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Derechos Humanos A cinco años del informe de la CVR, especialista Elizabeth Jelin escudriña entre rituales, memoriales y el papel de la Justicia.

Emprendedores de Memoria

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“Cuando se traslada el caso a una instancia judicial, la víctima se transforma en testigo y recupera su dignidad humana”.

El país se ha vuelto a enfrascar en un debate porque la Corte Interamericana de Derechos Humanos ratificó la sentencia que ordena al Estado peruano celebrar “un acto público de reconocimiento de responsabilidad internacional” a propósito de la masacre del penal Castro Castro en 1992 (ver más en Mar de Fondo).
Los titulares llegan justo cuando el informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación cumple cinco años y las organizaciones de Derechos Humanos convocan para el jueves 28 a un homenaje a las víctimas en el Memorial “El Ojo que Llora” de Jesús María. Connotados miembros de la CVR, como su presidente Salomón Lerner, vienen criticando al gobierno por lo que consideran su insuficiente voluntad para cumplir con las recomendaciones del informe final. Del otro lado, personajes del gobierno como el vicepresidente Luis Giampietri insisten en atacar frontalmente el informe de la CVR.
La argentina Elizabeth Jelin, que llegó a Lima para participar en un seminario organizado por el Instituto de Democracia y Derechos Humanos de la PUCP (Idehpucp) y el Instituto de Estudios Peruanos (IEP), es una estudiosa en temas de ciudadanía, género y migración. Su trabajo también se ha centrado en torno al tratamiento de la memoria y la labor de los movimientos de Derechos Humanos tras procesos de represión. Y aunque se cuide de emitir juicios de valor, tiene mucho que decir en materia de reconocimientos a las víctimas. Por eso resulta tan interesante que vuelva a poner el foco sobre el papel que le toca en la tarea al Poder Judicial.

–¿Cuál debería ser una política acertada de recuperación de memoria?
–Hay grupos humanos que deciden marcar el recuerdo con una idea. Los llamo emprendedores de memoria. Ese algo puede ser un juicio, un monumento en medio del pueblo o el cambio de una ley. También pueden ser intermediarios. Pueden ser oficinas del Estado, ONG, o cooperación internacional que llega y dice, aquí hace falta un museo. En el museo de Ayacucho, por ejemplo, veo la mano alemana. Hay un primer enfrentamiento para lograr que se haga y el hecho de verlo es un logro.

Para ese grupo poner en el espacio el símbolo lo calma internamente. Si no lo pueden poner, la energía no está depositada en ningún lado. Una vez que está ahí pueden dormir mejor. Es un proceso de interacción humana que nos pasa a todos. Pero el hecho de que se logre poner el memorial, cambiar el nombre a una calle, o publicar un libro con los nombres de las víctimas, no asegura cómo lo van a interpretar los otros. No hay ninguna certeza de poder transmitir sentidos de manera lineal. Si yo te pudiera decir a ti cómo tienes que pensar y sentir sería un régimen totalitario.

–¿Los emprendedores pueden estar en un canal distinto al de los receptores?
–Pero mucho más hacia los receptores del futuro. El sentido de marca histórica no tiene necesariamente ese nivel, a menos que haya grupos humanos que le estén dando permanentemente sentido.

–Es un proceso de continuidad que no se cierra con un evento. ¿Hablamos de pedagogía permanente?
–No lo llamo pedagogía porque eso implica que yo sé lo que quiero que el otro aprenda. El autoritarismo en los mensajes lleva al fracaso. No es que llegas al punto tal y quiero que te emociones y sientas como yo sentí la primera vez que vine. Sí podemos esperar que las generaciones siguientes puedan preguntar y se pueda entablar un diálogo.

Las memorias se reconstruyen a partir de diálogos intergeneracionales. Viene una nueva generación, la de hijos, que te hace una nueva pregunta que no estaba prevista.

Eso ha ocurrido en Alemania y ocurre en este momento en España con los nietos de las víctimas. Es lo que ha ocurrido en la Argentina y el cono sur en la década del 90, cuando los hijos llegaron a los 20 años y empezaron a preguntar cosas que no habían preguntado antes.

