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Doris Gibson La impronta mistiana de Doris en el recuerdo de sus amigos más cercanos.

Un Estilo Indeleble

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El Rímac, 1963. Doris encuentra en el "Café de los Valientes". Dibujos de Sérvulo arañados en la pared. Retrata el Chino Domínguez.

Antología y testimonio de Teresina Muñoz- Nájar, arequipeña, en torno a la independencia de espíritu y rebeldía characata de Doris Gibson.

Qué intensa puede convertirse la vida de una mujer que seguramente, desde que tuvo uso de razón, decidió que sería como realmente fue.

No cualquiera camina por este mundo como si los atributos fueran prendas de vestir. Doris lo hizo. Y en el caso de ella el mérito es enorme. Porque lo hizo en épocas en que la gran mayoría de las mujeres seguía sin inmutarse –porque así era– las indicaciones que el destino tenía para ellas: esposo, hijos, hogar, estabilidad. Y porque lo hizo en tiempos, qué duda cabe, en los que ejercer el derecho a la libertad de expresión en el Perú tenía un precio tan alto como el exilio o la cárcel.

Releyendo los textos que aparecieron en el catálogo “Doris Gibson –Una Pasión por el Perú”, editado en el 2005, a propósito de la exposición/homenaje que realizó en su honor el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú, justo el 28 de abril, día en que cumplió 95 años –gran acierto hacerlo cuando estuvo viva–, se puede encontrar que las frases y anécdotas que la describen son tan formidables que a muchos de quienes tuvimos la oportunidad de estar cerca de ella en ciertos momentos, nos habría fascinado conocerla más.

En ese catálogo, su gran amigo Lucho Jochamowitz, César Lévano y su hijo Enrique Zileri, rescatan recuerdos de algunas aventuras vividas con Doris y encuentran, definitivamente, que para ellos estas tienen, a la distancia, un sentido mucho más profundo que cuando ocurrieron.

Jochamowitz hace una divertida referencia a esa vez que Doris entró sin pedir permiso a la casa de Hernando Hernández Agüero, en Trujillo, y se llevó el desnudo pintado por Sérvulo que todos atribuían a ella. Mucha gente conoce esta historia pero a pocos se les debe haber ocurrido reflexionar como a Lucho: Bajo la apariencia incontestable de los hechos –escribe él– ocurría una historia más simbólica y delicada, asistíamos a la escena en que una mujer, mediante un golpe de mano, recuperaba el objeto de su pasado, mezcla de desnudez, intimidad e integridad, en un acto que secretamente la restituía.

El texto de Jochamowitz titulado “Almorzando con Doris”, evoca además esa hora favorita de la señora, en la que una vez elegidos los comensales, se escogía el lugar del almuerzo: El Suizo de La Herradura, La Pizzería de la Diagonal o el Hotel Maury: La maravilla de almorzar con Doris –sigue Lucho– es que podías asomarte a gente que nunca encontrarías, gente de otra época, de otro mundo…A la distancia de una palabra juro que yo he visto a César Vallejo que se reía con una hilera perfecta de dientes y el pelo negro, compacto, lustroso, color ala de cuervo; a José Santos Chocano, que olía a agua florida y resoplaba al respirar, la noche en que su padre las despertó para que conocieran al poeta…

Doris mantuvo intactos sus recuerdos de infancia y adolescencia, que por la manera como los traía a la memoria demostraba cuánto habían significado para ella. La admiración que sintió por su padre, el poeta Percy Gibson, no tuvo límites. Como si las cosas hubieran ocurrido ayer, ella contaba detalles, por ejemplo de sus días en Arequipa cuando tendría 12 ó 13 años, de los artistas e intelectuales que visitaban la casa familiar y por quienes ella siempre tuvo una profunda admiración y respeto.

A eso, justamente, se refiere a su turno y en ese mismo catálogo César Lévano. Dice él: Su independencia, quiero decir, su rebeldía, se traducía en la amistad que la ligaba con lo más granado de nuestra inteligencia: el pintor José Sabogal, director de la Escuela de Bellas Artes; el poeta Juan Ríos, que había combatido con el fusil en la mano en las filas republicanas de la guerra civil española; el historiador Raúl Porras, que allá por 1948 inspiró la notable revista Gala, en la que parece haber colaborado Doris…

Lévano publicó su primer artículo en CARETAS en enero de 1956. Acababa de salir de prisión –a donde había ido a parar gracias al dictador Odría–, debido a una amnistía arrancada por la rebelión de Arequipa. Publicar mi artículo –anota don César– fue una demostración de la valentía de los directores de la revista Doris Gibson y Francisco Igartua.

Doris fue valiente, nadie lo cuestiona. Pero releer las palabras de Lévano permite, a quienes tuvimos la suerte de trabajar en CARETAS (la que suscribe, en tiempos de democracia), enorgullecernos con toda justicia: He sido testigo de la lucha de Doris Gibson por mantener la revista, enfrentándose más de una vez a clausuras y deportaciones de Enrique Zileri Gibson. No conozco en la prensa peruana otra mujer que haya demostrado tanta bravura para enfrentarse a los esbirros de las dictaduras…

Es que Doris siempre tuvo una curiosa propensión –afirma Enrique Zileri en el texto que él llama “Recuerdos del hijo de una mujer muy especial”–, arequipeña supongo, a merodear cerca de los disturbios callejeros, como si los gases lacrimógenos fueran un perfume de categoría.

Sin embargo a Doris –y ese detalle lo recordó el propio Enrique emocionado, el domingo pasado durante su entierro- no le gustaba hablar de ella misma. Rehuía los homenajes, era modesta y hasta tímida. Por eso, según Mario Campos –autor, en 1990, de una de las más entrañables entrevistas que se le hicieran–, Doris siempre tenía un abanico entre las manos: <>Doris Gibson se abanicó la sonrisa cuando le pregunté si era cierto que había sido una de las mujeres más bellas de Lima…escribió Campos. A él, Doris le habló por ejemplo de Sérvulo Gutiérrez. Y Mario Campos estuvo felicísimo. Era al primer periodista a quien Doris le decía que le era muy difícil tocar el tema, que Sérvulo había sido su amigo y su amante: Me hizo un desnudo, y lo tiró por la ventana, que era como lanzarme por la ventana. Era muy apasionado, terrible. El me pintaba, pero yo no era la protagonista. El protagonista era él. Yo era, tal vez la motivación. sus cuadros son él, sus pasiones, su locura, su maravillosa ternura.

Y a Campos también le contó sobre Manlio Zileri, su único esposo con quien se casó a los 19 años, y le confesó por qué su matrimonio solo duró siete: Manlio (diplomático de carrera) tenía que ir a la Argentina… Yo cambié de opinión; bueno, yo siempre cambio de opinión.

Doris era fántastica. Cuántas veces hemos conversado sobre ella las periodistas mujeres que alguna vez trabajamos en CARETAS. Con admiración, con cierta envidia por su lograda independencia, por saber exactamente qué era lo que quería. Por hacer siempre lo que le venía en gana. Ayer no más que íbamos al Parque del Recuerdo, nos acordábamos de esos vestidos estupendos y llamativos que se ponía, de sus pañuelos de seda, de sus enormes lentes, de su voz poderosa. De su casa llena de objetos y artesanías peruanas, del color azul de sus paredes. Antes de bajarnos del carro para despedirla, Kela León me miró y me dijo: “Ella nos ha marcado, ¿no crees?”. Sí, claro que nos ha marcado. Qué suerte. (Teresina Muñoz-Najar)

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