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Cultural En edición limitada, Carlos Calderón Fajardo ha publicado Playas. Aquí, rescatado de la clandestinidad, el relato “Punta Negra”.

El Viejo y el Mar

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El escritor en Punta Negra, a donde se retira a escribir desde hace más de 30 años.

Las aguas cubren el mar. Recién en el umbral de mi vejez he podido percatarme de esto. Toda mi vida, desde niño, he esperado que algo emerja violentamente de él.

Presiento que voy a partir pronto. Ahora de viejo espero que del mar salga lo que me dé paz a mi existencia. Siento mucho miedo.

Estoy leyendo una novela del escritor israelí Amos Oz. Se titula: Un descanso verdadero. En esa novela hay un párrafo que perfectamente puede ser insertado en este texto mío. Amos Oz escribe en su novela: “Cómo se burlan de nosotros. Qué humor tan negro. Qué banal. Qué vulgar e insulso. Y encima se repite tanto que me da asco. No hay salida: como las aguas que cubren el mar\

Cada libro es un océano. Debajo de las palabras que son las aguas está el mar, y de allí proviene la siguiente historia contada por Amos Oz:

“Una vez, cuando era pequeño, antes de la larga huida de Uzbequistán, tal vez después de escapar de Kiev, se escondieron en el sótano de una granja abandonada y una noche cocinaron y se comieron un gato tiñoso. Vassily, un cristiano convertido al judaísmo, mató al gato de un puñetazo en la cabeza cuando el animalito se acercó a sus pies mendigando una caricia. Por culpa de la nieve de fuera y de la humedad del sótano, el fuego se apagó y tuvieron que comerse el gato medio crudo. Zorzi, el pequeño llorón, a pesar del hambre que tenía, no quiso comer y, cuando Vassily le dijo si no comes nunca serás tan fuerte como Vassily, el niño se puso a llorar de tal modo que Vassily tuvo que taparle la boca con su mano enrojecida y llena de pecas y decirle en voz baja: si no te callas, Vassily te hará pammm como si fueras otro gato. ¿Sabes por qué? Porque tenemos mucha hambre.”

Dejo la novela de Amos Oz y me quedo mirando el mar. ¿Cuál es el mar oculto tras lo que he leído? ¿Cuál de los tres personajes soy yo? ¿Vassily, el que mató de un puñetazo a un gato? ¿Zorzi, el niño llorón, que a pesar de tener hambre no quiere comer a ese gato? ¿O soy el gato al que luego de que le reventaron la cabeza, lo cocinaron y se lo comieron medio crudo?

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Edición de la Colección Underwood, de la Facultad de Estudios Generales Letras de la PUCP. No buscarla, ya se agotó.

Esas son las aguas, ¿pero cuál es el mar? ¿Cuál es la verdad debajo de las aguas? Se puede decir que cuando hay hambre no hay límite para la crueldad. Pero creo que el mar escondido es más que eso. Es igual que el mar que tengo delante de mi casa, diga lo que se diga sobre él, su misterio es inescrutable.

A veces me quedo toda la noche en la terraza. Ya no está Hortensia para obligarme a entrar recurriendo al pretexto que me puede dar una pulmonía si me quedo afuera hasta tan tarde.

“En tu vida no has hecho otra cosa que mirar el mar y leer. No se cómo he podido aguantarte tantos años” –esa voz resuena dentro de mí: la voz de Hortensia.

Si bien soy un hombre tranquilo, Hortensia, en cambio, no se me parecía en nada. Fue campeona de atletismo en el colegio. No paraba de moverse un solo instante; limpiando, pasándoles el plumero a los muebles que en la playa se llenan constantemente de polvo, igual que los pisos que se cubren de arenilla, porque la casa está en medio del desierto, y los suelos y paredes los corroe la brisa, la sal. Hortensia no miraba nunca el mar. Miraba la casa. El salitre está permanentemente carcomiendo lo que puede, y puede terminar tragándose una pared si uno se descuida. Ella constantemente hacía remodelaciones: laqueaba la madera de los muebles, mandaba tarrajear las paredes horadadas. Se levantaba a las seis y a las nueve ya había limpiado la casa, preparado el almuerzo, leído el periódico y había tomado su desayuno.

A las nueve en punto de la mañana estaba lista con su gorrita de tela calada hasta las cejas. Su short de atleta sobre su ropa de baño. Sólo su cara había envejecido debido a la sobreexposición al sol, pero su cuerpo seguía duro y elástico.

“De tanto mirar el mar te has vuelto barrigón. ¿No te da vergüenza la panza que te manejas?”, dijo ella.

A las nueve y treinta minutos de la mañana Hortensia plantaba su sombrilla en la arena y extendía su toalla. Luego de instalada, corría varios kilómetros por la arena, al borde mismo del agua, de manera tal que el mar mojaba sus tobillos. Corría como una gacela espantando las gaviotas a su paso. Nadie podía creer que mi Hortensia a su edad pudiese correr tanto. Cada mañana trotaba tres kilómetros de ida y tres de vuelta. Luego de la carrera hacía varias series de abdominales. Yo, por supuesto, sentado bajo la sombrilla en la playa, seguía leyendo y contemplando el mar.

“¡Métete al agua panzón!”, recuerdo que me gritó ese día, burlona. Pero a mí no me gustaba meterme al agua.

Recuerdo perfectamente esa mañana. Hortensia continuó animándome a entrar al agua y yo me seguí negando. Como ella solía hacerlo, salió corriendo y se zambulló debajo de una ola. No me explico qué pasó. Debió haber entrado poco a poco para que su cuerpo se adecue a la temperatura del agua. Había bandera roja.

Se internó nadando. Yo no le quitaba la vista. De pronto vino lo que se conoce como “la racha”: una sucesión de cinco a seis olas que se forman seguidas una tras otra. El peligro no está en el tamaño de las olas, uno se zambulle debajo de ellas para evitar el impacto. El peligro radica en la resaca. La ola, después de llegar a la orilla, regresa y subterráneamente une su fuerza con la siguiente ola que viene. Las corrientes se mezclan, son impredecibles cuando hay marea alta.

Pasó la racha de seis olas y quedó el mar desierto. No había ni rastro de Hortensia. Corrí a avisar a los salvavidas. Se zambulleron con sus aletas.

Estuvieron largo rato buceando, buscando. El mar estaba muy bravo. No pudieron encontrarla.

El mar vara los cuerpos de los ahogados unos días después del suceso; generalmente lejos del lugar donde ocurrió el accidente. Los cuerpos son arrastrados varios kilómetros por corrientes submarinas. Cuando el cuerpo es por fin varado, luce inflado de color azul plomizo, hinchado y desfigurado por la mordedura de los peces. Pero el cuerpo de mi Hortensia el mar nunca lo varó.

Nadie pudo comprender cómo una mujer que conocía tan bien el mar, a su edad, pudo haber cometido tan intrépida tontería. El golpe fue tremendo para nuestra familia. Como el puñetazo de Vassily sobre la cabeza del gato tiñoso. Mis hijos se desmoronaron. Quisieron que yo venda la casa. Les era insoportable vivir ahí. Como me negué se fueron a los Estados Unidos, a Kansas, Arizona, Wichita. Lugares donde no se viera el mar.

Paro sentado en la entrada de mi casa. Mi casa está casi en ruinas, porque las casas en la playa si no se cuidan, si no se las mantiene, se las tragan la brisa y el polvo del desierto. Suelo amanecer sentado en la terraza mirando el mar. Hace años que no duermo. No está Hortensia para obligarme a ir a la cama. Así que me quedo ahí la noche entera contemplando el mar bajo las aguas.

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