–En ese escenario, ¿cuáles son las experiencias que observa como interesantes y valederas?
–Por ejemplo, a mediados de los 90 en Argentina, Uruguay, Chile, donde el movimiento de hijos de desaparecidos emerge. Algunos nacieron en cautiverio. Tenían 20, 25 años, y se empezaron a juntar. Fue una nueva manera de pensar los DDHH. Cambiaron las marchas. Hicieron murgas y andaban con bombos. Era una performance totalmente diferente. E inventaron el “escrache”, en Chile lo llaman “funa”. El lema es “si no hay justicia, hay escrache”. Entonces iban frente a la casa de un represor y pintaban, hacían graffiti y ponían carteles en todo el barrio y avisando que allí vivía un represor. La lógica de la vergüenza social.

–Que me imagino fue bastante efectiva.
–Muchos se mudaron. La vergüenza molesta. Muchos vecinos no sabían a quién tenían al lado. No fue una marca territorial duradera. No pusieron monumentos ni cambiaron el nombre de las calles. Pero generó una memoria barrial significativa. Aquello que se vuelve ritualizado y se repite es lo más pesado.

–¿Y cómo responden esas generaciones si no les afectó directamente a ellas?
–Allí hay otro tema y es qué quiere decir ser afectado. Nadie duda del dolor de las víctimas de situaciones extremas, pero el desafío humano es que el sentido del pasado no sea apropiado solo por quienes sufrieron más, sino que sea un tema ciudadano. No es fácil porque hay una especie de monopolio del dolor por parte de quienes sienten que tienen una voz privilegiada por la fuerza del testimonio.

–¿Esos procesos tienen un cierre definido?
–La memoria no es lineal. Eso de que pasa el tiempo y nos olvidamos, no es verdad. En 1992, cuando se conmemoraban los 500 años ¿de qué?, porque hubo una lucha sobre cómo se nombra y qué cosa era. La lucha por parte de pueblos originarios era como si les hubiera pasado a ellos en su propia carne. La memoria es algo que se vive en carne propia pero que también es parte de un sentido cultural compartido. En la conferencia de Durban contra la discriminación se pedían reparaciones por la esclavitud, por ejemplo. Son procesos abiertos.

–¿Cómo interpretar que a estas alturas haya altos mandos de las Fuerzas Armadas que minimizan los abusos?
–Es probable que nunca lo reconozcan y que sigan sintiéndose héroes. Pero para eso hay un Estado y una legitimidad, una institucionalidad que pueden hacer juicios.

–Entonces a la Justicia le cabe un papel muy grande.
–Para mí es central. Es importantísimo en la víctima. El victimario puede hacer lo que quiera con la víctima, que pierde su condición humana. Cuando está totalmente victimizada lo único que puede es llorar y pedir. Pero cuando se traslada el caso a una instancia judicial, la víctima se transforma en testigo. Hay una tercera instancia que va a dirimir el conflicto. Recupera la dignidad humana en ese momento y eso me lo ha dicho mucha gente: en el momento de dar mi testimonio en el juicio sentí que empezaba a recomponerme como persona.

–Hace poco pude oír testimonios de víctimas, tanto de Sendero como de las Fuerzas Armadas, y las heridas parecían frescas más de 20 años después. ¿No es sano dar vuelta a la página?
–La memoria son procesos subjetivos de dar sentido al pasado con recuerdos y silencios. A veces el silencio es olvido y a veces son silencios estratégicos. Hay tiempos en que no se habla por miedo y el miedo es tan subjetivo como la memoria: “lo mío es tan grave que nadie me va a entender”. Los silencios estratégicos pueden ser para no dañar. Es tan grave lo que me pasó que cómo se lo voy a decir a mi hijo. Entonces tiene que ser el hijo más grande que viene y pregunta. Hay cosas que no se cuentan por vergüenza. Pero las cosas se dan cuando están el espacio y la capacidad de oír del otro. (Enrique Chávez)

 


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