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Violencia y humor negro en nueva obra de Fisher.

Balas Perdidas

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Va hasta el 1 de julio en La Plaza ISIL de Larcomar.

Terrorismo, tortura, asesinatos sin sentido. El Teniente de Inishmore hace de estos improbables temas motivo de un humor negro que pretende exponer el rostro absurdo de la violencia. Y lo logra, apelando a situaciones exageradas y ridículas que en esta obra teatral se disparan –literalmente– con la muerte de un gato y la sangrienta venganza de su dueño.

Para poner la pieza escrita por Martin McDonagh, el director Juan Carlos Fisher repite una estética cinematográfica a la que apeló en obras recientes (El Hombre Almohada y Bicho). En ese sentido, una mayor destreza es evidente –pero cabe apuntar que la comodidad no necesariamente sirve a la creación. En todo caso, la propuesta se ajusta a la rapidez y exigencias de la obra. Se suman la dirección de arte (a cargo de Luisa Gubbins) y de efectos especiales (el norteamericano Stephen Tolin), fundamentales en la creación de un espacio de decrepitud moral en una Irlanda que ya no se siente tan lejana. Por otro lado, los fluidos diálogos son llevados a escena de forma sólida y pareja por un conjunto de actores entre quienes se encuentran Rodrigo Sánchez Patiño (Padriac), Alfonso Santistevan (Donny), Gisella Ponce de León (Mairead) y Rómulo Assereto (Davey).

A pesar del frenético ritmo que mantiene la pieza, después de tantas muertes y disecciones, y de varias sorpresas que aparentan ser un final, esta parece extenderse demasiado. Un muerto más, podría haber pensado incluso más de uno, hacia el final. Pero en el extremismo de la obra que puede llegar a insensibilizar a su público se encuentra una reflexión como cierre: para Padriac, su gato bien vale la vida de todo aquel que se le cruce en el camino. Eso horroriza en el teatro. Vale salir de ahí preguntándose cuán acostumbrado se está, en la realidad, a la violencia en sus distintas formas. Y a su invariable absurdo. (R. Vaisman)

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