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28/Ago/2008
 
 
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Doris Gibson

Retrato de una Nereida Rebelde

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Desafiante doña Doris con su desnudo, el que le pintó Sérvulo Gutiérrez y ella expropió de un comprador.

Admitámoslo. Doris Gibson ha adquirido a estas alturas dimensiones prácticamente míticas. Su nombre de pila debió dar la clave hace tiempo: Doris, hija de Océano y Tetis en la mitología griega.

No tengo idea de por qué se bautizó a más de una Doris en la parentela arequipeña, en una ciudad que algunos emplazan en la cuesta si no en la costa, pero que queda a muchos cerros del mar.

Esta Doris, sin embargo, casi nace sobre las olas. El episodio ha sido contado antes. Su madre encinta iba camino al Callao para embarcarse rumbo al sur cuando le sobrevinieron dolores de parto. Una media vuelta de emergencia la condujo a la calle Orejuelas, en Monserrate, donde nació la niña.

Muy poco después, Percy Gibson Moller y Mercedes Parra del Riego, sus jóvenes progenitores, reemprendieron el viaje a Arequipa, donde vivió toda su infancia y adolescencia, cuajando en sillar parte de su personalidad y querencia.

Descubrir, sin embargo, una afinidad oceánica en Doris no es tan difícil. Nació para navegar con mano firme frente a oleaje tempestuoso y los eventuales maremotos de su carácter siempre se sosegaron cerca del agua salada, en La Herradura, la Costa Verde y Playa Hermosa, donde una casita algo dilapidada hacía las veces de Montecarlo.

Resulta, por lo tanto, significativo que su cortejo fúnebre, al dar una vuelta al ruedo en la Plaza Mayor el domingo pasado, con parientes, colegas y amigos cargando el féretro, fuera acompañado en su recorrido por una banda de la Marina de Guerra.

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La playa en los años 40.

¿Fue una casualidad o alguien promovió ese gesto? Si fue el presidente Alan García, quien tuvo la especial deferencia de situarse a la cabeza de la marcha y pronunciar sentidas palabras en la ceremonia que se realizó frente al local de la revista, hay que expresarle un reconocimiento adicional. Aun en el ambiente encabritado entre periodistas y políticos se pueden dar las gracias.

La propia Doris jamás se hubiera imaginado semejante ceremonial. La dueña de la flota, la voluntariosa y rebelde mujer que podía imponer condiciones con su personalidad y encanto, era también tímida y modesta.

Nosotros no planeamos todo lo que aconteció. Hubo elementos de improvisación y sorpresa, y estos generalmente resultan acertados en nuestro país.

En esta edición personas cercanas a Doris cuentan de sus encuentros y desencuentros. Se incluye una conversación con Mario Polar en 1986 que es un retrato de su humor socarrón.

A todos, sin embargo, se les ha escapado esta anécdota.

En el curso de un allanamiento de su apartamento en el Centro de Lima, operación que buscaba ejemplares de cierta edición proscrita por el velascato, el jefe del grupo policial expresó su admiración por un piano charango pintado que ella tenía allí.

“¿Se toca alguito?”, lo invitó Doris. El oficial era musical y el registro se convirtió en un breve interludio social acompañado con algo de pisco. Las revistas siguieron escondidas bajo la cama y en un par de baúles.

¿Qué hacía Doris en redacción, fotografía o diagramación? Resulta impertinente preguntar sobre semejantes detalles a una deidad.

Digamos que en sus mejores momentos y en los peores de esta empresa editora hacía lo que nadie más podía hacer.

Ahora, con amplitud y generosidad, muchos medios le han dedicado grandes y elogiosos reportajes que aquí se aprecian mucho.

Pero, en síntesis, ¿cuál era su especialidad periodística?

Margot Palomino lo dijo más o menos todo cuando, hacia finales del sepelio, cantó el ya famoso yaraví de Marino Martínez a su madre modificando levemente la letra para aludir a “Dorischa, la sembradora”. (Enrique Zileri Gibson)

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