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Entrevistas Caricaturista Alfredo Marcos habla de su salida del diario La República. El humor gráfico y los conflictos de interés dentro de la viñeta.

El Hombre Que sí Podía Irse

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“Mis contratos son sólo de dos o tres meses. Son eventualidades”, se excusa Marcos.

“Nos vamos con la frente en alto”, dijo el anónimo hombre desnudo. La frase brotó como un globo del tradicional personaje de la tira cómica Los Calatos el pasado viernes 29 de agosto. Era el dibujo despidiendo al dibujante, el caricaturista Alfredo Marcos Ortega. “Aquí nadie y menos el gobierno metió jamás sus manos. A mis lectores les digo: no sé dónde iremos, pero volveremos a opinar con la misma libertad de siempre. Libertad para criticar o coincidir. Gracias a todos.” Al día siguiente, una anónima caricatura con mal trazo y peor humor ocupó su tradicional rectángulo.

Pero la pluma del propio Alfredo hacía mucho que había dejado de bosquejar sólo risas. Dibujaba, a veces, suspicaces sonrisas de medio lado entre sus lectores. A sus comentadas reuniones en la sede de la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM) y su participación en el Grupo del Deber (CARETAS 1939 y 1945) se le sumaba su amistad con el presidente Alan García (CARETAS 1950), a quien solía adelgazar en cada viñeta. Amistad longeva: cierta vez, durante el primer gobierno aprista, el librero Veguita le pidió que le recomendase un desodorante para perder todo el humor.

Su intempestiva salida del diario el 29 de agosto fue desencadenada por su llegada al PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) como consultor en Desarrollo y Estrategia Política Comunicacional del Poder Ejecutivo con contrato vigente y a tiempo completo. Tras la propagación de la planilla que hizo el blog uterodemarita.com, una andanada de denuncias (muchas de ellas anónimas) se sumaron al apanado virtual. Acusado de vestir a sus calatos con los colores del oficialismo, Alfredo esboza ahora una respuesta.

–¿Extraña el trabajo diario?
–Sí. Los calatos son como mis hijos. Es doloroso. Yo estuve en La República desde antes de su fundación, pero quienes toman la decisión son sus dueños. He sido muy amigo de Gustavo Mohme, padre e hijo.

–¿Sabían de sus otros ingresos?
–Yo le conté a Chicho que iba a la PCM. Pero no tengo por qué decir todo lo que hago. La República no tendría por qué estar enterada de todos mis trabajos. Mi contrato con el diario detallaba el uso de ciertos personajes en espacios específicos.

–Además de rendirle cuentas a la Sunat, ¿no cree que debía contarle algo a sus lectores?
–Mi amistad con el Presidente de la República es conocida. He sido leal al diario; no oculto nada. Yo soy apristón. Todos lo saben.

–No todos sabían que trabajaba para el Estado.
–Sólo se ha mostrado lo que está en registros públicos. Esa información ya estaba expuesta.

–César Hildebrandt comparó su caso con el de Giovanna Peñaflor, quien dejó de hacer encuestas con Imasen para trabajar con el Estado.
–Giovanna Peñaflor es una persona natural. Yo soy una persona jurídica. Yo trabajo mediante mi empresa Alfredo Editor S R Ltda.

–¿Cuál es su ética periodística?
–La ética es un tema personal. Los empresarios pueden trabajar para Dios y el diablo, porque hacen negocios con el que ofrece mejores condiciones. Un diario puede ser muy crítico del gobierno y a la vez recibir publicidad estatal. Claro, uno puede argüir que la publicidad no condiciona la línea periodística. Pero quien critica es utilizado por el criticado para difundir su mensaje. Y el primero lo permite. El tema, como verá, es discutible.

–¿Su ética es periodística y empresarial según el momento?
–Como persona jurídica, no hay conflicto de interés. Por esa misma razón una empresa como La República puede trabajar con quien quiera hasta que le provoque. Lo acepto aunque no esté de acuerdo con las razones de mi salida. Es ridículo pensar que me hayan comprado una tira. Ni siquiera me lo han sugerido.

–¿Cuánto cobró del PNUD?
–Una cifra común; nada extraordinario. Sólo fue por cinco meses.

–¿Recibió S/. 20 mil de la Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida Sin Drogas (Devida)?
–Ese fue un concurso que gané. Hice siete trípticos. Cobré poco.

–Sus contrataciones con el Estado se han incrementado desde el gobierno aprista: S/. 28,568 (2005); S/. 17,900 (2006); S/. 108,440 (2007); S/. 146, 040 (2008). ¿Son correctas?
–Si las han sacado del SEACE (Sistema Electrónico de Adquisiciones y Contrataciones del Estado), sí. Pero la cifra del 2006 debe ser mayor. Durante el gobierno de (Alejandro) Toledo hice algunos trabajos más. Yo no sólo he trabajo con gobiernos, sino también con municipios y alcaldías.

–¿Con el ex alcalde Alberto Andrade?
–Con él hicimos la revista Taxi Amarillo del Servicio de Taxi Metropolitano (SETAME). Todos estos trabajos tienen la misma naturaleza. De ese dinero yo les pago a otras personas, porque nosotros trabajamos en equipo. ¿Sabe? Yo me he negado a aceptar algunas ofertas del gobierno.

–¿Como cuáles?
–No lo diré por discreción. Me negué porque para mí era más importante seguir siendo lo que soy. Los Calatos, por ejemplo, siguen siendo libres de pensar como su dueño. Tienen grandes posibilidades de regresar este momento.

–¿Qué será de Las Viejas Pitucas?
–Están mudándose. Toledo les está cargando el equipaje.

–¿Y El hombre que no podía irse?
–Lo botaron con tira y todo.

Del Rey Desnudo A Los Calatos

¿Cuándo es que el humor gráfico se sale de la viñeta? Para Juan Acevedo, la ética de un caricaturista no es un tema privado. Dice nunca haber aceptado trabajos por encargo con los que no estaba de acuerdo. “La opinión de fondo no debe traficarse. El discurso debe tener coherencia”, concluye el creador de El Cuy. También recuerda un caso en particular. “Alguna vez me cuidé de no atacar a Alfonso Barrantes por estima personal. Duró poco: no me aguanté”, ríe el humorista. “Ya no tengo tantos resquemores”, aclara. Alvaro Portales, caricaturista de Perú21, opina que Marcos siempre fue “demasiado ambicioso”. El humorista gráfico Jesús Cossío, por su lado, marca distancia entre su trabajo remunerado en El Otorongo y sus colaboraciones gratuitas. “Creo que es mejor el humor cuanto más escéptico es en relación al poder”, opina. “Un humorista debe ser de quienes señalan que el rey está desnudo, no de los que alaban la belleza de sus inexistentes ropajes”, dice Cossío. Si no, se corre el riesgo de despertar desnudo ante la opinión pública.

 


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