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Entrevistas Fernando Ampuero relata la insólita forja de su personalidad literaria.

Ampuero Por Dentro

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Fernando Ampuero

La afición literaria la heredó, mediante emboscada, de su abuelo. Llegó en un cofre pirata.

Fernando Ampuero nació en Lima hace 57 años. Pasó su infancia y juventud entre Miraflores (en aquella época un barrio apacible y florido, no una jungla de cemento) y La Punta, un balneario con reminiscencias de la Belle Époque. Fue uno de los primeros alumnos de La Inmaculada, si no el primero, en ser mantenido por los jesuitas en el colegio pese al divorcio de sus padres. Escritor, novelista, cuentista de nota y, sobre todo, poseedor de un olfato periodístico envidiable y de variado registro, que lo convierte tanto en empecinado sabueso como en hedonista sutil. Ampuero se bebe la vida a grandes sorbos a pesar de que ahora, sentado frente a mí en el Costa Verde, se muestre muy parco con el vino por aquello de que “después hay que trabajar”. Su risa franca y abierta es el corolario de ese humor que él cultiva como panacea contra los demonios internos y externos que a todos nos acechan. Adolescencia en Miraflores, La Punta, y sobre todo en los extramuros de Lima, donde quedaba por entonces la casona de campo de su abuelo Pedro. Allí surgió y se fue cociendo la personalidad del Fernando Ampuero que hoy conocemos, y esto, vamos con ello, es interesante.

–¿Cómo surgió su vocación?
–De un porrazo: caí en una trampa. Mi abuelo fue quien me tendió esa trampa, cuando yo era niño, y en tiempos en que no existía la tele. Una noche, sentados en el porche de la casa, se le dio por contarme maravillosas historias de piratas, a tal punto que generó en mí una adicción. Y ya metido en eso, otra noche me dejó con una historia a la mitad. Entonces le reclamé. Él me dijo que si quería saber cómo continuaba la historia podía encontrar en la biblioteca de la casa un libro con un papel marcador entre las hojas, y que si yo leía desde ahí hacia el final podía terminar por mí mismo el relato. Eso hice. Leí aquel libro con voracidad. Y como el abuelo repitió su trampa varias veces, me acostumbré a leer. Luego, la lectura me llevó al deseo de contar, especialmente cuando mi abuelo fingía no haber leído un libro y pedía que yo se lo contara.

–¿Y usted se lo contaba?
Así es. Pero modificaba la historia según mi gusto. En los cofres de piratas no solo había diamantes y collares de perlas, sino también patines Winchester y bicicletas Monark. Estas gruesas fallas de verosimilitud las corregí luego. Pero fue en ese momento, en todo caso, cuando comencé a inventar.

–¿Qué le gusta de la literatura?
–A veces siento que en la literatura hay seres más intensos y reales que en la vida misma.

–Si tuviera que elegir entre una de dos: ¿preferiría dedicarse a la narración o a la poesía?
–Escribiría lo que no me dejan hacer a escondidas.

–¿Su primer trabajo?
–Mire, yo anhelaba ser un vago ilustrado; es decir, lecturas a pasto y estudios universitarios eternos. Pero no lo conseguí. Hubo problemas económicos en la familia, que me obligaron a trabajar. Mi primer empleo fue una experiencia traumática: estuve un año en un Banco. Tanto me afectó el trabajo, que luego salí varios años a viajar por el mundo, de mochilero.

–¿Qué países le gustaron más?
–Italia, España, Francia. Pero para hablarle sólo de islas, yo diría que atesoro en la memoria mis estancias en Galápagos, Venecia, Manhattan y las islas del Egeo.

–También vivió en la Europa del Este. ¿Vocación izquierdista recoleta? ¿Desengaño existencial?
–Viví en Budapest, en Hungría, gracias a una beca literaria. Hungría en esos años era comunista. De alguna manera la vocación izquierdista era inevitable en esos tiempos. La conciencia romántica de los muchachos de mi generación era Fidel Castro, del mismo modo que la conciencia romántica de la época de mi padre fue la guerra civil española. Después, vinieron los desengaños porque fracasó todo. Los sistemas, nosotros mismos. No hay nada que sobreviva de la izquierda soñadora de esa época, excepto que en algunos quedan aún los ideales de equidad y justicia.

–Defínase políticamente.
–Soy un inmaduro sempiterno. Todavía tengo ilusiones, pues creo que las cosas pueden cambiar para bien.

–Está dirigiendo la Unidad de investigación del Diario El Comercio. ¿Qué métodos emplea? ¿Inductivos? ¿Deductivos? ¿Qué tiene usted de Sherlock Holmes?
–Empleo el mismo método que utilizaba mi admirado Ernest Hemingway, quien solía decir que un escritor y un periodista necesitaban para su trabajo “un buen detector de mierda”. De Sherlock Holmes tengo el mismo gusto por la bruma, si es que hay algo en común entre la neblina londinense y la limeña.

–¿A qué edad dio su primer beso?
–Imagino que recién nacido. Habré besado a una tía o a una enfermera. Si la lactancia es un beso, quizá fue a mi madre. Si el beso es demostración de amor, que yo recuerde, siempre estuve enamorado. El amor nunca cesa, lo que cambian son las personas e incuestionablemente la mujer que más me atrae es aquella que sabe pastorear mi soledad.

–¡Ah! Necesita ser pastoreado. ¿No es esa la consecuencia pasiva de la seducción? Usted tiene fama de seductor.
–En eso de la seducción ando ahora retirado, aunque conservo la afición, como los toreros viejos. Pero no voy a reaparecer como lo hicieron Antoñete y el Cordobés. Y es que tengo a Soledad, que no es una metáfora, sino una novia encantadora.

–Está claro que es aficionado a los toros.
–También soy cinemero total. Mis películas favoritas son “Nos habíamos amado tanto” de Ettore Scola y “Buenos muchachos” de Martin Scorsese. Tengo una colección de 2,000 películas. ¿Cuál es la mejor? Depende del día. En los toros del ayer: Ordóñez, Camino y Ojeda. En los de hoy: Ponce y Castella. También me gusta bailar. Viejos sones cubanos y esos boleros melancólicos que se bailan en una sola loseta.

–¿Quién es para usted el hombre del año?
–Hasta ahora, Barack Obama. Pienso que si sale presidente de EE.UU, muchos en el Imperio, y en su área de influencia, sentirán que tienen una partecita de representatividad.

–Va gratis a un viaje a la luna. ¿Lo aprovecharía?
–Claro… Sin duda. Ya he estado allí varias veces. ¿No le han dicho que soy lunático? (Nos reímos).

–¿La mayor virtud y el gran defecto de los peruanos?
–El buen humor y la tendencia a no tomarnos en serio. Si no fuera así, no habríamos soportado todo lo que nos pasa. Y el gran defecto, algo que Julio Ramón Ribeyro, ese extraordinario cuentista, llamaba la tentación del fracaso.

–¿Cree que la felicidad perfecta es inasible?
–La mayoría de las veces es una forma de la estupidez humana. La felicidad sólo se tolera en pequeñas dosis.

–¿A quién detesta?
–A los burócratas. El poeta Neruda comentó en un verso: “Sería delicioso asustar a un notario con un lirio cortado”.

–Resuma su carácter en menos de diez palabras.
–La puedo resumir en una sola: neurosis. A veces me gustaría decir, como Bukowski, que soy “un payaso en la oscuridad”. (José Carlos Valero de Palma)

 


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