del cable. Según cuenta Rodríguez, Gisela Valcárcel, como cabeza de GVProducciones, se contactó directamente con los Galindo, aunque el trato se realizó con Televisa. En el Perú, este hizo una excepción en cuanto al monto que cobraría por su formato. “Le interesó tener un programa formal en un país acostumbrado a piratear para fomentar en otros el éxito de una franquicia. Esta es una de las pocas veces que se ha comprado formalmente un formato. Y es la primera vez que una productora tiene acceso a uno y lo financia”. GVProducciones ha comprado treinta programas a Televisa, pero además este recibe un porcentaje de las llamadas y auspicios. “Si es que quisiéramos hacer merchandising también lo tendría. Claro que aquí es imposible porque te piratean en la esquina”. En total, los gastos suman más de doscientos mil dólares por una temporada que consta de doce sábados, calcula Rodríguez. Y, según afirma, aún no hay ganancia puesto que la inversión fuerte se hace a priori.

Dentro de los requerimientos de Televisa (que triplicaron el presupuesto original para la parte técnica) está que la escenografía sea levantada ochenta centímetros (“lo que incrementa su costo en un 70%”), y el uso de ocho cámaras: “trabajamos con un proveedor que nos da una móvil que trae siete cámaras digitales; tuvimos que alquilar una octava cámara análoga que pasa por un convertor para tener señal digital. Ahí surge esa famosa denuncia”, dice Rodríguez, refiriéndose a aquella que hizo el programa “Enemigos Íntimos”. O, en sus palabras, “la patinada de Beto”.

Frente a toda esta parafernalia, cámaras y jurado, están las parejas. Y detrás de cada baile, una necesidad. “Exponemos el sueño de una persona y desde la primera semana contactamos a la empresa que puede cumplirlo. Aunque ese soñador finalmente no gane, que la empresa diga que cumplirá es la mejor publicidad: un sábado antes que saliera el programa, el canal tenía dos puntos de rating en este horario. Salimos al aire con dos auspiciadores y para el segundo programa teníamos doce, que hasta ahora mantenemos, y ya estamos copados. Se ha tenido que rechazar a un montón de interesados”, finaliza Rodríguez. “Además, como las empresas están al tanto desde el comienzo se genera un compromiso. Es una muestra de que la televisión puede ser un buen vehículo de ayuda”.

Y ya se ve el motor que se requiere para hacerlo marchar. (R.Vaisman)

 


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